No tengo conexión alguna con la hermana de mi novio. Ni tenemos nada en común ni me gusta especialmente su actitud, su manera de expresarse o las que cosas que dice. El marido lo empeora. Si con ella no tengo conexión, él, directamente, es que me cae mal. Es irrespetuoso y soberbio, habla como si tuviera la verdad absoluta, mofándose de todo lo que contradiga su manera de pensar, invalidando y ninguneando.

Ya me han hecho pasar malos ratos en alguna que otra reunión familiar, hasta que, después de una de esas, me decidí a tomar cartas en el asunto. Me senté con mi pareja y le dije lo que me pasaba para acordar conjuntamente cómo tenía que ser nuestra relación con las familias políticas. Le pregunté qué esperaba de mí, y yo le expuse lo que esperaba de él. Para mi alegría, los dos partíamos del mismo punto: en este tema concreto, el bienestar personal es prioritario.

Cualquiera de los dos puede estar el tiempo que estime conveniente con su familia, ni más faltaba, e ir a los eventos o a las visitas que quiera. Pero el otro no tiene por qué estar involucrado. No somos un pack, tenemos vidas y preferencias al margen del otro. Si algo que nos causa malestar es evitable, ¿qué necesidad hay de pasarlo?

El mundo y sus opiniones

Después de aquella conversación, no llega ni a dos veces al año que me reúno con todo su núcleo al completo. Nosotros con sus padres sí, y con su sobrina cuando está con la abuela. Pero meter en la ecuación a la hermana y el cuñado ya no.

Lo que pasa es que él no tiene problema alguno con mi familia, por su personalidad, por la de ellos o por lo que sea, entonces sí suele acompañarme a los eventos familiares. Porque le apetece, sin más. Y eso contrasta con algo que ya ha sucedido varias veces, y es que yo esté con amigas o familiares propios y, cuando me preguntan por él, se sorprendan al decirles que está en el cumpleaños de su hermana o una barbacoa con sus tíos.

—¿Y tú por qué no vas?

—Pues porque no me apetecía.

Tenemos muy normalizado que hay que hacer cosas que no nos apetecen o no nos gustan por los demás, aunque eso nos genere malestar. Así que es común que, cuando una pone límites, el resto se sorprenda, no los entienda o los critique. Mi padre me lo dijo a las claras sin que yo le hubiera preguntado siquiera:

—Pues, hija, hay que hacer cosas por una pareja.

Las hago, obviamente. Pero, si en este tema concreto los dos hemos alcanzado un acuerdo y somos felices con ello, ¿qué problema hay? ¿Es mejor ir a esos eventos, estar mal y luego ponerle a tu pareja o a tus amigos la cabeza como un bombo por lo gilipollas que te parecen aquel o la otra?

Los niveles de aguante

  • Normalizar lo de poner estándares para asegurar el futuro de una relación y anticiparse a un posible sufrimiento: hecho.
  • Revisar las actitudes de la pareja que son potencial o directamente tóxicas: hecho.
  • Cortar con alguien sin culpas porque no estás obligada a estar con nadie: hecho.

Queda una conquista importante por hacer:

  • Negociar límites para no tener que hacer continuamente cosas que no te gustan, aunque a tu pareja sí. Aunque suponga estar con su familia.

Cada cual lleva esto como puede, según el punto en el que se encuentre. En mi entorno, por así decirlo, hay niveles de aguante con la familia política:

  1. Relación cordial: cada uno en su casa y, cuanto menos nos veamos, mejor.
  2. Calma tensa: no se aguantan, pero se toleran y conviven más veces de las que quieren por sentir que no les queda otra.
  3. Guerra fría: confabulan y conspiran unos contra otros. Ha podido haber discusiones, pero no ha llegado la sangre al río.
  4. Batalla campal: la mitad ya ni siquiera se hablan entre ellos.

El nivel 2, por ejemplo, es el de mi amiga Cris. Acaba de tener un hijo y su suegra vive a 200 km, pobrecita, así que se presenta cuando puede y como quiere. Encima que la buena mujer no ve al nieto siempre que quiere… Lo peor es que tiene que aguantar que su suegra despierte al niño cuando llega y se lo arranque de los brazos siempre que llora, porque cree que lo puede calmar mejor que su madre. O su marido pone límites o pronto pasarán al nivel 3 o, directamente, al 4.

En resumen, va siendo hora de replantearse algunas relaciones y asumir la importancia de poner límites. Eso y entender que cada pareja es un mundo, tiene sus códigos y el modo en que cada miembro se relacione con la familia política no es ningún indicativo de buena o mala salud de la relación.

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