Mis ejercicios del suelo pélvico me han enseñado a ser la dueña de mi propia vejiga. Pero me parece que aun no he terminado de convertirme en maestra jedi.

Os pongo en contexto. Verano de 2024, en plena ola de calor. Pese a vivir en Reino Unido, también tenemos olas de calor en las que quieres morir. En los últimos años hemos llegado a los 37-38 grados, pero con la diferencia de que este país no está preparado para ello. No hay aire acondicionado en ningún sitio, no hay piscinas, no hay ganas de vivir. (¿Se nota que no soy especialmente fan del calor?).

Me llevé a los peques a pasar el día a un bosque cerca de nuestra casa. Suele ser el plan perfecto para estos días, porque los árboles hacen que la temperatura alrededor sea muy agradable. Tiene todo lo que los peques puedan querer. Un estanque con patos, una búsqueda del tesoro que un vecino amable ha preparado para los peques, poniendo pequeños animales de madera escondidos por los árboles, y un campo en el que otro vecino tiene burros. No hace nada con ellos, solo los tiene ahí, los rescató hace años de no se dónde. Pero como sabe que a los peques les gusta ir a verlos, ha dejado las vallas lo suficientemente accesibles para que los niños puedan verlos, e incluso darles zanahorias para comer. Lo que no tiene, como buen bosque, son baños para poder hacer tus cositas.

Para los críos, me llevo un orinal portátil, o siempre pueden ponerse bajo un seto si quieren. Pero los adultos ya es otra cosa. Como que no queda muy bien ver a un adulto con el culo al aire meando bajo un árbol.

Normalmente vamos al bosque después de comer, y pasamos allí la tarde. Pero esta vez decidimos ir a comer allí también. Y claro, un litro y medio de agua para comer, y casi una sandía más tarde, hicieron que la madre naturaleza llamara a mi puerta. Y fue como si de repente no tuviera mayor control de esfínteres que mis hijos de -en aquel entonces- tres años.

Aunque intentase sacar a los peques del bosque e irnos para casa de inmediato, dudaba mucho que fuera a conseguirlo. Aun les quedaban 3 animales por encontrar según el mapa que los vecinos habían colgado en el Facebook del barrio, por lo que no iban a estar muy dispuestos a irnos ya.

Miré a mi alrededor, buscando una solución. Un árbol, una cueva, un agujero en el suelo, lo que fuera. Pero no. Haber, había muchos, no me malentendáis, seguía siendo un bosque. Pero nada que me diera el más mínimo de privacidad para sacar el culo.

Y entonces lo vi claro. A mi espalda llevaba una mochila llena de pañales por si acaso. El bosque estaba lo suficientemente lleno como para no tener un lugar solitario en el que cambiarle el agua al canario, pero igual si me daba suficiente intimidad para, disimuladamente, meterme un pañal por debajo de las mallas.

Dicho y eso. Saqué dos pañales de la mochila (mas vale prevenir que lamentar), los abrí lo más que pude, me medio escondí entre dos zarzas y (espero que), discretamente, los metí por dentro de las mallas.

Los bichos estos son absorbentes de cojones, ¿no? Ni una gotita se salió de su sitio.

Con el mismo disimulo de al principio, saqué las pruebas del delito de entre mis piernas, las guardé en la mochila, y volví junto a mi familia como si nada hubiera pasado. Por suerte mis peques no se pisparon de nada, aunque mi marido tuvo una risita en la cara por el resto del día.

Andrea M.