Manuel llevaba un tiempo con su novia y estaban muy felices, pero cuando empezaron a convivir, su novia se empezó a agobiar con un montón de comportamientos “extraños” que él tenía y la mala o nula gestión de sus emociones.
Resulta que siempre que tienen algún problema o dificultad, empieza a justificarse como si tuviera miedo de que le “riñese”. Nunca hablaba de sus propias emociones cuando estaba triste y solía “sacarle hierro” a todo de forma muy poco respetuosa. Ella veía que su intención era ayudar, pero cuando tienes un problema importante o algo te afecta, lo último que quieres es que le quiten hierro. Ahora que la gente empieza a saber un poco más sobre la importancia de la validación emocional parece prescindible tener que hablarlo.

Pero entonces se empezó a fijar en cómo la madre de Manuel le habla y cómo él, llegando a los 30, se agobia de una manera más propia de un adolescente que de un hombre adulto e independiente. Cuando él le quiso contar a su madre una preocupación ella lo interrumpió y después lo ridiculizó, pues era absurdo (según ella) todo lo que él decía.
Entonces, la novia de Manuel le pidió encarecidamente que acudiese a terapia. Él es consciente de que hace muchas cosas mal, pero no sabía cómo dejar de hacerlo. Nunca le habían dejado expresarse, por lo que él no sabe reaccionar cuando alguien se desahoga con él y, al ponerse nervioso, acaba contando un chiste o algo similar, para salir de la situación.
Tras la primera sesión de terapia, Manuel se fue a su casa más tranquilo. Alguien le había escuchado sin juzgarle y le había dado algunos consejos que le habían hecho sentir que tiene las riendas de su vida y que no es demasiado mayor para cambiar muchas cosas.
Pero esa noche, reflexionando en cama con su novia sobre todo lo que había hablado con la psicóloga, de pronto le vino a la cabeza algo que había pasado en su infancia y que nunca se atrevió a contar a nadie.

Cuando él tenía 7 años, sus padres empezaron a discutir demasiado. Su madre es una mujer con un genio bastante fuerte y su padre no se queda atrás, así que las discusiones no eran pequeñas. Pero una mañana en que él no fue al cole porque tenía placas en la garganta, su madre le dijo que se quería separa de su padre, pero que necesitaba que él le dijese que le parecía bien.
Como cualquier niño de 7 años, le invadió el miedo. Una separación, si las cosas se hacen bien, no tiene por qué ser traumática para un niño, pero si le planteas a él la opción de elegir, la incertidumbre que supone para un niño una decisión así es demasiado. Además de que a esa edad no tienen la madurez para tomar una decisión de ese calibre. La mayoría ni siquiera puede decidir de qué quiere el yogur de postre como para decidir sobre el futuro del matrimonio de sus padres. Él recuerda el miedo, los nervios que pasó y cómo, entre la fiebre por su enfermedad, el dolor de garganta y el terror de lo que su madre le había contado, no pudo dormir en una semana.
Su madre le contó que no soportaba a su padre, que no iban a ser felices jamás… Pero él solo podía llorar y decirle “no por favor”.
Desde aquel momento, tras cada discusión con su padre, la madre de Manuel iba a junto de su hijo a decirle cosas como “¿Ves lo que tengo que aguantar por tu culpa?”.

Estuvo años haciendo esto. Manuel era el responsable de la infelicidad de su madre y ella le tenía un rencor evidente por ello. A medida que fue creciendo se distanció de sus padres y empezó a pasar más tiempo en las casas de sus amigos que en la suya, así que no sabe si discutían más, menos o se ignoraban.
El caso es que un día, siendo ya adulto, su madre llegó con los papeles del divorcio a casa. Tras unos meses ella cambió de actitud y comenzó a contarle a todo el mundo lo feliz que era ahora sin el estúpido de su ex (daba igual que estuviese Manuel delante y ella estuviese hablando de su padre). Ella contaba a todo el mundo que llevaba años queriendo hacerlo, pero que su hijo como era un blando se ponía a llorar cada vez que ella se lo planteaba y había tenido que aguantar; que esos años de amargura se los debía a su “hijito”.
Por primera vez desde su infancia, Manuel se echó a llorar. No sabía cuánto le había dolido aquello hasta entonces.

Lo mejor de todo fue cuando, dos semanas después, fueron juntos (Manuel y su novia) a comer con la madre de éste y la señora empezó con la cantinela. “Yo ahora sí que soy feliz, libre al fin, desde que éste (señalando a su hijo) se fue de casa y me deshice del estúpido del padre, por fin puedo estar feliz. Porque claro, yo ya lo hubiera hecho cuando él era pequeño, pero era un llorica y…”
Pero la novia de Manuel tenía pocos pelos en la lengua y no estaba condicionada por las manipulaciones emocionales de aquella señora como él, así que no la dejó terminar. “Perdona, pero si no te has separado antes es porque no has querido. Un niño de 7 años no tiene por qué cargar con la responsabilidad de una decisión así ni está preparado para eso. Es curioso que ahora, que Manu podría haberte ayudado o aconsejado para hacer las cosas bien con su padre no le has ni preguntado. Ahora sí tendría algún sentido, pero con 7 años un niño solamente siente miedo ante algo así. Si te hubieses querido separar de verdad lo hubieses hecho y le podrías haber explicado a tu hijo pequeño que nada iba a cambiar, que los dos lo ibais a querer igual y que él no tenía la culpa de nada. Lo que pasa es que tú no tenías las narices de tomar esa decisión y cargaste sobre un indefenso niño pequeño la culpa de tu infelicidad. Pero vamos, que por él no fue, porque si lo que quieres decir es que así le evitabas un sufrimiento… ¿no se lo causabas cada vez que lo culpabas de tu pena? ¿Quizá estabas desahogando tu amargura con una criatura? No sé, no me parece justo, la verdad. Y después de escucharte referirte a tu hijo, aún más cuando era un niño, como “llorica”, lo siento mucho pero me parece que mi relación contigo ha llegado hasta aquí. Seré educada y cordial contigo por todo lo que quiero a Manuel, pero por mi parte…” Se levantó y se fue.

Manuel dice que jamás había visto a su madre quedarse callada y menos aún ante una crítica. Más bien solía ser ella la que dejaba callada al resto con sus opiniones e insultos elevando la voz. Pero en esta ocasión solo podía mirar a los lados como buscando una explicación.
Tras un largo silencio, miró a su hijo y le gritó “¡¿Y tú qué?! ¿vas a dejar que me hable así?”. Él le explicó que ella no le había faltado al respeto y que se había dejado llevar por el amor que le tenía a él. Ella le gritó que la tenía que defender, que se lo debía por todo el sufrimiento que ella había soportado por él…
Entonces Manuel se fue tras su novia y, por ahora, no ha vuelto a ver a su madre.
Hace un tiempo hizo un intento de acercamiento con ella, haciéndole entender que le hacía sentir mal, pero jamás le dejaba acabar de hablar, le decía que era un “mariquita” como su padre, siempre diciendo cosas de sentimientos… Así que su terapia ahora se enfoca en la ruptura de su relación con su madre, que tanto daño le hizo siempre y que tanto más estaría dispuesta a hacerle si él le dejase.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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