Nunca se me ha dado bien eso de poner límites sin sentir culpabilidad, y es algo en lo que, aún a día de hoy, sigo trabajando. Si alguna de vosotras sufre de este mal —ese de no saber decir que no a las claras, le pese a quien le pese— sabrá de lo que hablo.

Lo cierto es que en esta historia se juntaron el hambre con las ganas de comer: mi falta de determinación a la hora de oponerme a ciertas cosas y la cara dura de mi amiga, que no sabe cuándo está de más. Lola y yo, yo y Lola. Fuimos al mismo colegio y al mismo instituto, pero no fue hasta que un año nos sentamos juntas en clase que nos volvimos inseparables y, desde entonces, donde iba una, iba la otra. Era esa clase de amiga con la que te ves envejeciendo y de la que no puedes prescindir porque no te imaginas una vida sin ella.

Literalmente, Lola siempre estaba ahí. Con el paso de la adolescencia a la madurez, esa amistad incondicional se convirtió en una relación dependiente por su parte. Mientras que yo amplié mi círculo de amistades entre colegas de universidad o compañeros de trabajo, Lola prefería mantenerme a mí como su única y mejor amiga. Cuando quedaba con alguien para salir, ella siempre daba por hecho que estaba incluida en el plan. Nunca me importó, hasta que mi chico apareció en escena… para desgracia de mi amiga.

Cuando les presenté, no me imaginé que se llevaran tan bien, porque eran como la noche y el día, pero me alegré mucho de que así fuera. Sabía que Lola iba a pasar bastante tiempo con nosotros. Lo que no me esperaba es que llevara ese nivel de dependencia a nuevos extremos, provocando discusiones con mi pareja a medida que ella no se daba cuenta de que sobraba la mayoría de las veces. Pero a mí me daba tanto apuro decirle que necesitábamos tiempo a solas, que pospuse la conversación indefinidamente.

En lugar de hablarlo, empezamos a dejar de salir por los sitios de siempre para no encontrarnos con ella y evitar que se nos acoplara. Hasta que un día se enfadó conmigo porque se dio cuenta de que cada vez le ponía más excusas para quedar. Vi la ocasión perfecta para sacar el tema: le pedí perdón por no ser clara desde el principio y le expliqué que necesitaba llevar una vida en pareja al margen de su amistad. Lola se lo tomó como un ataque y, lejos de comprenderme, se alejó de mí.

No supe de ella durante semanas. Mi novio, que es un bendito, me animó a que hablara con ella e hiciera las paces. Y así lo hice. Tras una charla larga le expliqué que no quería que saliera de mi vida, sólo que entendiera que ahora había otra persona en ella. Se disculpó y todo volvió a la normalidad… aunque pronto descubriría que para Lola “normalidad” significaba otra cosa muy distinta.

Mi chico y yo planeamos nuestro primer viaje juntos para celebrar un año de relación. Estaba súper ilusionada, era algo especial. Incluso Lola, contagiada por mi entusiasmo, me ayudó recomendándome sitios preciosos. Todo iba perfecto… hasta el tercer día, cuando mi amiga me llamó para decirme que estaba allí.

Mira que España tiene costa, pero eligió justo el mismo pueblecito de playa que nosotros. Le dije a mi chico que no cundiera el pánico, que igual sólo pasaba el día. Pero al ver el tamaño de su maleta entendí que se quedaba más tiempo. Para colmo, conocía todos nuestros planes porque me había ayudado a organizarlos. Me sentí acosada.

Mi novio estaba que echaba humo. Me dijo que si no hablaba con ella, se volvía a casa. Le prometí hacerlo después de comer, pero la situación en el restaurante fue un horror: Lola se medio emborrachó, nos incomodó a todos y hasta nos recriminó que estuviéramos tan serios.

Cuando nos propuso mojitos en un chiringuito, supe que ya no podía posponerlo más. Le dije que aquel viaje era para los dos, que era algo especial y que queríamos estar solos. Que no entendía cómo se había olvidado de nuestra conversación meses atrás. Ella montó el drama, me acusó de egoísta y me exigió el dinero de su reserva. En ese momento confirmé que mi amiga tenía un problema grave y que lo nuestro nunca había sido sano.

Le respondí que lo sentía, pero que, como siempre, se había auto invitado y que no era mi problema. Lola volvió a su hotel, recogió sus cosas y se marchó sin despedirse.

Fue desagradable, pero hice lo que tenía que haber hecho mucho antes. Aunque me costó disfrutar al 100% del viaje, aproveché cada momento con mi chico. Desde entonces, Lola y yo no nos hemos vuelto a hablar. Para mí, nuestra relación terminó en aquella playa.

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