Mi padre falleció hace 17 años. Siempre digo que mi pena es ya adolescente. En aquel momento no era muy habitual que la gente hiciese fotos y menos videos con sus teléfonos. Parece mentira que no haga tanto tiempo y que la vida haya cambiado tanto como para que hoy tenga al menos 10 fotos de cosas que me he comido en los últimos días y de aquella no hubiese grabado una sola vez cuando mi padre se ponía a cantar en celebraciones.
Poco antes de su partida, celebramos el bautizo de mi único sobrino (en aquel momento y mientras vivió, su único nieto). Esa vez no hubo canciones, pero si había una cámara. Una amiga de la familia me había prestado su cámara para poder grabar aquel acontecimiento tan especial. Era una de esas cámaras (muy modernas para la época) que grababa en unas cintas pequeñitas y que luego podías meter en cintas más grandes para ver en VHS (quizá no era tan moderna). El caso es que, cámara en mano, inmortalicé los momentos clave de aquella misa, las risas y monadas que le hacíamos a mi sobri, los abrazos que se daban los padres de la criatura y, de forma totalmente irónica, la chapa que mi padre le estaba dando a la familia de mi cuñada sobre historia. Apenas se escuchaba, pero se podía intuir por el tono y los gestos que no era la conversación más amena del mundo para un bautizo. Quien me iba a decir que, años más tarde, aquel vídeo me iba a devolver un pedacito de calma.

Durante la noche, mi madre cogió la cámara y decidió grabar a mi padre con su nieto dormido en brazos, claramente emocionado. A pesar de las horas de celebración, no podía evitar demostrar la satisfacción que le producía que su nieto descansase sobre su regazo. Ese gesto de orgullo, esa sonrisa de medio lado, ese brillo en la mirada… Todo eso que mis hijos jamás verían…
Aquel aparato fue devuelto a su dueña y, tras unos viajes y un par de cintas grabadas más, aquella cinta desapareció. Mil veces habíamos intentado localizar el paradero de aquel trocito de plástico que albergaba el único recuerdo de mi padre como abuelo, pero siempre sin éxito.
Años después, el que es ahora mi ex nos había prestado la cámara de su hermana (pues la de mi amiga ya no funcionaba) para intentar localizar, entre una caja de cintas que habíamos encontrado, aquella reliquia familiar, pero no había valido de nada.

Mi amiga hace poco se fue a vivir a un piso que su madre utilizaba solamente en verano. Estando allí, le tocó hacer limpieza de las cosas que una familia puede acumular en una casa a la que solamente acude un mes al año. Entre todas esas cajas de ropa que ya nadie se pondría y los álbumes de fotos antiguos, apareció una caja de latón con 4 cintas dentro. Sin atreverse a manipularlas más, se las llevó a un fotógrafo que pasaba cintas antiguas a formato digital y me escribió “es posible que haya encontrado algo que llevamos tiempo buscando, pero no te aseguro nada todavía”. Este mensaje, sin contexto y después de tantos años, me llegó como una ráfaga de aire, pues al momento le mandé un audio muy nerviosa. Ella me dijo que no se atrevía a decirme nada seguro por si la cinta estaba estropeada, pero que había posibilidades de que, en unos días, pudiera traerme un pen con el vídeo.
Me gustaría decir que no pensé más en ello, pero quien me conozca sabe que no es cierto. Recordaba aquella imagen en mi cabeza en bucle sin mucha nitidez, aquella imagen en la que mi padre se veía como un abuelo orgulloso.

De pronto un día, a media mañana y sin previo aviso, recibí en mi teléfono un vídeo de unos segundos en los que se escuchaba a mi madre instar a mi padre a confesar que se le caía la baba y él miraba hacia abajo a aquel retoño y sonreía con el corazón en la mirada. No sé si entendió algo de aquel audio que le envié intentando darle las gracias y preguntando cuando podría verlo. Estaba tan nerviosa y emocionada…
Esa noche tenía el vídeo en mi casa y mis hijos recibieron una lección: llorar no está mal. Hay veces que lo necesitamos para curar un poquito el alma y eso no es malo. Aprendieron que mamá a veces se puede romper un poquito, puede ser frágil y puede moquear ante una pantalla porque echa de menos a su papá.
Ellos no llegaron a conocerlo, pero gracias a mi amiga y a aquel vídeo, pudimos recuperar el sonido de su voz, su gesto de abuelo, sus últimos momentos en familia. Y mi sobrino pudo verse envuelto en los brazos de un hombre que lo quiso tanto como supo.
Si él supiera a cuantos cachorros más habría podido acunar…
Luna Purple.