A veces, la vida, te pone en situaciones rarunas que no sabes muy bien como gestionar y terminan por removerte.
A los 16 años, tuve la suerte de conocer a un chico maravilloso por internet. Eran los 2000, la época de los primeros chats de IRC, el diario de Patricia y los pantalones de tiro bajo.
Resulta que, me acababan de instalar mi primer modem en casa y estaba yo toda ilusionada aprendiendo a chatear y, en una de estas, conocí a un chico majísimo al que llamaremos Hugo.
Hugo, era de las islas canarias y yo, vivía en Barcelona.
Empezamos a chatear y, enseguida, tuvimos buena sintonía. Hablábamos durante horas, nos contábamos todo lo que hacíamos en el día, cómo estábamos, las cosas que nos gustaban, en fin, que entablamos una amistad muy especial y bonita en la que, cada tarde, nos conectábamos a la misma hora y se nos pasaba el tiempo volando hablando de todo.
Poco a poco, nos fuimos cogiendo más cariño y tuvimos la ilusión de que, algún día, quizá podríamos conocernos en persona. En aquel momento, éramos muy jovencitos, los 2 estábamos en el instituto y, lógicamente, no teníamos dinero para comprar billetes de avión.
Los años fueron pasando y seguimos con nuestra amistad y con ese cariño tan especial que nos teníamos. Nos llamábamos por teléfono, nos enviábamos cartas por correo con fotos de las de antes, vamos, se estaba cocinando una historia de amor preciosa a fuego lento.
Hasta que un día, cuando yo ya tenía 19 años, mi padre me dio la gran sorpresa de que nos íbamos a ir 1 semana de vacaciones a Canarias para celebrar las buenas notas que había sacado en la selectividad y que había entrado en la carrera que quería. Yo, no me lo podía creer, por fin iba a poder conocer a Hugo en persona y estaba que me moría de la ilusión.
La primera vez que nos vimos, no os puedo explicar lo emocionante que fue para los dos y, como era de esperar, tal como nos vimos, nos abrazamos, nos besamos y nos morimos de amor. Aquel día, nos hicimos novios y nos prometimos que íbamos a superar la barrera de la distancia porque el amor que nos teníamos era tan grande y hermoso que valía la pena el esfuerzo.
Ahí, empezó una etapa preciosa de mi vida que guardo en mis recuerdos como un tesoro porque fueron unos momentos en los que fui inmensamente feliz. Pasamos un año yendo y viniendo cada vez que lográbamos ahorrar para pagarnos los billetes y cuando estábamos juntos parecía que flotábamos. Nos llamábamos por teléfono cada día, nos enviábamos cartas por correo con regalos, nos dedicábamos canciones en la radio.
Hugo, era tremendamente romántico, cariñoso y detallista, me llenaba siempre de besos, cariño, flores, chocolates, cartas de amor, sorpresas y detalles que me dejaban sin aliento.
Estábamos los dos profundamente enamorados y fue una historia preciosa que tuvimos la gran suerte de vivir.
Lamentablemente, como era de esperar, las cosas, se nos fueron complicando.
Los dos estábamos en la universidad estudiando, y ya, para terminar de complicarlo, a mí, me concedieron una beca en la universidad para irme a estudiar un semestre al extranjero y aquello, fue la gota que colmó nuestro vaso.
Se nos estaba haciendo todo muy cuesta arriba y, pese al gran amor que sentíamos, vivíamos angustiados pensando en cómo íbamos a hacer para ahorrar para poder mudarnos algún día a vivir juntos, dónde íbamos a ir, los años que nos quedaban de carrera, lo muchísimo que nos dolía la distancia, el echarnos tanto de menos, el necesitar un abrazo y no poder dárnoslo y ya, la beca, nos terminó de desbordar y con todo nuestro dolor decidimos romper.
Fue tremendamente doloroso y difícil porque nos queríamos muchísimo, pero éramos muy jóvenes, estábamos sufriendo mucho y no veíamos la luz al final del túnel. Tras la ruptura estuvimos un tiempo sin mantener contacto porque era demasiado doloroso.
Pasaron unos años, los dos habíamos rehecho nuestra vida con otras personas, pero, por cosas del destino, volvimos a retomar el contacto y a hablar de vez en cuando para saber cómo estábamos y que tal nos iba. Tratamos de mantener el contacto porque había sido todo tan bonito que seguíamos sintiendo un cariño el uno por el otro y nos gustaba saber que todo nos iba bien y hablar de vez en cuando.
Así, pasamos muchos años, hablando de vez en cuando y felicitándonos los cumpleaños y las navidades. Hasta que, un buen día, cuando ya teníamos 35 años, dio la casualidad de que, por mi trabajo, yo tenía que viajar a la ciudad en la que él vivía (debido a su trabajo, hacía algunos años que había dejado sus adoradas islas y se mudó a la península).
Se lo dije y se nos ocurrió que podíamos quedar para tomar un café por la tarde al salir de trabajar y así ponernos al día después de tantos años sin vernos.
Fue una idea malísima, pero ninguno de los 2 nos lo imaginamos hasta que nos vimos.
Nada más vernos, fue una sensación rarísima como si el tiempo se hubiera detenido y nos quedamos visiblemente impactados los dos. No sabíamos ni como saludarnos y nos dimos un abrazo beso de lo más raro. Fue totalmente inesperado volver a sentir esos nervios al vernos, pensábamos que ya lo tendríamos superado, pero…
¡ay! ¡El corazón! Tiene caminos que la razón no entiende.
Total, que ahí estábamos los dos, tratando de aparentar normalidad cuando estábamos de lo más raros y nerviosos. Hasta que él, decidió abrir el baúl de los recuerdos y la cosa se nos puso aún más complicada rememorando y avivando la melancolía de los tiempos pasados.
En ese momento, nos dimos cuenta de que lo de ser amigos no iba a ser posible porque había un montón de sentimientos dormidos que con solo vernos se podían despertar y no iba a ser fácil. Aquí hay que tener en cuenta que tuvimos un amor muy grande y que rompimos por la distancia no por falta de amor ni por terceras personas y eso lo hace más difícil.
Yo decidí que aunque me había hecho mucha ilusión verlo de nuevo y saber que estaba bien, iba a ser la última vez que nos viéramos porque era tremendamente raro y doloroso y despertaba cosas en mí que yo creía muertas.
Traté de tomar perspectiva y entender que, la melancolía que me estaba invadiendo era la de mi yo de 20 años recordando a su yo de 20 años, idealizándolo, sin saber en que persona se había convertido realmente ahora y que era mejor cerrar el baúl de los recuerdos y guardar nuestra historia como un tesoro en nuestra memoria y no remover más porque los dos teníamos pareja y éramos felices con nuestra vida.
Así pues, yo, de esa experiencia aprendí, que, a veces, es mejor mantener los recuerdos en el baúl y seguir con nuestras vidas sin quedarnos atrapados en el pasado porque lo único certero que tenemos en esta vida es el presente.

