Resulta que mi marido hacía poco que había cambiado de trabajo y no tenía derecho a vacaciones. Así que me animó a que cogiera a la niña y me fuera con mis padres al pueblo.
Mis padres tienen casa en un pueblecito del sur, a unos 900 km de donde vivimos. La idea era buena por muchos motivos: cambiábamos de aires, allí se vive más tranquilo, hay un montón de sitios nuevos para visitar, la comida es increíble y, además, podía hacer de conductora a mis padres, que ya empiezan a ser mayores y cada vez se les hace más pesado conducir tanta distancia. Y la verdad, allí es necesario coche porque el pueblo es pequeño y no hay muchas cosas.
Llega el día de la partida. No teníamos intención de madrugar, y mi padre aún tenía que ir al banco y a la ferretería a por unas cosas para la casa. Como buena hija que soy, le acompañé. En buena hora.
Al volver hacia el coche, mientras buscaba las llaves en el bolso, me pegué la gran hostia. Todavía no sé con qué me tropecé. Mi padre, que iba delante, se giró y me vio en el suelo. Vinieron dos chicos muy amables a ayudarme: uno me levantó junto a mi padre y el otro me recogió las cosas desperdigadas. Yo intentaba mantener la dignidad y la sonrisa, sobre todo para no preocupar en exceso a mi padre, aunque me había hecho una buena rascada en la rodilla que sangraba bastante.
Después de unos minutos, le dije a mi padre que nos fuéramos, que ya me curaría en casa. Pero al ponerme de pie supe que la rodilla no era lo peor. Me dolía bastante el pie izquierdo, pensé que sería un golpe en el tobillo. Nada que un ibuprofeno no arreglara, pensé.
En casa, mi madre me curó la herida, me dio un ibuprofeno, me puso hielo en el tobillo y, al cabo de un rato, dije que estaba mejor y que podíamos salir. Por suerte, a mi madre se le ocurrió meter en el coche las muletas que tenía de cuando le pusieron la prótesis de rodilla.
Yo llevaba el primer tramo del viaje y el último, y mi padre el del medio. Así que me monté decidida a conducir las primeras cuatro horas. Por suerte, el coche de mi padre es automático y no necesitaba el pie izquierdo para el embrague. Con mi bolsa de hielo en el pie, allá fuimos.
A las cuatro horas paramos a comer y cambiamos de conductor. Dos horas después, otra parada. Mi pie se quejaba, así que con el café me tomé otro antiinflamatorio. Y otra vez al volante.
Casi a la hora de cenar, ya llegando, mi padre propuso parar en un bar que conocía para tomar una tapa. Yo dije que no tenía hambre, que les esperaba en el coche porque la cosa iba mal y me iba a costar llegar. Pero insistió tanto que acabé entrando. Tomamos un par de tapas y luego, por fin, a casa.
Me acosté con la excusa del cansancio. Pasé una noche de perros, el pie hinchado y un dolor insoportable. Por la mañana le dije a mi madre que me llevaran al hospital porque sospechaba que tenía un esguince.
Después de las radiografías, la doctora me enseñó la imagen: fractura clara del quinto metatarsiano. Yeso desde los dedos hasta la rodilla y prohibido apoyar el pie en el suelo. Cuando salí de la consulta, mi madre, mi padre y mi hija pensaban que era una broma. Pero no: me había metido un viaje de 900 km con un pie roto.
Alquilamos una silla de ruedas y seguimos las vacaciones como pudimos. Lo más digno de ver eran las caras de la gente cuando yo llegaba conduciendo, aparcaba, mi padre sacaba la silla del maletero y me la traía hasta la puerta del conductor. Y ahí me veías: bajándome del coche directo a la silla, con mi yeso hasta la rodilla.
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