Me emancipé de casa de mis padres a los 24 y lo hice a lo grande: me mudé a la capital. Mis amigos Laura y Rubén, que eran pareja sentimental desde la guardería, estaban alquilados en un piso de dos habitaciones en Madrid, pero, al ocupar ellos solo una, les venía muy bien subarrendar(me) la otra.
Mudarse con una pareja no era la fantasía peliculera que tenía yo en mente, claro. No habría fiestas hasta las tantas ni aventuras locas para contar a mis amigas de Logroño, pero era fácil, me lo daban todo hecho, y me aseguraba cierta estabilidad. Ellos estaban contentos con el piso, pero me dijeron que el casero era un viejo rancio que ponía problemas por todo, así que mejor hacerlo todo de estrangis.
Así que me instalé allí con ellos y el primer mes fue muy guay, nos apañamos para las labores de casa, jugábamos a juegos de mesa, y organizamos varias cenas con amigos suyos que pude conocer nada más llegar a la ciudad, así que estaba contentísima. Pero la cosa no tardó en torcerse.
Una mañana noté que Laura y Rubén se comportaban de manera muy rara conmigo; medio me evitaban, medio cuchicheaban pensando que yo no me enteraba de nada… Me empecé a mosquear y después de comer fui directamente a hablar con ellos. Me costó sacárselo, porque yo creo que estaban convencidos de que me había vuelto loca y les daba miedo hablar conmigo, pero al final me sacaron una nota y la pusieron encima de la mesa.
Era un anónimo de los de toda la vida, de los de las películas, con letras recortadas de periódicos y revistas. Entonces me dio por pensar que se estaban quedando conmigo y me dio la risa, porque encima, atención, en la nota ponía: “Los secretos son como sombras. Si no te cuidas, te cubrirán por completo”. Y es que poco antes habíamos estado hablando de gustos inconfesables y de alguna que otra parafilia, así que yo pensaba que el vacile venía a cuenta de aquello. Pero ellos no se reían en absoluto, y me dio un mal rollo que no veas.
Me preguntaron muy serios a ver si la había dejado yo. Y yo flipando, claro, ¿en qué momento esperas que tus amigos te acusen de dejar anónimos de ese pelo? Obviamente les dije que no había tenido nada que ver y que qué puto miedo porque esa nota había aparecido encima de su cama, lo cual descartaba que hubiera podido ser alguno de sus colegas en una de esas cenas. A mí se me juntaron dos mega-rayadas: por un lado, pensaba que ellos tenían que estar seguros de que era yo, porque quién más iba a ser; por otro lado, yo sabía que yo no había sido, así que, o eran ellos haciendo la broma más retorcida de la historia, o no quería ni imaginarme quién. El silencio y la incomodidad alcanzó niveles estratosféricos, yo esperando a que confesaran la broma, pero no. Miramos la cerradura, que estaba en perfecto estado, no había ninguna ventana rota, y llaves solo teníamos nosotros. A excepción del casero, pero Laura y Rubén aseguraron que el tipo vivía en Ciudad Real y que iba muy de vez en cuando. Intentamos seguir el día como si nada, pero el miedo sobrevolaba nuestras cabezas. Estábamos cenando y no teníamos ni hambre, yo hasta me arrepentí de haberme emancipado, no quería más que volver a Logroño con mis padres. Poco después de cenar, nos fuimos a la cama, y revisamos pestillos, terrazas y todo. Conseguí dormirme pero soñé mil paranoias.
El terror verdadero vino al día siguiente, cuando apareció otra nota encima de una mesa en su cuarto. “Todo se descubre tarde o temprano. No tendrás dónde esconderte”. Me la enseñaron con la cara blanca los dos, pero Rubén estaba visiblemente más afectado. Fue entonces cuando él nos dijo que fuéramos a hablar a la cocina. Laura y yo con cara de interrogante. Pues contra todo pronóstico, va y nos suelta que estaba liado con otra tía. La cara de Laura era un poema total. Menudo bombazo. Y siguió.
Que llevaban meses follando en casa, básicamente, y que un día se había cruzado con el casero, que les vio liándose por el pasillo, y luego le mandó un par de whatsapps diciéndole lo mal que estaba eso de la infidelidad. Yo no daba crédito, pero Laura estaba en shock. Resulta que el Rubén, sospechando que podía ser el casero, le había preguntado, y el tío había dicho que sí, que había sido él, y que si Rubén no decía la verdad, lo iba a solucionar él. Así que no le quedó más remedio que confesar. Yo decidí que lo más sensato era irme a dar una vuelta y ahí los dejé. Para cuando llegué, Laura ya había hecho las maletas y se iba al piso de su jefa unos días, pero nunca jamás volvió.
Yo, recapacité sobre mi emancipación y decidí volver a Logroño, así que allá se quedó Rubén, solo o acompañado, nunca lo sabremos.
