La primera vez que vi a Juanjo en aquella discoteca y nuestras miradas se cruzaron, el mundo pareció detenerse. Me quedé clavada en el sitio con cara de idiota mientras él me sonreía, sintiendo cómo una especie de corriente eléctrica me recorría todo el cuerpo. No, no era amor ni mucho menos, pero en ese mismo instante supe que quería volver a sentir aquello una y mil veces más.
Y creo que el universo parecía estar de acuerdo conmigo, porque desde aquel día empecé a encontrármelo por todas partes: en las discotecas, en alguna que otra tienda, en la calle, en los bares del barrio…
Aquel tío me encantaba, y aunque cada vez que nos veíamos me moría de vergüenza y no era capaz de articular palabra, me dije a mí misma que ese antojito me lo tenía que quitar. Una tarde, en la que se alinearon los planetas, nos cruzamos por la calle como de costumbre y por fin dio el paso de acercarse a hablar conmigo, bromeando con que dejara de seguirle. Todavía no sé cómo, pero después de tontear durante un rato, me armé de valor y le pedí el número de teléfono.
Desde entonces, nos pasamos cada hora del día hablando por mensaje y el flirteo se multiplicó por mil. No tardamos ni una semana en quedar para tomar algo y, como era de esperar, aquellas cervezas dieron paso a un intenso magreo en su coche.
No me lo podía creer. Después de tanto tiempo suspirando por aquel tío, ahora le tenía para mí solita. Era consciente de que lo nuestro solo era sexo y que, al menos en principio, no había ninguna pretensión romántica por parte de ninguno de los dos, pero a fuerza de vernos casi a diario durante meses, empecé a tomarle cariño. Y supongo que ese fue precisamente mi error.
Mientras él lo tenía bien claro, yo comencé a montarme películas en mi cabeza en las que lo nuestro se formalizaba y terminábamos saliendo juntos. Llegó un punto en el que estaba tan confundida que decidí que lo mejor era poner tierra de por medio y acabar con lo que fuera que tuviéramos, por el bien de mi salud mental.
Sinceramente, esperaba que me dijera que lo entendía, pero que él no quería nada serio conmigo y que dejarlo ahí era lo mejor para todos. Él por su lado, yo por el mío, y tan amigos. Sin embargo, me llevé la sorpresa de mi vida cuando me pidió que le diera una oportunidad, que quería seguir conociéndome, ya que estaba muy a gusto conmigo y nunca había sentido esa complicidad con nadie.
Me fui a mi casa flotando en una nube, pensando que solo era cuestión de tiempo que Juanjo y yo terminásemos saliendo como en las películas de mi cabeza.
Desde entonces, todo cambió. Sobra decir que seguíamos haciéndolo como dos animales a cada rato; obviamente no me pidió matrimonio ni me presentó a sus padres, pero, a raíz de aquella conversación, pasamos de vernos a solas a pasar tiempo con sus amigos y los míos. Cambiamos lo de quedar para charlar un rato y darle al tema, por hacernos un cine o salir a cenar.
Para cualquier otra persona aquel podía ser un cambio nimio, pero para mí significó mucho. Mis amigas le adoraban y, cuando salíamos de fiesta y coincidíamos, él era uno más de nosotras. Lo que yo no sabía por aquel entonces era que Carlota, una de ellas, le adoraba con demasiado entusiasmo.
Todas mis amigas sabían que yo estaba loca por Juanjo, básicamente porque llevaba meses dándoles la turra con el tema. Eran conscientes de que, a pesar de que no éramos nada, en aquellos momentos la cosa estaba mutando hacia algo que aún no tenía ni nombre ni etiqueta, pero que para mí era importante.
Por eso, nunca llegué a imaginarme que una noche, en la que decidimos salir todas de juerga en las fiestas del barrio, fuera a llevarme el chasco más gordo de mi vida. Y lo peor es que ese chasco vino de la mano de una de mis amigas.
Estábamos dándolo todo, bailando de peña en peña y pasándolo en grande, cuando me llegó un mensaje de Juanjo. Me decía que estaba por allí con sus amigos, que le había surgido un problema y que necesitaba mi ayuda. Ante tanto misterio me asusté un poco y acudí al punto que me había indicado.
Al poco de llegar a pie a una gasolinera —que, a esas horas, ya estaba cerrada—, apareció él en su coche con la música a tope. Tonta de mí, creí que todo era una broma para hacerme ir en su encuentro y darnos un revolcón. Pero no. Con todo el cuajo del mundo me pidió un condón. Resulta que se estaba liando con una chica y, cuando había ido a echar mano de uno, no tenía.
Mi cara debió ser un poema. No recuerdo muy bien qué le dije, pero sí recuerdo que, después de tirarle mi copa a la cara y darme la vuelta dispuesta a marcharme, él se bajó del coche empapado y hecho un cisco. Me preguntó a qué venía aquello, que me había dejado claro que no quería nada serio conmigo y que solo nos estábamos conociendo.
Puede que la culpa fuera mía, llamadme loca, pero aunque no estuviéramos saliendo, pensé que liarse con un tío durante meses le garantizaba a una un mínimo de respeto. O, al menos, no acudir a mí como su proveedora oficial de condones para tirarse a otra.
Pero lo más fuerte no era eso: la otra en cuestión era mi amiga Carla. Aunque no era mi mejor amiga, formaba parte de mi círculo. Supongo que Juanjo me lo dijo con la intención de causarme más daño, al ver su ego de machito herido. Y lo cierto es que lo consiguió.
Con aquella escenita ya había tenido suficiente, así que, para evitar terminar durmiendo en comisaría aquella noche, me fui a casa. Cuando, a la mañana siguiente, mi querida colega se enteró de que había descubierto que llevaba tirándose a Juanjo un tiempo, desapareció de la faz de la Tierra. Aunque volvimos a verla alguna vez, dejó de juntarse con nosotras.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.