Fue un noviazgo polémico desde el primer momento: él no solo era mayor que ella, sino que además superaba en edad a su suegro; y, además, la familia de ella eran personas de fe y él era un ateo irrespetuoso. Peeero… ¡se querían! Y se comprometieron. Y yo, como no soy nadie para juzgar una relación, los apoyé y les presté un paraguas en plena tempestad.
Ella era mi compañera de piso. Estudiábamos carreras diferentes, pero compartíamos el resto de nuestro tiempo. Salíamos de fiesta juntas, viajábamos. Estábamos para lo bueno y para lo malo, por eso cuando se enamoró tan ciegamente de aquel hombre, solo me quedó apoyarla si no quería perderla.
De desconfiada a defensora
Si bien la edad es un número, he de confesar que me chocó un poco que el novio de mi amiga casi la triplicase en años. No fue un hándicap ni nunca se lo mencioné, pero sí que me descuadró. Había tanta experiencia en él y tanta ingenuidad en mi amiga que me hizo desconfiar de sus intenciones en primera instancia. Más tarde, me convenció de que lo que sentía por ella era puro amor. Soy consciente de que él no me debía “convencer” de nada a mí, pero yo me quedé más tranquila al percibir ese “sentimiento incondicional” por ella.

Era mayor que su propio padre y la noticia no sentó tan bien en su ambiente familiar. Mi buena relación con la familia de mi amiga, me empujó a intervenir a favor de ambos y poco a poco, pico-pala, entre los tres conseguimos que fueran aceptando la realidad de mi amiga.
El día de la boda
Mi amiga estaba de los nervios, como cualquier novia el día de su boda. O puede que un poco más. No le di importancia porque cada uno gestiona como buenamente puede sus emociones un día tan trascendental como el de su matrimonio. Tras preguntarle “¿cómo estás?”, “¿te encuentras bien?” y comentarle “si tienes que vomitar, vomita”, la dejé en paz. Entonces fue cuando vomitó, pero no líquidos biliares, sino una sospecha que tenía. Él se había marchado de viaje para despedir la soltería y, según sus investigaciones, no fue con su primo (tal y como había dicho), sino con una mujer.
De esto que te quedas ojiplática y entras en modo negación, creyendo imposible que él -a quien has defendido a capa y espada- fuese capaz de hacer algo así. Ella quería seguir adelante con la boda, así que fuimos a la iglesia con una mosca detrás de la oreja.
Y el novio que no llega. No llega. Los invitados esperando, la novia impaciente en el coche y el novio que no llega, señoras y señores. Mi amiga empieza a hacerse películas de Premio Goya, protagonizadas por un novio a la fuga con su amante.
Pero… llegó
Llegó, llegó, pero quiso entrar por la puerta de atrás. Como mi amiga no tenía el móvil encima, me escribió a mí para decirse que tenía que verse con ella en la sacristía. Excusamos la ausencia de la novia anunciando una -ficticia- rotura del vestido y se encontraron en la sacristía. Allí él confesó que no podía casarse porque ya estaba casado.

Y sí, las sospechas de mi amiga eran ciertas: había viajado con una mujer durante su “despedida de soltero”, aunque la historia se volvía más rocambolesca. Habían viajado juntos para divorciarse. Ambos, empadronados por pereza en la ciudad en la que habían convivido, estaban obligados a mover papeleo presencialmente y viajaron juntos para agilizar el proceso. Premura insuficiente porque el divorcio civil no llegó a tiempo.
Él se disculpó por haberle omitido esa parte de su pasado; dio sus razones y se casaron. El cura -muy majo y resolutivo- propuso seguir adelante con el enlace canónico y ya se apañarían ellos con el apartado civil. A los 15 días, firmaron los papeles civiles y, a día de hoy, tienen dos hijos maravillosos. Pese a todo, fueron felices y comieron perdices.
Anónimo