Normalmente, cuando usamos el término “cuñado” de forma irónica o bromeando sobre el cuñado de manual, casi siempre nos viene a la mente un hombre de un perfil determinado que todos identificamos de inmediato.
Pero, a veces, también nos cruzamos a lo largo de la vida con personas que reúnen todos los atributos asociados a ese perfil en versión femenina y, mi cuñada, es una de ellas.

Os pongo en contexto:

Yo llevaba un tiempo saliendo con mi chico feliz y plácidamente, y teníamos reuniones familiares normales donde estábamos a gusto, en paz, de chill y sin mayores sobresaltos.

El hermano de mi chico, durante ese tiempo, había tenido varias novias, pero por distintas razones no acababa de cuajar del todo con ninguna hasta que, un día, de pronto, apareció con “la cuñada”.

Se conocieron y congeniaron bastante debido a sus gustos musicales; la cosa se empezó a poner seria y, un día, organizó una cena para presentárnosla.

Ese día supe que las reuniones familiares de chill habían terminado.

A priori, parecía encantadora, pero yo —que llevo un millón de años analizando perfiles por mi profesión— pillé al vuelo que aquello era un antes y después en nuestro ecosistema familiar.

Y es que, aunque superficialmente parece una chica muy segura y echa’ pa’ lante, cuando rascas un poquito te das cuenta de que está llena de complejos e inseguridades que proyecta constantemente sobre los demás. Necesita ser el centro de atención de absolutamente todo y, como buen “cuñado” de manual, sabe de todo y se cree con potestad para rebatir y discutir sobre cualquier cosa porque ella es poseedora de la verdad absoluta y tiene más conocimientos que el mismísimo Einstein… sin haber salido nunca de su ciudad.

A partir de su llegada, las reuniones familiares se convirtieron en el escenario de sus insufribles y soporíferos monólogos.
Una oda a ella misma sin fin.

Sesiones de reafirmación constante en las que necesita que todo el clan la valide una y otra vez como la más lista, la más trabajadora y la más valiente.

Es de esas personas que drenan tu energía escuchando sus batallitas; de esas que, cuando tú quieres explicar algo que te ha pasado, se convierte en misión imposible porque… adivina:
¡a ella le ha pasado antes!

Y para ella es más importante cortarte y explicar lo que le pasó a ella que tener la educación y la empatía de dejarte terminar.

De esas personas que, sin que hayas podido terminar la frase, ya tienen la solución mágica para todo que a nadie nunca jamás se le había ocurrido antes (ironía mode ON).

Es cargante, cansina y monopoliza cualquier conversación con opiniones y comentarios populistas que parecen sacados de un manual de cuñados sin fronteras.

Al final, lo que está sucediendo es que, si estamos toda la familia en la mesa, todos nos quedamos callados soportando sus monólogos, hasta que, en algún momento, Dios nos bendice con una pequeña pausa para coger aire y alguien puede cambiar de tema.

Yo he optado por mantener un perfil bajo y no abrir el pico; me quedo calladita como quien va de oyente a una clase, porque así me evito malgastar energía y me drena menos.
Intento desconectar y disociarme porque, si no, me cabreo con la cantidad de tonterías que suelta por minuto.

Lo peor de todo es que a mi cuñado —al que yo adoro— se le está pegando su cuñadismo y está mutando a mini-yo de “la cuñada”.

Como dice el viejo refrán:

“Dos que duermen en el mismo colchón, se vuelven de la misma condición”.

Por desgracia, muy a mi pesar, en este caso parece que eso es lo que está sucediendo.

Si fuera una mutación positiva porque ella le aportara cosas buenas, me alegraría, pero no es el caso.

Así que, queridas amigas y amigos del foro, si estáis en una situación de cuñadismo extremo como la mía…

¡Sabed que no estáis solos!
Yo os abrazo fuerte y os mando fuerza para sobrellevar las navidades.

Anónimo