Cuando hablamos de boda, a todas las chicas de los 90, inevitablemente, se nos viene a la memoria esa entrañable película que, muy posiblemente, hemos visto 300 veces soñando con que, algún día, seríamos las protagonistas.
“El padre de la novia” con el inimitable, Steve Martin.
Para las más jóvenes que no la hayáis visto, os la recomiendo porque, además de pegaros una panzada de reír, podréis entender mejor algunas de las influencias más notorias que nos han conducido a idealizar desproporcionadamente “el día más bonito de nuestra vida”.
En aquel momento no lo entendíamos, pero, tras vivir la experiencia en primera persona, puedo afirmar que, esa película, capta a la perfección la esencia de lo que puede llegar a ser organizar tu boda.
Yo, fui víctima de mi ilusión exacerbada y de todos los clichés que había ido asumiendo desde chiquitita, hasta el punto, en el que me di cuenta de que, en vez de disfrutar de los preparativos, me estaba convirtiendo en rehén de mi propia boda.
Por ese motivo, he decidido compartir con vosotras mis experiencias, por si esto puede ayudar a alguna futura novia a hacer su travesía hacia el altar más tranquila y plena.
En mi caso particular, cuando llegó el día de nuestro compromiso, mi pareja y yo llevábamos juntos la friolera de 15 años y, por distintos avatares de la vida, pese a que estábamos muy bien juntos, nunca habíamos encontrado el momento adecuado para darnos el “Sí, quiero”.
Os podréis imaginar la ilusión tan grande que se apoderó de mí cuando mi chico me pidió matrimonio.
Yo, estaba que no daba crédito, me salí de mi cuerpo saltando de alegría, ilusión y emoción porque por fin iba a poder tener mi cuento Disney, mi película de Jennifer López de domingo por la tarde y mi momento “Pretty Woman” de ir a probarme 300 trajes de novia.
Casi mágicamente, una cascada incesante, al más puro estilo Matrix, con todas las ideas que había ido acumulando en mi disco duro desde hacía décadas, tomó el control y el sentido común y la calma, abandonaron mi cuerpo.
Llegados a este punto, también cabe contextualizar que, la vida, nos había golpeado muy duramente en los últimos tiempos, por lo que, la noticia de nuestra boda, fue una alegría inmensa también para la familia, más en concreto para mi padre, que se volcó con una ilusión y alegría casi mayor que la mía, por lo que lo cogimos con un ímpetu que no había quien nos parara.
Consciente de ello, en un inicio, decidí adoptar una postura más comedida y sentarme a hablar con mi chico para pensar juntos en qué tipo de boda queríamos hacer. A priori, parecía sencillo, estábamos de acuerdo en que los dos queríamos una boda sencilla, en un entorno natural, con foodtrucks y música.
Así que, con nuestra idea clara, juntitos de la mano, iniciamos nuestro periplo de visitar un sinfín de lugares y pedir presupuestos.
Nuestro primer descubrimiento, fue que, muy lejos de lo que pensábamos, nuestra idea de una boda sencilla en un entorno natural con catering de foodtrucks era mucho más cara que escoger un lugar que ofreciera el menú en una sala de restaurante más tradicional.
Resulta que ya solo alquilar un espacio era un dineral, a eso, había que sumarle que debías contratar también por separado, el alquiler de todo el mobiliario (sillas, mesas, vajillas, cristalería, mantelería, cubertería), camareros, servicio de limpieza, técnicos de sonido, equipos de música, los foodtrucks, las flores, etc
Total, que se iba a unas cifras desorbitadas nuestra idea de boda “sencilla”.
Tras el chasco, decidimos optar por escoger un restaurante que tuviera todo lo necesario con un menú cerrado en un lugar que nos gustara y que se ajustara a un precio más razonable. Al fin y al cabo, no pensábamos tener 300 invitados, nosotros teníamos claro que solo íbamos a invitar a nuestros seres queridos más cercanos y, por tanto, entre los dos, no superábamos los 70 invitados.
Continuamos nuestra búsqueda hasta dar con un sitio precioso, en medio de un parque natural, en el que, además, teníamos una anécdota del pasado y sentimos que aquel era nuestro sitio, nos casaríamos en medio del bosque, con una ceremonia sencilla, rodeados de nuestros seres queridos más cercanos.
A priori, todo encajaba, nos pasaron el presupuesto, que, según ellos, incluía todo (montaje de la ceremonia, con sillas, micrófono, altavoces y decoración, cocktail en el jardín, menú cerrado con entrante, plato principal y tarta nupcial en el salón y barra libre y dj para el baile) y no había que hacer ningún pago extra. Viendo que entraba en nuestro presupuesto y nos encajaba dimos la paga y señal y nos quedamos tranquilos.
Nuestra única petición, fue que queríamos llevar nuestra tarta porque la queríamos de una pastelería en concreto que nos gustaba mucho y consultamos si había algún inconveniente por llevar la tarta de un proveedor externo y si era posible anular la tarta que incluía el menú y o bien descontar su precio o bien reemplazarla por otra cosa. A priori nos dijeron que sí, que no había problema así que gestionamos la tarta con la pastelería y los pusimos en contacto para la entrega.
4 días antes de la boda, cuando debíamos hacer el pago final, nos salen con que debíamos pagar 2.000€ en concepto de reserva en exclusividad del espacio que no habían mencionado en ningún momento y eso que les habíamos preguntado por activa y por pasiva si todo estaba incluido y no había ningún extra. Y, para poner la guinda, también nos dicen que ellos no tuvieron constancia de lo de la tarta hasta hacía una semana y que ya habían encargado a su pastelería la tarta y teníamos que quedárnosla.
No os puedo explicar el enfado que me cogí, la sensación de sentirnos engañados por el establecimiento para sacarnos más dinero, como si no fuera ya suficiente dispendio y la impotencia de pensar en qué haces, porque claro, quedan 4 días para la boda,
¿vas a montar un pollo y cancelar todo y quedarte sin boda?
Pues después de mantener una discusión con ellos, decidimos por nuestra paz mental continuar adelante, permitir el atraco, y pagar los putos 2.000€ que se habían sacado de la manga y poner la puta tarta del restaurante en el resopón porque ya teníamos la de nuestra pastelería encargada y pagada.
Debo decir también que, el día de la boda, todo salió perfecto, la comida estuvo excelente, todo estaba precioso, tal y como lo habíamos acordado y no tuvimos ningún contratiempo más con ellos.
Pero esa sensación de que intentaban tomarnos el pelo y ese mal regusto nunca se nos fue y es una pena, que, por sacarte un poco más (teniendo en cuenta el sablazo que te pegan ya de entrada) estropeen así su imagen y pierdan su credibilidad.
Esto, no es un hecho aislado, la palabra “Boda” viene acompañada de un negocio millonario que hace que, automáticamente, los precios se multipliquen y los buitres carroñeros te rodeen ansiando sacarte hasta los hígados aprovechándose de tu ilusión y jugando con las emociones.
El siguiente sobresalto, vino de la mano de la tienda donde decidí, erróneamente, comprar mi vestido de novia.
Cuando tienes una talla 50, tus posibilidades de búsqueda del vestido se reducen estrepitosamente ya que, en la mayoría de los casos, solo puedes probarte trajes que te quedan pequeños y te cogen con pinzas por la parte de atrás para que puedas vértelos puestos y hacerte una idea (tirando de mucha imaginación) de cómo te quedarían hechos a tu medida.
Pues bien, después de mucho investigar y llamar por teléfono a distintas tiendas para averiguar si tenían vestidos de mi talla, reduje la lista a 5 tiendas y empecé, lo que, en mi mundo de luz y color, debía ser una de las partes más bonitas y divertidas: la búsqueda del vestido de mis sueños.
Pronto, me di cuenta, de que aquello, no iba a ser ni remotamente así, que la tele y sus programas tipo “Say Yes! To the dress” habían hecho mucho daño.
Llegué a la primera tienda acompañada por 3 amigas (mala idea también, porque muchas veces, sin querer, en vez de ayudar, te lían más con sus gustos y terminas por no saber ni qué querías tú) y, tras una breve charla con la dependienta, me fui al probador y empezaron a traerme vestidos.
Lo primero que detecté fue que ningún vestido llevaba el precio, por lo que, aquello era como una partida de póker, tú, debías guardarte el AS en la manga si no querías que te desangraran. Es decir, no debías mostrar especial emoción por el vestido que te gustaba y esperarte al final cuando ya te hubieras probado todos los modelitos para preguntar los precios de todos porque, si detectaban el ganador, automáticamente, el precio se disparaba y como no había etiqueta el límite era el cielo.
Me probé unos 35 vestidos entre las 6 tiendas que terminé visitando, porque no acababa de dar con la tecla y el tema de la talla, dificultaba probármelos en condiciones.
Solo hubo una tienda en la que el trato fue maravilloso.
Tenían los vestidos de mi talla para probármelos, eran todos preciosos, con unas telas y una caída de ensueño, las modistas eran encantadoras y me hicieron sentir preciosa, cómoda y en casa.
Como resultado, me enamoré de uno que, para mi desgracia, se escapaba un poco de mi presupuesto y, aunque en el fondo de mi corazón, yo, sentía que ese era mi vestido, no quería excederme porque me lo iba a regalar mi padre y me sentía mal por hacerle gastar tanto.
Hago un paréntesis y os comparto que esta tienda tan fabulosa se llama Antonia Serena Atelier y está ubicada en Sabadell, Barcelona, por si puedo ayudar a alguna futura novia a encontrar su vestido.
Así que, en vez de seguir mi instinto y quedarme con ese fabuloso vestido de ensueño, decidí hacer un último intento en otra tienda.
Error que pagué muy caro.
En esa última tienda, encontré un vestido muy bonito que me gustaba y con el que me sentía bien, pese a que me lo probé en una talla que no era la mía y tuve que tirar de imaginación para visualizarlo en mi talla y con los arreglos que pedí.
Me garantizaron que todo lo que había pedido se podía hacer (ponerle unas mangas francesas de encaje porque no tenía mangas, acortar la cola, quitarle capas de tul y ponerle un forro al corsé para que no se viera transparente) así que dimos la paga y señal y quedamos para dentro de 6 meses para hacer la primera prueba con el vestido ya en mi talla y con los arreglos solicitados hechos.
Cuando llegó el día, entré en el probador entusiasmada deseando verlo y poder por fin probármelo en mi talla y con los arreglos.
Nada más lejos de la realidad.
Resultó que, no solo no estaba en mi talla y con los arreglos, sino que se habían equivocado y era un modelo distinto que parecía un disfraz de Halloween.
Os juro que era espantoso, con el cuerpo lleno de perlas, una falda de tul de mala calidad de ese que parece de los chinos y encima me iba enorme, gigantesco, vamos, que podía bailar dentro.
¡Qué horror!
No os puedo explicar la sensación y el chasco tan grande que me llevé.
Encima, la dependienta, que era otra distinta porque la que me lo vendió ya no trabajaba allí, pretendía convencerme de que sí era mi vestido. Cuando vieron que no iba a claudicar y pedí la hoja de reclamaciones y amenacé con denunciarlos, vino la encargada, que era la jefa de las modistas, y trató de suavizar la situación.
Afortunadamente, yo, tenía las fotos que me hice con el vestido que había escogido puesto y, les pude demostrar, que no era ese y que se habían equivocado.
Era 29 de julio, venía agosto y la boda era la primera semana de octubre.
Vamos, que, con todo cerrado en agosto, solo tenía un mes hábil de margen para solucionar el problema. Ya habíamos pagado la mitad del vestido y solicitar la devolución implicaba poner una denuncia, hacer las gestiones con el abogado y esperar y tiempo, era algo que no tenía.
¿Además de que, donde iba yo a conseguir otro vestido nuevo que estuviera listo en 1 mes y con mi talla?
Os podéis imaginar el dramón.
Después de montar un pollo de dimensiones astronómicas, la modista, se comprometió a que la primera semana de septiembre, tendría mi vestido tal como lo había solicitado.
Me tomo de nuevo las medidas y me juró que, aquel engendro cochambroso que me habían traído, podía transformarlo en algo muy parecido a lo que había pedido, ya que tenía otras telas en el taller y podía aprovechar el cuerpo, adaptarlo a mis medidas y sobre el él, hacer de 0 mi vestido.
Vamos, un milagro que ni el del pan y los peces.
En ese momento, solo podía hacer un acto de fe en aquella señora porque no tenía margen, ni tiempo, ni dinero para otra cosa.
Fue el mes más largo de la historia y me pasé los días pensando en que me iba a terminar casando con una funda de almohada.
Llegó el día de la prueba en septiembre y, gracias a Dios, aquella mujer obró un milagro y, aunque no era mi vestido, logró salvarlo bastante y dejarlo decente.
Un alivio recorrió mi cuerpo y, aunque no era el vestido que yo quería, al menos era bastante bonito y se había esmerado en adaptarlo a mí y hacerlo lo más parecido. Así que no me quedó otra que estar conformarme porque al menos tenía vestido.
La tienda en la que me sucedió esto se llama Atelier de bodas y está en Barcelona, Madrid y Valencia.
Lo comparto porque después de esta experiencia no la recomiendo ni a mi peor enemigo. No está pagado el mal trago que pasé ni el error que cometieron.
La única que se salva es la modista que al menos intentó arreglarlo. Pero vamos que confianza 0 en esta firma porque, además, compartí mi situación en el foro de Bodas.net para pedir consejo y resulta que me escribieron muchas novias que también habían sufrido problemas al comprar sus vestidos allí.
La siguiente parada fallida de esta aventura fue la elección del fotógrafo y el videografo.
Para nosotros, era importante encontrar un fotógrafo que nos sacara unas fotos naturales, desenfadadas y espontáneas, no queríamos sentirnos forzados o encorsetados, queríamos tener un recuerdo bonito, sencillo y natural.
Bien, terminamos con un álbum que parece sacado del Titanic lleno de fotos que huelen a naftalina.
Resultó que, tras ver y comparar entre 5 fotógrafos encontramos uno que, aparentemente, hacía fotos más artísticas, distintas a los clásicos posados. Nos enseñó un álbum muy bonito que nos gustó mucho.
Debía ser el único bueno que tenía.
Como además conocía bien el lugar donde nos casábamos porque había hecho varias bodas allí y el videografo con el que trabajaba también, nos ofrecieron un pack de fotos y video que nos pareció correcto así que decidimos contratarlo.
Otra ilustre cagada.
Puedo afirmar y afirmo que, el día de nuestra boda, el fotógrafo, fue la persona que me sacó más de quicio. Si hubiera podido, hubiera cogido una sartén y le hubiera dado en toda la cara para quitármelo de en medio.
El día de la boda, yo, llegué al lugar con mi maquilladora prontito (la maquilladora fue una de las mejores decisiones que tomé, maravillosa) y enseguida comenzó a peinarme y maquillarme.
Como suele suceder en estos casos, el tiempo vuela y, por más que ella iba todo lo rápido que podía, también quería esmerarse en dejarme bonita así que nos retrasamos un poquito, nada dramático, pero me dejó preciosa.
El fotógrafo, se dedicó a entrar y salir de mi habitación cada 5 minutos, metiéndonos prisa, diciendo que íbamos muy tarde, que la gente estaba llegando, que no iba a dar tiempo de hacerme las fotos y los planos de video previos en la habitación, que así no se podía trabajar, etc etc.
A mí me iba a dar algo, me estaba amargando la mañana de mi boda.
Yo había llegado al hotel tranquila, contenta y relajada y me sentía super cómoda y a gusto solita en mi habitación con mi fantástica maquilladora hasta que llegó él a ponerme de los nervios, angustiarme y amargarme.
Si veis las fotos previas a la boda en las que estoy yo sola en la habitación se puede apreciar el cabreo en mi cara. Tuve que hacer un esfuerzo de contención y reconducir mi ira porque no estaba dispuesta a que nadie me amargara aquel día.
Menos mal que, al menos, el videografo, se dio cuenta y trató de calmar las aguas porque si no salían todos por la ventana.
A todo esto, en nuestra reunión con la pareja que iba a grabar la ceremonia, les explicamos todos los detalles, las personas que tenían roles más relevantes, les contamos que iba a oficiar la ceremonia nuestra mejor amiga, que aquello tenía un valor sentimental incalculable para nosotros y que por favor, queríamos que grabaran la ceremonia completa.
Yo les insistí en que, si querían, les podía pasar un resumen por escrito con el detalle de las personas y momentos que eran importantes para nosotros para que hicieran énfasis en grabar esos momentos a lo largo del día (actuaciones musicales, canciones particulares que nos iban a cantar, el discurso de nuestra amiga que nos casaba, etc) pero ellos me dijeron que con las notas que habían tomado era suficiente y que ya tenían todo lo que necesitaban así que confié en ellos.
Error, grave error.
Lo primero que detecté es que se fueron al poco rato de empezar el baile porque decían que ya tenían material suficiente… Se perdieron los mejores momentos que, gracias a Dios y a los smartphones, tenemos recopilados en distintos videos y fotos de familiares y amigos.
Cuando pasaron los meses y llegó el día de la entrega de las fotos y del video, llegó el drama.
Resulta, que no habían grabado la ceremonia entera tal y como, literalmente, les habíamos pedido reiteradas veces. No teníamos la ceremonia completa, no teníamos las canciones del cantante al completo y bien sonorizadas y, lo peor, no teníamos el discurso completo y con sonido de nuestra querida amiga que nos había casado.
Me entró un cabreo que no puedo explicar con palabras porque aquello no tenía arreglo posible, no podíamos rebobinar en el tiempo y volver a la boda para grabarlo bien.
Ellos, argumentaron que, para ellos, grabar la boda completa significaba grabar los momentos importantes como la entrada de los novios, el intercambio de los anillos y los discursos de los padrinos y que eso estaba.
Yo, en ese punto, ya no sabía si reír o llorar.
Que frustración y que impotencia de verdad.
Después de una discusión bastante fuerte, y de ver que, el video que habían editado era algo frío, sin alma, que no recogía la emoción ni los mejores momentos y que parecía un video impersonal cualquiera de esos que hacen en serie como churros, acordamos que nos iban a pasar las 7 horas que tenían grabadas con las distintas cámaras en bruto sin editar, y, mi marido y yo, tuvimos que dedicarnos un fin de semana a visualizar todo despacio y anotar de cada video los fragmentos que queríamos desde el minuto, segundo tal hasta el minuto y segundo cual y hacerles una escaleta con el orden y donde lo queríamos.
Total, que nos convertimos en editores del video de nuestra boda porque los profesionales que habíamos contratado habían hecho un churro.
Así que, afortunadamente, después del cabreo, del tiempo invertido y el esfuerzo, entre todo el material que seleccionamos de las grabaciones del videografo más todos los videos de familiares y amigos que habíamos conseguido, hicimos un collage que resultó en el video final de nuestra boda.
Si os hablo ahora de las fotos, es otro cuadro.
Todas forzadas, encorsetadas y editadas con Photoshop de forma descarada.
Se salvan muy pocas y coincide que justo, las mejores, las hizo la mujer del fotógrafo que se supone que no es profesional y estaba de back up.
Como el ego del fotógrafo era inmenso, cuando nos enseñó la selección de fotos para incluir en el álbum, excluyó las que hizo su mujer, así que no las pudimos incluir. Cuando fuimos a recoger el álbum final ya impreso, el tipo, nos dio un pen drive con las de su mujer diciendo:
“Bueno, esto es un plus que os regalo como extra que son las fotos que hizo mi mujer durante el día, pero que no son profesionales. Os las comparto como extra para que lo tengáis por si os gusta alguna”
¿¿¿¿Que si nos gusta alguna????
¡¡¡¡Maldita sea si son 1000 veces mejores que las tuyas!!!!
Así que, con resignación cristiana, escogimos las más bonitas de su mujer y son las que tenemos impresas en casa en ampliaciones y cuadros.
Una artista su mujer a la que estamos muy agradecidos por captar lo que queríamos con sencillez y naturalidad.
Gracias a Dios, no todo fue mal, el traje de mi marido fue estupendo, la joyería donde encargamos las alianzas nos permitió diseñarlas nosotros mismos y quedaron preciosas, la maquilladora y peluquera fue encantadora y me dejó muy bonita, los pasteleros nos hicieron una tarta deliciosa y exactamente como queríamos con toques de personalización y el trato con ellos fue estupendo, la decoración floral quedó bellísima y los distintos grupos musicales que escogimos para cada momento nos lo hicieron pasar genial.
Ahora que han pasado 3 años, echando la vista atrás, lo pienso, y tengo el convencimiento de que no volvería a hacerlo.
Si nos casáramos ahora, lo haría de forma totalmente distinta, no me dejaría llevar por la ilusión y trataría de ser más practica y ahorraría dinero y disgustos.
Pese a que fue un día muy feliz, aprendí muchas cosas durante ese año de preparativos y me gustaría compartirlas con vosotras por si a alguna futura novia le puede servir de algo mi experiencia:
- No te dejes embargar por la ilusión y trata de dejar reposar las decisiones. No te precipites ni te dejes convencer. Mantén la calma, visita distintos proveedores, compara, reposa tus decisiones y no confirmes hasta no haberlo sopesado bien.
- La boda es tuya y de tu pareja, no te dejes llevar por influencias, opiniones ajenas o querer impresionar o agradar. Elegid juntos las cosas que os gusten a vosotros porque es vuestro día y de nadie más.
- No hace falta gastarse un dineral. Te aseguro que cuando pronuncias la palabra boda en cualquier sitio todo se triplica y te ofrecen 3000 cosas que no necesitas para sacarte hasta los higadillos.
¡¡¡No piquéis!!!
No necesitas abanicos, alpargatas, photocall, fotos preboda, mesa dulce, fuegos artificiales, ni pétalos al altar. Los invitados no necesitan regalos que van a terminar tirados en un cajón. Ellos, se quedarán con el recuerdo de haber compartido ese día con vosotros. No tiréis el dinero en chuminadas de verdad, no vale la pena, el dinero mejor invertido está en la comida, la bebida y la música, eso, es lo que la gente va a disfrutar y recordar.
La frase más repetida de nuestros familiares y amigos siempre que nos reunimos es:
“Qué bien nos lo pasamos en vuestra boda con la batucada y el grupo de salsa y que bien comimos!! ¡¡Que buenísimo estaba todo!!”
Así que invertid en lo que de verdad os va a alegrar el día y no os enredéis en cosas superficiales que no aportan valor y que os van a engrosar el presupuesto.
- A la hora de escoger el fotógrafo, comparad, pedidle varios álbumes y videos, buscad algo con lo que os sintáis identificados y dejadlo todo siempre por escrito. Insistid las veces que haga falta hasta que estéis seguros de que tienen claro lo que vosotros queréis.
- A la hora de escoger tu vestido de novia, guíate por tu intuición y no te dejes llevar, toma el tiempo que necesites, pruébate 3000 vestidos si quieres, compara, consúltalo con la almohada y hasta que no lo veas claro no te lances. Tomate fotos y videos
cuando escojas el definitivo para que si tienes cualquier problema lo puedas comprobar.
Al final, lo más importante es que, entre tu pareja y tú, organicéis una boda con la que os sintáis cómodos y felices, da igual si es en el juzgado solo con vuestros padres, como si es en la playa o en un descampado.
Nunca olvidéis que sois solo vosotros, es vuestro día, no hace falta hacer un megaborrio para deslumbrar a nadie ni por el qué dirán estos o los otros, haced lo que os salga del corazón.
Y, sobre todo, no os dejéis llevar por todos los sacacuartos que hay en esta industria que van a intentar venderos de todo y crearos necesidades inexistentes con tal de sacar una comisión.
Manteneos fieles a vosotros mismos y hagáis el tipo de boda que hagáis que sea algo vuestro con lo que os sintáis cómodos y felices. Os aseguro que las personas que os quieren genuinamente, se alegraran por vosotros y compartirán vuestra alegría de corazón sea como sea vuestra elección.
Lo único que importa es vuestro amor y, cuando echéis la mirada atrás, lo que más recordaréis será lo que sentís al estar juntos y no las cosas externas que os rodean, porque, la vida, se compone de esos pequeños momentos y el día que nos vayamos solo nos vamos a llevar nuestros recuerdos en el corazón.
Firmado: Happy Gyal




