Siempre había tenido el presentimiento de que, en lo referente a los hombres y su forma de relacionarse con el sexo femenino, el mundo se nos estaba yendo a la mierda. Sin embargo, después de conocer a semejante personaje de ciencia ficción, puedo decir que ya no hay lugar a dudas: y que, a pesar de estar en pleno siglo XXI, aún andan sueltos demasiados cavernícolas recién salidos de la cueva. Esta clase de tíos suele enorgullecerse de ser cómo son y de su odio visceral hacia las mujeres, siempre enmascarado tras el absurdo concepto de «mujeres de alto valor» que tan de moda se encuentra en estos momentos.

Más testimonios en whatsapp, es privado!!

Por desgracia, yo tuve la mala suerte de toparme con uno de estos especímenes hace poco y la experiencia no pudo ser peor. Tantas ganas tenía de perderle de vista que por poco me dejo la nariz en el cristal de la puerta del restaurante.

Llevábamos unas semanas hablando y nada hacía presagiar que aquel tío fuera, en realidad, un machista redomado con aires de superioridad moral. La verdad es que consiguió engañarme a base de bien. Tenía muy buena conversación, me hacía reír, teníamos los mismos gustos en cuanto a música y cine y, en definitiva, parecía un tío bastante interesante. Puede que de haber profundizado más en nuestras charlas online hubiera descubierto, tarde o temprano, de qué pie cojeaba aquel chico. Pero supongo que todos nosotros vivimos acostumbrados a la inmediatez y a la impaciencia en todos los ámbitos de la vida, por eso cuando me propuso quedar un par de semanas después, no me lo pensé.

Mi intuición no suele fallar en cuanto a las vibras y las primeras impresiones que me transmiten los demás. Cuando le vi por primera vez, algo en mí me decía que aquel chico ocultaba algo y que no era oro todo lo que relucía. Sin embargo, hice oídos sordos a aquel radar y decidió dejarme llevar, porque podía estar equivocándome con él. Al principio todo iba la mar de bien, la conversación era fluida, nos lo estábamos pasando bien y me sentía bastante cómoda. Pero todo cambió cuando empezó a criticar a un grupo de chicas que estaban cenando a un par de mesas de distancia.

Noté cómo las miraba con desprecio y cuando le pregunté qué le pasaba con aquellas chicas, me dijo que le daba mucho asco lo guarras que eran algunas mujeres. Me pilló totalmente desprevenida y supongo que interpretó mi silencio como una invitación a continuar. Resulta que para mi acompañante, aquellas chicas iban vestidas como auténticas fulanas porque en el fondo sabían que no valían más que lo que valían sus cuerpos. Me dio una charla sobre cómo las mujeres se vendían mostrando «la mercancía», cómo llamaban la atención de los hombres provocándoles, lo poco que se apreciaban a sí mismas y lo poco que las apreciaba él. Y es que para este fulano, una mujer «de verdad», no iba por ahí sola, de fiesta con sus amigas y mucho menos vestida de aquella manera.

Flipando, me miré de arriba a abajo. Yo también llevaba vestido, escote y un poco de tacón. ¿Yo también era un putón? Me contestó que no, que se veía que yo era una mujer decente, pero que aquellas tías tenían «más kilometraje que la moto de un hippie». No podía procesar toda la porquería misógina y absurda que estaban escuchando mis oídos. Después de decirle que lo que en realidad le pasaba era que odiaba a las mujeres de puro miedo, porque le hacían sentir pequeño debido a su falta de autoestima, le pedí que hiciera el favor de callarse la boca y volver a la cueva, que no volviera a escribirme y que ahí se quedaba. Dejé mi parte de la cuenta para demostrar que como mujer no me hacía ninguna falta que nadie y menos un hombre me invitase y me encaminé a la puerta.

Estaba tan cabreada y tenía tantas ganas de perderle de vista que aceleré el paso sin darme cuenta de que la puerta estaba cerrada y me estampé contra el cristal. Y no, no fue un golpecito tonto, no. Me di tal hostia contra la puerta que reboté y me choqué contra una camarera que pasaba por allí, y le tiré al suelo la bandeja que, por supuesto, iba hasta los topes de jarras de cerveza. Todo el mundo me miraba debatiéndose entre descojonarse o preocuparse por mí y yo, que si antes quería largarme de allí, ahora quería que la tierra me tragase directamente. La camarera me preguntó si estaba bien y cuando me abrió la maldita puerta, vi que del golpe contra el cristal había dejado la marca de mi nariz y mi frente estampada como un sello.

Mi salida no fue lo que se dice digna y segunda cita no iba a haber, pero al menos me quedé bien a gusto poniendo a aquel idiota en su sitio, aunque sabiendo cómo pensaba de las mujeres, seguramente se alegró de la hostia que me di.