Puedo decir con total seguridad y sin miedo a equivocarme que con los años he desarrollado una habilidad especial para atraer las situaciones más extrañas y surrealistas que os podáis imaginar. Mi vida se ha ido convirtiendo poco a poco en una especie de Ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. SEGURO. Y si no, que se lo digan a mi yo de hace algunos años, cuando el cumple de una amiga se convirtió en una propuesta seria y de lo más creepy para unirme al llamado «oficio más antiguo del mundo».
Mi amiga Sandra quiso celebrar sus veinte por todo lo alto, así que decidió tirar la casa por la ventana y celebrarlo en una archiconocida discoteca de niños pera de la capital. Y allí nos plantamos, como pececillos (pececillos mileuristas) fuera del agua. Y he decir que, al final y contra todo pronóstico, nos lo empezamos a pasar genial en aquel mar de náuticos, cabellos engominados y apellidos compuestos. Conocimos a un grupo de chicos muy simpáticos con los que empezamos a hacer bromas sobre lo fuera de lugar nos sentíamos todos allí.
Yo congenié enseguida con Marcos, un tío muy interesante que resultó ser una especie de jefe de relaciones públicas de la discoteca súper divertido; un tío de barrio que había conseguido hacerse un hueco en aquel mundo de gente de bien. Un tío como nosotras. Nos enseñó los sitios más flipantes de aquel lugar, incluido el reservado más top y la terraza más increíble que he visto en mi vida. Me dijo que si quería entrar gratis cualquier otro día o disfrutar de alguno de los reservados vip, no tenía más que escribirle, así que decidimos intercambiar nuestros números de teléfono. Al final de la noche, nos despedimos de ellos y les dimos las gracias por todo prometiendo volver a vernos.
Marcos y yo seguimos hablando muy a menudo, me invitaba a inauguraciones de discotecas, nos contábamos nuestras cosas y siempre lo pasábamos en grande. Para mi sorpresa y, muchas de vosotras me entenderéis, Marcos no intentó nada conmigo en ningún momento y no os podéis imaginar lo cómoda que me sentía sabiendo que no había interés físico ni sexual por ninguna de las partes. No me lo podía creer, había encontrado el santo grial de la amistad con un hombre heterosexual.
Un día, por teléfono, me contó que estaba ultimando los detalles para una de las fiestas del año, que resultó ser el cumpleaños de uno de los futbolistas más famosos del mundo y que, por supuesto, yo estaba invitada si quería. Yo alucinaba. Ante mi silencio (por el shock, más que por falta de interés), me dijo que se trataba de algo muy muy exclusivo, una fiesta con mucha clase a la que todos querían ir pero sólo unos pocos afortunados tenían el honor de ser invitados. Yo ya me veía en la casa de (insertar aquí nombre de futbolista mega forrado), cuando me preguntó con un tono muy grave si realmente yo era mayor de edad. Extrañada le dije que sí y le pregunté a qué venía eso. Me contestó que el futbolista en cuestión le había pedido que llevase a la fiesta a las chicas más guapas e interesantes que pudiera encontrar para entretener a sus invitados, muy jovencitas pero mayores de edad. Excuse me????!!!!!
¿Aquello estaba pasando de verdad? No había nacido ayer, era vox pópuli que en los saraos de este tipo siempre hubiera prostitutas de lujo, pero ¿me estaba proponiendo A MI lo que yo creía que me estaba proponiendo? Me dijo con toda la naturalidad del mundo que cuando le pidieron chicas guapas enseguida había pensado en mi, que las que iban a esas fiestas ganaban mucho dinero y que sólo tenía que ir allí y ser tan dulce, amable y cariñosa como pudiera. No hubo más preguntas. Definitivamente sí, me estaba proponiendo formar parte de su grupito de chicas de compañía. Llena de rabia le colgué.
Me sentí tan estúpida por haber creído que aquel tío pudiera ser realmente mi amigo cuando todo había sido una enorme mentira para ganarse mi confianza… Nunca más volví a saber nada de él, pero cada vez que veo por la televisión al deportista cumpleañero no puedo evitar preguntarme cuántas chicas como yo habrán ido a sus fiestas.

