Podría resumir el contenido de este post en la frase:  

“Cuánto daño nos ha hecho a las chicas Walt Disney”  

Si amigas, desde bien pequeñas, recibimos un sinfín de mensajes subliminares que emanan de  distintas fuentes como los cuentos de Hadas, las películas y series de Walt Disney o las  películas americanas para adolescentes de los 90 al estilo de “Nunca me han besado” o “Una  rubia muy legal”. 

Hemos crecido soñando con un príncipe azul, una historia de amor de cuento y una boda de  ensueño donde unos entrañables pajaritos nos van a confeccionar nuestro traje de princesa  Disney a medida. 

¿Y qué sucede en realidad?  

Pues que cuando nos hacemos mayores nos damos cuenta de que tenemos una serie de ideas  preconcebidas totalmente idealizadas sobre lo que es el amor y como debe ser nuestra pareja  perfecta que, en muchas ocasiones, están totalmente distorsionadas y alejadas de la realidad. 

El amor, no es un cliché en el que conoces a un chico perfecto, en una cita perfecta, por una  casualidad perfecta, en el sitio perfecto y con la ropa perfecta. 

El amor real va mucho más allá. 

Toda la industria que se ha generado entorno al “amor de cuento” nos ha llevado a crecer con  la idea de que, si la forma en la que empezamos nuestra relación con un chico no cumple con  determinados parámetros, si, ese chico en cuestión, no realiza determinados detalles, si no se  producen determinadas situaciones, entonces, no es “el elegido”. 

Eso nos conduce a vivir en un estado de frustración continua en el que, esperamos que nuestra  potencial pareja haga determinadas cosas y, asumimos que, si no las hace, es porque no nos  quiere, no nos valora lo suficiente, no se preocupa de nosotros o no es el indicado y debemos  dejarlo y seguir buscando al príncipe azul perfecto. 

Esto suele ocurrir, principalmente, cuando eres joven y estás experimentando tus primeros  enamoramientos y descubriendo el mundo de las relaciones de pareja, pero, en muchas  ocasiones, estas falsas creencias nos acompañan durante la vida adulta y nos impiden construir  relaciones sanas basadas en lo que realmente debería significar para nosotros el amor. 

Está demostrado científicamente que el estado de enamoramiento suele durar unos 2 años en  los que vivimos en una nube perpetua de feromonas y felicidad, idealizando a nuestra pareja,  pasando mucho tiempo juntos, teniendo la necesidad imperiosa de no quitarnos las manos de  encima más de 5 minutos y adorando a nuestra pareja como si de un Dios Griego se tratara. 

En esa fase, no vemos los defectos, los fallos, ni las carencias, vamos en nuestra nube  felizmente cegados por el efecto de las hormonas. 

La prueba de fuego llega cuando esta primera fase va llegando a su fin y, con ella, entramos en  una nueva dimensión que podríamos denominar “la rutina” y ahí es cuando la mayoría de  parejas se desencantan y se dan de bruces con la realidad.

Esta nueva fase del amor se caracteriza por detalles que marcan una gran diferencia en tu vida y están lejos de los clichés románticos. 

Encontrar en tu pareja un refugio, un apoyo incondicional, alguien, con quien puedas hablar de  cualquier cosa, con el que no sientes vergüenza de mostrarte tal y como eres, con el que  puedes mostrarte vulnerable, insegura o iracunda, pero, permanezca a tu lado navegando,  mejor o peor, con todas tus versiones. 

Apoyándote en todas tus facetas porque te quiere y te acepta tal como eres, con tus virtudes y  tus defectos. 

El amor de verdad, se construye con una base sólida de confianza, respeto, comunicación,  empatía, admiración, apoyo y cariño.  

Da igual la situación, tú, sabes que esa persona va a estar contigo en cualquier circunstancia y  que, juntos, podéis salir de cualquier callejón. 

Si tú saltas, yo salto. 

Tu pareja, debe ser tu mayor apoyo, tu guía, tu compañero, alguien, que te empuje a querer  ser mejor persona cada día, que crea en ti, casi más que tú mismo, que te ame y te apoye en  todas las etapas de tu vida, porque, en las buenas, es muy fácil estar para reír y disfrutar, pero,  en las malas, en esos momentos que todos pasamos alguna vez en los que nos sumimos en un  pozo profundo, ahí, es cuando de verdad se caen las máscaras y quedan al descubierto las  cartas.  

En esos momentos, es cuando de verdad conoces la mejor o la peor cara de tu compañero y te  das cuenta de si realmente es el amor de tu vida. 

Es esa persona con la que sabes que puedes reírte de cualquier cosa, pero también sabes que  no va a soltar tu mano en la primera curva.  

Ese ser con el que sientes paz al oler su jersey y ya se puede estar cayendo el mundo ahí fuera  que tú, solo necesitas refugiarte en sus brazos para saber que el suelo sigue bajo tus pies.  

Así que, la próxima vez que te plantees si tu pareja es la persona correcta y es con quien  quieres envejecer, hazte estas preguntas: 

¿Puedo hablar con él de cualquier cosa de forma honesta, sincera y transparente? 

¿Puedo mostrarme tal y como soy, expresar opiniones distintas a las suyas y conversar desde el  respeto y la calma? 

¿Puedo contar con él en cualquier situación por cruda que sea? 

¿A su lado, siento que quiero ser mejor persona y que juntos podemos enfrentar cualquier  cosa? 

¿Me siento apoyada, querida, respetada y valorada? 

Porque, muchas veces, con esas falsas creencias que tenemos tan interiorizadas, confundimos  las cosas y no nos damos cuenta de que nos dejamos llevar por prejuicios en vez de valorar los  verdaderos gestos de amor que nos confirman que estamos con la persona adecuada.

Como ejemplo, os puedo explicar mi caso. 

Mi marido y yo, al inicio de nuestra relación, éramos personas muy distintas.  

Él, era tímido, introvertido y vergonzoso, por lo que le costaba un mundo tener determinados  gestos como ir conmigo cogidos de la mano, darme un beso en lugares concurridos o verbalizar  su amor por mí. 

Yo, en esa etapa inicial, interpretaba erróneamente esas dificultades como señales de que no  me quería lo suficiente en vez de comprender que, simplemente, se trataba de su timidez  obstaculizándole el camino y que él utilizaba otras vías para mostrarme su amor. 

Con el tiempo y la madurez, fui aceptando que todos somos diferentes y no debemos intentar  forzar las cosas o cambiar a las personas para que sean como queremos, más bien, debemos  entender como son y saber interpretar más allá de lo obvio. 

Muchas veces me enfadaba y estaba enconada en que no me quería cuando tenía esos gestos,  sin darme cuenta de que, simplemente, era presa de su pánico o su timidez. 

Con el tiempo, aprendí a leer sus señales y a ver sus muestras de amor en los otros gestos que  él si estaba teniendo y a los que yo no estaba prestando atención como por ejemplo, el hecho  de que se preocupara de cuidar a mis padres como si fueran los suyos, de que cuando yo tenía un problema, ya fuera personal o laboral, él siempre era el primero en escucharme,  preocuparse y ayudarme hasta el punto de hacer el problema suyo, de que cuando yo creía que no podía hacer algo él estaba ahí empujándome y dándome alas para volar, de que cada  día se preocupaba porque yo comiera bien y me hacía los tuppers para llevármelos al trabajo  porque yo cocino fatal, de que cuando tenía la regla y pasaba por las 35 fases de cambios de  humor y lloreras él permanecía a mi lado impasible, paciente y amoroso, cuidando de mí y  haciéndome reír y de que siempre que algo me daba miedo él estaba ahí abrazándome y  acompañándome para afrontarlo juntos. 

Es mi lugar seguro, mi refugio, mi mayor apoyo, la fuente de mis sonrisas y la de mis cabreos,  porque sí, también discutimos y nos enfadamos, que, de vez en cuando, es muy sano y normal. 

Quizá no acierta con el regalo perfecto o no me manda mariachis para nuestro aniversario,  pero me coge la mano en el dentista y me recoge cuando salgo tarde del trabajo para que  vuelva sana y salva a casa. 

Con todo esto, os quiero decir que, más allá de las flores, los bombones, las citas idílicas y los  detalles románticos, el amor verdadero se compone de un sinfín de detalles que tenemos que  saber apreciar para no perdernos a personas maravillosas. 

Así que os animo a todas las que os encontréis en la búsqueda a no frustraros ni a buscar la  perfección más bien recordad que, los cuentos de Hadas, no siempre son como en las películas  Disney y los príncipes azules solo tienen que ser perfectos para vosotras. 

 

 

Firmado: Happy Gyal