Yo era muy joven cuando me enamoré locamente de un chico proveniente de una “familia bien”. Nunca entenderé cómo caí allí, el caso es que lo hice. Aunque su actitud frente a la vida olía a clasismo, yo era muy inocente y solamente veía amor y planes de futuro.
Vivía con sus padres en un chalé a las afueras. Ellos tenían puestos de responsabilidad en distintas empresas y mi novio era su único hijo. Acababa de empezar derecho y ya tenía claro que tendría su propio despacho en cuanto acabase la carrera (ya sabéis, el dinero llama al dinero y no hay como ser de alta cuna para que te vaya bien cualquier cosa que hagas).
Su padre siempre fue amable conmigo. Intentaba incluirme y que me sintiera cómoda y yo se lo agradecía, porque en aquella familia me veía tan fuera de lugar… Su madre no era tan amable. No es que fuera desagradable, pero parecía siempre ocupada, enfadada, estresada. Una vez al mes, me invitaban a comer y, aunque yo iba temprano, llevaba el postre e intentaba colaborar, su madre no me dejaba (ni a mí ni a ellos) ayudarla en nada a pesar de que parecía hacerlo todo de mala leche. Eso sí, sobre la mesa un generoso aperitivo elaborad, para comer, primer y segundo plato, y de postre un pastel que daba pena comérselo de lo bonito que era. Y mientras preparaba todo aquello iba de lado a lado de la cocina refunfuñando con cara de pocos amigos.

Mi novio le hacía bromas y gestos de cariño que ella aceptaba de buen grado, pero no devolvía. Era una actitud que yo no entendía, aunque nunca pregunté, mi novio decía “son cosas de mi madre” cada vez que yo me ofrecía a hacer algo y contestaba seca “Eso ya lo hago yo”.
Un día, después de comer, su padre nos dijo que, si no s apetecía, nos invitaría esa tarde a tomar un helado en un sitio nuevo que habían abierto en el centro. Nosotros aceptamos y yo pregunté a su madre si no vendría ella también. El ambiente se enrareció de golpe. Mi novio, tenso, dijo que no, que su madre estaba ocupada. Ella, más triste que enfadada, frunció los labios y dijo “Yo hoy no salgo” y el padre, nervioso y desviando la atención, dijo que haría recados por el centro antes y que no veríamos allí.
Al llegar a la heladería estaba sentado en una mesa el padre de mi novio con un gran helado delante y una señora sentada de frente. Por un momento me alegré al saber que mi suegra se había animado a salir, pero pronto me di cuenta de que no era ella. Era una señora muy elegante, llevaba un largo collar muy fino, lucía un escote generoso y el pelo increíblemente liso. Sin embargo, aunque su imagen proyectaba juventud, parecía más mayor que él. Supuse que sería su hermana, de la que siempre me hablaban. Pero no. No era su hermana.

Al vernos llegar, corrieron a hacernos hueco, aunque no hiciese falta. Se sentaron del mismo lado de la mesa para que nos pudiéramos sentar juntos. Entonces la mano izquierda de aquella señora cayó delicadamente sobre la rodilla de mi suegro. Él abrió su brazo derecho hacia ella y la cobijó en el hueco contra su pecho y yo no sabía cómo hacer para no mirar. Era tan natural, tan normal para todos (menos para mí) que no supe reaccionar. Sentía que estaba haciendo algo malo. Jamás había visto un gesto así para mi suegra, nunca una carantoña ni un cariño, pero para esa señora todo eran halagos y caricias.
Mi novio actuaba como si nada. Nos pedimos un helado, lo comimos mientras ellos nos hablaban de las vacaciones que planeaban ese verano y nos fuimos, porque mi novio entendió la incomodidad que yo sentía y me ayudó a salir de aquella situación surrealista.
Nunca entendí por qué no me advirtió antes de lo que iba a pasar. Llevábamos casi un año juntos y jamás mencionó a la amante de su padre, menos aun que fuera algo totalmente público y conocido por todos. Ni siquiera para explicar el mal genio de su madre.
La mujer fue muy agradable y cercana y nos ofreció pasar un fin de semana en su casa de la playa ese verano. Pero no entendí en absoluto nada de lo que pasaba.
Mi entonces novio me explicó que sus padres habían tenido una gran crisis hacía años, cuando él era pequeño, y que su padre se había enamorado de aquella señora, clienta de su empresa. Su madre le pidió que no se separasen por el qué dirán y él aceptó, pues en su familia no estaba bien visto. Pero no entiendo cómo un divorcio los dejaría en mal lugar, pero pasear de la mano con otra señora mientras tu mujer te espera en casa, no.

Es como un secreto a voces. El pasa los fines de semana con su pareja, excepto un domingo de cada dos, que comen en familia. La mitad de las vacaciones no está. Y mientras su mujer finge que no sabe por qué. Eso sí, está más hostil justo antes de que se vaya con ella.
Mi novio tenía la teoría de que ella le pidió que se quedase porque creía que se le pasaría y, al ver que no era así, se estaba amargando. Él la cuidaba y la mimaba mucho, pero no podía tratar mal a aquella otra mujer porque sí, así que su madre sufría el doble cuando sabía que su propio hijo pasaría un tiempo “en familia” con aquella mujer.
Nunca entendí las cosas de los ricos. Conocí desde entonces dos historias más de hombres que tienen una novia mientras viven con su mujer, a la que no dirigen la palabra mientras hacen vida con otra. Si es por el qué dirán, ¿no es mejor opción un divorcio? ¿o es que no se quieren cerrar puertas con sus mujeres? No sé, no me caben en la cabeza esa estructura familiar, la verdad.
Me pareció estrambótico en su momento y me lo parece más ahora que veo que es más habitual de lo que creía. Dos meses después, aquel muchacho me dejó por otra, para sorpresa de nadie, pues yo y mi trabajo de mierda nunca fuimos suficientes para él. Pero eso es otra historia.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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