Seguro que recordáis un episodio de la serie Friends en el que Chandler se duerme en plena reunión de trabajo y, sin quererlo, acaba accediendo a un traslado a otra ciudad. ¿Lo recordáis? Pues eso no es nada comparado con lo que casi me pasó a mí.
Finales de marzo de 2020, estábamos en plena pandemia. En ese momento en mi empresa aún trabajábamos todos desde casa y nos comunicábamos a través de chats y videollamadas. En mi departamento tenemos desde siempre un grupo de WhatsApp para temas de trabajo. Es un poco rollo porque nunca desconectas del todo, pero para según qué cosas es más práctico que enviar un email.
Aquella mañana no sé qué pasaba, pero todo el mundo estaba histérico. Mi jefa llevaba dos días anunciando que en la empresa habíamos ganado un proyecto muy importante en Finlandia, y los jefazos estaban decidiendo a quién enviar. Lógicamente había muchos factores a tener en cuenta: formación de la persona elegida, experiencia en proyectos similares, capacidad de adaptación a nuevos retos y, por supuesto, situación personal y familiar.
En mi departamento había varias miradas puestas en mí, porque no tengo pareja ni hijos, así que puedo moverme con relativa facilidad. Pero ni por asomo pensaba que yo podía ser la elegida, sobre todo teniendo en cuenta que soy de esos perfiles que pasan bastante desapercibidos. Y, además, llevaba muchos meses pensando en dejar aquel trabajo y había iniciado un proceso de selección en una empresa que me atraía mucho. La pandemia lo había paralizado temporalmente, pero me hacía mucha ilusión ese cambio, y lo último que quería era que me ofrecieran un puesto en Finlandia para los siguientes dos años. Más que nada porque no sabía cómo iba a poder rechazar algo así.
En esas estábamos cuando mi amiga Laura empezó a contarme por WhatsApp que había conocido a un chico por Internet. Guapo, simpático, inteligente y con una gran conversación. Vamos, un chollo de muchacho. Vivía en el mismo barrio que ella, así que solo había que esperar a que levantaran el confinamiento para poder conocerse en persona.
¿Esperar a qué? ¿Que Laura espere algo? Ni loca, vamos.
—María, tía, que no, que no me espero. Quedamos en el súper como si estuviéramos haciendo la compra, nos cogemos una birra en el pasillo de las cervezas y nos montamos una cita exprés.
—Tía, Laura, ten cuidado, que encima te pillarán y te pondrán una multa que te dejarán tiesa.
—Qué multa ni multa. ¡Pero si molará un montón explicarle esto luego a nuestros hijos!
Y, mientras tanto, en el grupo de WhatsApp del curro:
—¿Pero se sabe ya a quién van a llevar a Finlandia o no?
—Aún no, pero dicen que pronto lo anunciarán. He oído decir a Jaime que hoy van a hablar con la persona seleccionada y, si accede, la semana que viene hacen el anuncio oficial.
—O sea, ¿que esa persona aún no lo sabe?
—Parece ser que no.
—Pues menudo sorpresón se va a llevar.
—¿Vosotras qué diríais si os ofrecen algo así?
—Ostras, a mí me encantaría. Es una súper oportunidad.
—Pues a mí no me haría ninguna gracia, qué quieres que te diga. Con el frío que hará allí…
Y mi amiga Laura preguntándome qué súper era mejor para la cita, si el Cargadona o el Queprabo.
—Porque yo creo que el Queprabo tiene como más glamour, ¿no? Pero es que el Cargadona es como más de barrio, es más como yo. A ver si va a pensar que voy siempre a comprar al Queprabo y soy una pija.
—No creo, Laura, ¿cómo va a pensar eso, si ya ha hablado contigo?
—No sé, tía… ¿tú crees que tiene buena imagen de mí?
Y en el chat del curro:
—Yo creo que se lo van a dar a María. Es la persona ideal para desaparecer dos años en Finlandia. Sin cargas familiares…
—Sí, yo también creo que se lo dirán a María. Ya te estoy viendo con un súper abrigo paseándote por las calles de Finlandia.
—Ostras, ¿te imaginas? Nuestra María en Finlandia.
—Pero María, ¿tú aceptarías?
Y, en medio de todo esto, yo escribí:
—OBVIO QUE SÍ, por supuesto.
Pero… en lugar de enviárselo a Laura, lo envié al chat del curro. ¡Horror!
Todo lo que ocurrió a continuación pasó en menos de cinco segundos. Lo sé porque es el tiempo que yo tardé en reaccionar y borrar el mensaje. Aunque las reacciones de mis compañeras me demostraron que todo el mundo lo había podido leer.
Mi jefa vio el mensaje, avisó a Recursos Humanos, quien avisó al director de la división, quien a su vez avisó al director general, quien avisó al director de la oficina de Finlandia. Spoiler: me iba a Finlandia.
Por suerte, todo quedó en un susto. Tras borrar el mensaje, mi jefa me preguntó si me haría ilusión y tuve que decirle que no. Así que tuvo que avisar a Recursos Humanos, quien avisó de nuevo al director de la división, quien también avisó otra vez al director general, quien avisó al director de la oficina de Finlandia.
Y ahí acabó mi aventura en Finlandia. A veces me da un poco de rabia pensar que podría haber sido la oportunidad de mi vida. Luego me acuerdo del frío que hace allí y, sobre todo, del curro que me esperaba, y se me pasa.