Julio siempre se quejaba de su vecina de abajo cuando íbamos a su casa. Siempre que ponía música, ella le hacía la parte de percusión a escobazos en el techo. Daba igual que fueran las 2 del mediodía.

Si bajaba la basura muy temprano, le dejaba una nota en la puerta de que la basura no se bajaba a esa hora porque es la hora a la que sale todo el mundo y que no tenían por qué oler su basura. Si venían repartidores preguntando por él le protestaba porque ella no era la secretaria de nadie.

Los días que venían sus sobrinos, era raro no encontrar una nota de que no se podía hacer tanto ruido…

Julio estaba amargado con aquella señora. No permitía que nadie charlase por las escaleras o parasen dentro del portal para no provocar que apareciese la señora gruñona de nuevo.

Cada vez que fui a su casa abría la puerta super rápido y me hacía pasar como si me estuviesen persiguiendo, para que no llegase a pronunciar ni un “hola” en el rellano.

Hace unos meses, estando yo en su casa, llegó su casera para ver no sé qué problema que tenía con una persiana. El piso estaba genial, pero algunas cosas empezaban a necesitar un mantenimiento más frecuente.

Era una mujer no mucho más mayor que nosotros. El piso había sido su casa muchos años, sus padres le habían ayudado a comprarlo cuando se fue de casa porque no querían que se fuera de alquiler. Ahora ya no era funcional para su familia y le daba rabia venderlo por todo el esfuerzo que sus padres habían hecho para ayudarla, así que lo alquilaba a un precio más que razonable, pues no tenía intención de vivir de rentas, y era una casera muy amable y atenta.

Julio le ofreció café y ella, medio avergonzada, lo aceptó. Dijo que venía muerta de frío y aún tenía que hacer un montón de recados antes de ir a casa, así que agradecía tomar algo caliente. Entonces comenzaron a charlar. Ella preguntó si estaba a gusto allí, si había hecho amigos en el barrio, más allá de Margarita, la vecina de abajo. Él, riéndose, le dijo que era lo único que no le gustaba del piso. Ella se puso muy seria al momento.

Hubo unos minutos de conversación extraña, ambos incómodos decían frases inconexas… Ella hablaba de bizcochos y de hacer té, él de notas en la puerta y escobazos al techo…

Yo, que miraba desde fuera como una espectadora, interrumpí sus balbuceos tímidos y les dije que creía que o bien hablaban de señoras diferentes o esa señora había cambiado, pues no es que mi amigo estuviera cansado de tomar té y de recibir biscochos, sino que estaba arto de gritos en la escalera, notas amenazantes y golpes al techo.

Su casera se quedó impactada. Él le dijo que no siempre había sido así, pero que los últimos años era insoportable y que a él, que no soporta el conflicto, le generaba bastante ansiedad, sobre todo cuando tenía visita en casa.

Su casera le pidió un minuto, se fue a la ventana a hablar por teléfono y volvió triste y encogida. Nos contó que ella recordaba  a esa señora con muchísimo cariño, pero que desde que había alquilado el piso no la había visto mucho. En el entierro de su marido la abrazó, pero después se habían cruzado un par de veces de casualidad y poco más.

Había llamado a uno de sus hijos, que era amigo suyo de adolescentes, y le contó que su madre había caído en una terrible depresión tras la muerte de su padre y que poco a poco se le había agriado el carácter. Que necesitaba mucha compañía, pero que a ellos los trataba fatal y no les dejaba ir a verla muy a menudo. Hay que poner perspectiva y saber que no está bien, pero es muy difícil estar en un lugar cuando te están agrediendo verbalmente todo el rato.

Julio se sintió fatal por todas las veces que la había llamado bruja… Y con eso en mente, al día siguiente hizo un bizcocho como le había dicho su casera que ella solía hacer hacía años y bajó a firmar la paz con su vecina. Claramente era una mujer con muchos problemas y quizá no valiera para nada, pero él quería intentarlo. Evocarle un recuerdo bonito, encontrar un punto de inflexión donde ella volviera a ser la mujer entrañable que todos recordaban.

Ella, malencarada, abrió la puerta y le preguntó qué quería. Él le enseñó el bizcocho y le dijo, como si no lo supiera ya, que era el vecino de arriba y que había ese bizcocho para ella, aunque le encantaría compartirlo con ella con una taza de té. Ella pareció derretirse, como si la coraza se volviese esponja, como si toda su dureza y su malestar se fundieran. Sonrió tímidamente y le dijo que él debía de estar ocupado. Él le dijo que no, que tenía la tarde libre y había pensado en intentar conocer un poco más a su vecina y compartir una merienda con ella.

Le habló de su casera y de las historias que ella le había contado. La señora que su casera había descrito empezó a aparecer lentamente, vio cómo pasaba de bruja a abuela entrañable a pasos agigantados. Dice que si no lo estuviese viviendo no se lo creería.

Pasó una agradable velada con su vecina hablando de cuando él era pequeño y ella le contaba cómo eran sus hijos… Al salir de allí llamó a su casera y se lo contó. Dos días después pasó a llevarle unas galletas caseras mientras se iba a trabajar.

Dos semanas más tarde fue ella quien timbró para llevarle un postre que había hecho para sus hijos y para él.

Pasado un tiempo, uno de sus hijos se pasó a saludarlo y le dio las gracias. No sabían cómo había devuelto a su madre a su ser. Ella estaba sola, se sentía abandonada y su manera de sobrevivir había sido aislarse más todavía, pero él había conseguido traer su dulce carácter de vuelta.

Hoy, Julio merienda una vez por semana con la abuelita de abajo y ella sale a saludar siempre que sabe que vamos a verle. Parece otra persona, os lo aseguro. Sus hijos van cada domingo y dos de sus nietos comen con ella los martes para ir a clase por la tarde.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]