Ya hace un tiempo hice una publicación en redes haciendo referencia a cómo perjudicaban a los hombres el propio patriarcado, cómo ellos también se ven presionados por ellos mismos. Eso de «los hombres no lloran» es más que obvio, pero además en todo aquello que les haga acercarse lo más mínimo a la feminidad o a algo entendido como femenino (casi siempre erróneo) los convierte en «introduce aquí cualquier forma despectiva de referirte a un hombre gay».
Es por eso que, a pesar de que se sientan tristes, la presión social les obliga a silenciar sus preocupaciones, cuando sienten ilusión debe ser algo comedido, cuando sienten placer debe ser de forma dominante, etc. Y, aunque creo que no debería ser necesario apelar a las cosas que a ellos les perjudica el patriarcado para que lo vean como algo negativo, sino que lo vean así por simple empatía hacia la otra mitad del planeta, hice esta publicación que recibió, por supuesto, bastante odio pero mucho mucho apoyo.
La sorpresa fue cuando un chico me pidió que contase su punto de vista de forma anónima sobre un tema en concreto: el placer sexual a través de la penetración anal en hombres no necesariamente homosexuales.
No hace falta googlear mucho rato para encontrar mil sitios referencias al punto máximo de placer de los hombres a nivel anatómico. Es decir, no es algo teórico, es un tema físico. Sin embargo, cualquier hombre que reconozca que le gusta, que siempre placer, que le excita algo relacionado con su orificio anal es automáticamente entendido como un hombre gay y, por supuesto, ridiculizado por ello. La burla alternativa a esto es que es un hombre sumiso que quiere que le humillen, pues a lo largo de la historia se ha entendido la penetración como un sometimiento, como una forma de castigo. Como nuestro placer era algo en lo que no sé perdía el tiempo en hablar, buscar o pensar y solamente el placer de ellos era lo importante, se suponía que para nosotras era un suplicio, algo que hacíamos a cambio de algo (protección, cobijo, afecto… O directamente dinero).

Pero todo esto no dejan de ser los vestigios del machismo a lo largo de la historia, la consecuencia de algo más profundo…
Pero lo cierto es que no porque te guste ser penetrado/a necesariamente te guste ser dominado o castigado. Quizá simplemente es un acto que te reporte placer y punto.
Este chico me contaba que tardó más de 10 años en reconocer que le gustaba, que solamente cuando estaba a solas experimentaba con esa parte de su cuerpo por miedo a ser juzgado.
Me contó cómo en su grupo de amigos le regalaron de broma un plug anal a uno de la pandilla por su cumpleaños a modo de «putada». Se sintió fatal al ver que era exactamente el mismo que él tenía en su casa.
Jamás sintió atracción por un hombre. Dice que no le costaría en absoluto reconocer si así fuera, pero nunca tuvo siquiera esa curiosidad que algunos cuentan. No se excita al pensar en un pene ni quiere juguetes con forma de pene, es la presión sobre la próstata desde el recto lo que le produce ese placer, es esa sensación de presión, de roce…

Él ahora tiene 41 años. Empezó a tener relaciones a los 19, descubrió esto a solas más o menos a la vez que empezó a tener sexo con mujeres pero nunca se le ocurrió contárselo a nadie.
Fue hace unos 10 años, pasados ya los 30 y tras muchas relaciones pasajeras y alguna más prologada en el tiempo, que conoció a su pareja actual. La describe como una mujer inteligente y transmite en su forma de hablar de ella bastante admiración. Cuenta que, tras unos meses juntos, un día en la cama ella acercó su mano de forma sugerente y sujetó su nalga con firmeza. Solamente la posibilidad de que se le pudiese ocurrir acercarse más a su punto máximo de placer, junto con la atracción extrema que sentía por ella, le hizo tener un orgasmo brutal. Lo describe como su primer mejor orgasmo en pareja de su vida.
Fue algo repentino, sorprendente y no pasó desapercibido por su sexy amante.
Por eso, la siguiente vez que tuvieron relaciones, ella, antes de entrar en materia más sería, se acercó un poco más con su mano a sus nalgas y las separó. Sintió perfectamente cómo él se estremecía, por eso, con la otra mano se acercó de forma sugerente y él se estiró sintiendo que su máximo anhelo sexual estaba a punto de hacerse realidad. Entonces ella paró, lo miró y levantó las cejas a modo de pregunta (eso que a muchas personas les cuesta entender llamado «consentimiento» y que nada tiene que ver con un contrato formal ni una cortada de rollos), él, sutilmente, asintió avergonzado y excitado a partes iguales. Entonces ella introdujo con cuidado su dedo en él y, con apenas un roce en su miembro, consiguió por segunda vez su mejor orgasmo en pareja.

Creyendo que ella se molestaría por la rapidez se sorprendió al ver la excitación que esto suscitó en ella. Y es que no todo es meter y sacar… Si ella iba a recibir placer de otro modo, nada importaba que él ya hubiese acabado su parte.
Cuenta que con ella encaja a la perfección a todos los niveles, pero que en la cama nunca se había sentido tan bien y tan satisfecho como con ella.
Tras aquella sesión de sexo, tuvieron una larga charla. Él le contó sus miedos, ella le habló de los suyos y de cómo se sintió juzgada por su anterior pareja por expresar deseo o placer, pues nunca debemos ser sujetos deseantes sino objetos de deseo…
Tras contarse sus experiencias y miedos y tras hablar de cómo se sentían de compenetrados en la cama, acabaron excitados de nuevo y entonces ella le preguntó si tenía algún juguete que ayudase con sus gustos…
Y de ahí su mejor orgasmo en pareja hasta el momento por tercera vez consecutiva.
Sigue con aquella sexy e inteligente mujer. Están muy felizmente casados. Sigue disfrutando con ella abiertamente de las cosas que a ambos les gusta, sigue sin sentir atracción por los hombres ni por ser dominado y sigue, por supuesto, sin reconocer ante nadie más que en su trasero entra algo más que el pelo de una gamba.
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