Y cuando ya creía que me había librado, que era algo ajeno a mí, que era algo por lo  que no tendría que pasar en mucho tiempo… ¡toc, toc! Ahí estaba. No, no estoy hablando  de la aparición de la primera cana ni de los michelines salvajes post veraniegos. Toda  esta introducción derrotista tiene su porqué y es que n día abro los ojos -o el whatsapp,  que a día de hoy, viene a ser lo mismo- y ¡pum!. Bodorrio. Mi prima se nos casa. 

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Aquella prima a la que siempre he estado tan unida, con la que prácticamente me he  criado y con la que comparto tantos y tan bonitos recuerdos de la infancia: bailando  canciones de las Spice Girls y Camela en el salón, tardes de Tigretones y Panteras Rosas frente a la Super Nintendo, las discusiones por el disfraz de Bella con guantazos, “a tu  madre que vas”, lloros y tirones de pelo incluidos…Lo que se conoce como una infancia  feliz y completa, vaya. En resumen, una infancia a la que ya dijimos adiós hace tiempo,  pero que ahora, veinte años después (Oh, My God!), cerramos definitivamente con el  anuncio de su boda. Pero esta gran noticia quedó un pelín ensombrecida por el fantasma  de otro evento igual o más reseñable que la propia boda. La despedida de soltera. 

Mi desconfianza no se debía a la fiesta en sí, sino al tipo de invitadas. ¿Qué clase de  despedida tendrían pensada? ¿Serían unas saborías de spa y fiesta de pijamas? ¿Serían  de las que plantan un pene descomunal en la cabeza? O, horror de los horrores, ¿serían  chicas «¡wooo!»?. Dejadme que os explique a todas las que no habéis visto «Cómo Conocí a Vuestra Madre»: una chica «wooo! es una mujer soltera que sale de fiesta con sus  amigas, le encanta dar la nota y entre estupidez y estupidez, grita «woooo!» sin parar.  

Mis temores se materializaron una tarde en forma de chat de grupo en whatsapp. No  obstante, tras unos pocos de minutos de conversación, pude comprobar, para mi  tranquilidad, que ninguna era del tipo de chica que cree que Ortega y Gasset son dos  personas diferentes . En realidad, da igual qué tipo de persona conforme el grupo, porque  sus ideas nunca te van a gustar, y es aquí donde comienzan las primeras diferencias de  opinión. Algunas proponían casas rurales ideales de la muerte pero en medio de la nada  que ríete de tú de “El Resplandor”, centros de belleza, catas de vino,… Siento ser yo  quien tenga que decirlo, pero ¡no sois Carrie Bradshaw!. Por favor, un poco de alegría y  despiporre, poned un poco de vuestra parte, dejad algún que otro momento vergonzoso  para el recuerdo, ¡algo que poder echar en cara o rememorar de forma reiterada a fin de  humillar a la amiga de turno! 

Por otro lado, para ellas ni boys, ni penes, ni hombres desnudos, ni cuerpos sudorosos  tenían cabida en el plan, así que en ese sentido me relajé bastante. Y es que, en esto de  las despedidas, existe otro subgrupo de mujer: las castizas, las que defienden a muerte la tradición de ir en manada a un espectáculo de boys, con un fervor propio de un  septuagenario taurino. Son las Jekyll y Mr. Hyde de esta clase de saraos; mujeres  totalmente normales en su vida diaria y una extraña combinación entre Snooki y Pocholo  por la noche, aportando ese característico halo de vergüenza ajena que caracteriza este  tipo de espectáculos. No importa la edad o la clase social: chicas jóvenes, madres,  abuelas, chonis, pijas… todas unidas; miles de estrógenos, un solo pensamiento. 

A todo esto, una de las amigas de mi prima hizo desaparecer todos mis aires de madurez  con una sola pregunta: “¿qué putada vamos a hacerle a la novia?”. Y es que este tipo de  eventos sacan a relucir, en diferentes niveles, la parte más cafre de cada uno/a. Podemos y debemos fomentar las despedidas de soltera sin boys, porque eso está pasadísimo de  moda desde hace años, pero las putadas a la novia son una tradición inapelable y de este burro no me bajo. Así que en resumidas cuentas, planeamos disfrazar a mi prima, que es  una especie de aspirante a influencer siempre divina de la muerte, de Satisfayer. Si quería deshacerse del modelito, a cuya cremallera le añadimos un pequeño candado, tenía que  bailar allí donde fuéramos y que al menos diez personas le dieran «buena nota». 

Finalmente, optamos por algo que nos pareció bien a todas y que tenía su puntito fiestero  sin dejar de lado las chorradas de belleza que tanto querían las demás. Tarde de  maquillaje y peluquería express con sesión de fotos incluida y después, cena y bailoteo en una discoteca. Aunque la primera parte del plan no era muy de mi estilo, he de decir que  nos maquillaron a todas súper bien y nos dejaron preciosas, pero las botellas de vino que  cayeron en aquel salón de belleza para nosotras se queda. Cuando salimos de allí, todas  con pinta de ir a una boda, íbamos ya listas para irnos a casa, pero es lo que tienen las  despedidas. 

Y allí estaba mi prima, maquillada como una estrella de cine bajo su disfraz de  succionador de clítoris, bailando como una posesa para poder librarse del atuendo  mientras las demás lo grabábamos todo, beodas perdidas para la posteridad. Y es que al  final, te lo montes como te lo montes y te pongas como te pongas, una despedida de  soltera no es más que una excusa, una carta blanca para juntarte con tus amigas y  desfasar.

 

Escrito por Mar Martín