La mala fama de las abuelas maternas se remonta a tiempos inmemoriales y es de sobra conocida por todas: cotillas, metomentodo, condescendientes, soberbias, maleducadas… una joya, vamos. Las historias de hijas y nueras que sufren a diario a este tipo de abuelas se cuentan por miles, pero poco se habla de las yayas que se encuentran en el otro extremo de la balanza: esas que se desentienden y se mantienen completamente al margen, hasta llegar al punto de no querer saber nada de sus nietos. Y lo cierto es que mi madre es el ejemplo perfecto para representar a estas últimas, pero no menos ofensivas, abuelas.
Hasta que mi hijo llegó al mundo, siempre traté de comprender a mi madre y justificar su estilo de vida independiente. Se divorció de mi padre cuando yo tenía nueve años. Lejos de ser un trauma, fue un alivio dejar de escuchar sus discusiones y gritos diarios. Desde entonces, mi madre pasó de ser una madre abnegada y entregada al hogar a convertirse en una mujer liberada que salía con sus amigas y casi no paraba en casa. Vaya por delante que me parecía estupendo, se lo merecía. Pero aquella independencia también empezó a afectar a nuestra relación como madre e hija, porque hubo momentos en los que la necesité y no estuvo.
Mi padre, por su parte, se marchó de casa dejándonos el domicilio familiar. Sin embargo, siempre pude contar con él y me dio la atención que mi madre no me daba entonces. Cuando tuve edad suficiente, empecé a trabajar mientras estudiaba y me fui a vivir con unas amigas. He de reconocer que aquella falta de interés de mi madre sembró en mí muchas inseguridades, pero también me dio autosuficiencia y madurez.
Conmigo ya emancipada, mi madre parecía sentirse más tranquila, incluso liberada. Años después, cuadrar calendario con ella para unas vacaciones o una simple cena era una odisea: nunca tenía tiempo, y cuando lo tenía, se mostraba distante. Recuerdo unas vacaciones en las que fui con ilusión a su casa de verano… y en toda la semana sólo fue conmigo a la playa un día. El resto fue como si fuéramos dos desconocidas. Intentaba entenderla, pero sus desplantes me dolían mucho.
Aquel verano conocí a mi chico, pero no se lo presenté hasta dos años después. ¿Para qué? Estaba segura de que no le importaría lo más mínimo. No es que pensara que no me quisiera, pero yo era más un estorbo para su estilo de vida libre. Él, que tiene una relación muy cercana con su madre, no lo entendía. Siempre me decía que algún día me arrepentiría. Y todo cambió cuando me quedé embarazada.
No hace falta decir que, en ese momento, mi suegra fue más madre que mi propia madre: pendiente de mí en todo, acompañándome en citas médicas, preocupada por mi salud y presente en cada etapa del embarazo. Cuando nació mi hijo, el hueco que mi madre nunca ocupó se hizo aún más grande. Por primera vez eché de menos tenerla allí. Pero no lo hizo. Envió flores, hablamos por teléfono… pero estaba de viaje con unos amigos y no quiso cancelar sus vacaciones.
Aquello me dolió, más por mi hijo que por mí. Desde entonces supe que mi madre nunca sería esa abuela entrañable que juega, cuida o está presente. De hecho, mi hijo cumplió un año sin conocer a su yaya. Por suerte, sé que siempre tendrá el amor y la presencia de mi suegra extraordinaria, a la que no podría agradecer lo suficiente todo lo que ha hecho por nosotros.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.