Solo hay dos cosas de las que nunca se sale, de una parada cardíaca y de los quince años.

Puede darte la sensación de que los has superado, porque ya no te salen granos hasta en la espalda y en los bares te sirven alcohol. Sin embargo, cuando menos te lo esperas vuelven los síntomas de una adolescencia mal curada.

Te enganchas a Élite y te parece hasta coherente que sean más listos que la policía, te descubres siguiendo en Instagram a un chaval de Operación Triunfo que tiene diez años menos que tú (porque tú creces, pero ese programa no) o mintiendo a tu madre sobre la hora a la que has llegado a casa, aunque ya vivas en la tuya propia.

Y si todavía no te has creído que los quince años son crónicos, espera a conocerla. A la persona que de repente te deja unineuronal. Cuando parecía que tu amago de ser adulta estaba saliendo bien, de pronto le ves, con su sonrisa provoca embolias cerebrales y esos ojos que te hacen creer por un momento que la Tierra es plana y se acaba justo detrás de ti. Le ves y lo sabes. El mono de los platillos se ha hecho con el control de tu cerebro. Entonces empiezas a hacer cosas raras. Como mandarle un audio de seis minutos a tu amiga solo para contarle lo guapo que estaba tomándose una cerveza. Hasta la tontería más grande se vuelve un argumento de novela en tu cabeza, en la que siempre aparece con menos ropa de la que lleva puesta.

Metes la pata porque la sutileza no es compatible con los nervios y te pones tan roja que cualquiera pensaría que te han pillado pasando notitas en clase. Cualquiera que no supiera que tienes treinta años llevados de forma un tanto extraña. O no. ¿Es que acaso hay alguien que sepa crecer de forma recta?

El caso es que todas tenemos en algún momento ese amor tonto que nos deja la sensatez bajo mínimos y que nos tiene al borde del ictus cada vez que bajo su nombre aparece un “escribiendo” verde debajo. Lo bonito es que da igual que acabe siendo quien te roba la manta de madrugada o alguien a quien mencionas de paso en una conversación dentro de veinte años. Lo bonito son las risas que te echas con tus quince años incurables. Lo bonito de esos amores inexplicables es que te recuerdan que ilusionarse es algo que nunca se olvida.

 

Amaia Barrena