Chicas: desconfiad siempre de los chicos buenos. Si alguien presume de serlo, no lo es, y si se queja de que está solo por bueno, si dice que a nosotras es que nos gustan sólo los cabrones, ES UNA ALIMAÑA. Así de clarito. Alguien que es bueno, ni presume de serlo, ni es incapaz de entender que las personas son libres, tienen gustos y el amor y la atracción no pueden ser controlados. A mí me costó un poco aprenderlo, pero como lo aprendí por observación empírica, os aseguro que me quedó clarísimo para siempre.

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Tenía un compañero en el curro. Vamos a reconocer que el pobre animalito no era muy agraciado, era chaparro y encima jorobado, pero esto sería disculpable si no fuera también un faltón y un maleducado. Sus bromas favoritas siempre consistían en humillar a otros, decir que el novio de tal compañera sin duda le ponía una bolsa de papel en la cabeza para intimar, o que tal otro era tan gordo que le convenía usar sujetador porque iba provocando con esas tetas, o que la de más allá se merecía una multa por llevar escote sin tener tetas, que ya una vez le dije que quién le había nombrado juez del aspecto y si se había fijado que a él podían detenerle por CAMELLO sin llevar ni un cigarrillo. Ahí fui cruel y lo sé y, claro, qué mala fui, pero desde entonces, se empezó a dar un puntito en la boca.

Y diréis, ¿qué te aportaba esa persona? Bueno, era el único en el trabajo que leía cómics y podía hablar con él o hasta intercambiarlos. Y además, vamos a reconocer que me daba penita porque salvo otro par de faltones como él, que también le ponían verde en cuanto se daba la vuelta, no tenía amistad con nadie. Como entonces eran los tiempos del Messenger, solíamos hablar por las noches cuando no había trabajo. Allí empezó a decirme que yo era especial, que conmigo se podía hablar de todo, que no era como las demás chicas (¡ALARMA, ALARMA!) y tuve que dejarle claro que le agradecía el interés, pero que yo no sentía lo mismo, que para mí, bastaba con ser amigos.

Claro, cómo no. Es la historia de mi vida. Por bueno, solo. Si es que sólo os gustan los capullos”, dijo. Según él, si en lugar de estar esperándome conectado todas las noches y mandarme avisos, si en lugar de perseguirme hubiera pasado de mí, yo estaría comiendo en su mano y me tendría en el bote. Traté de explicarle que no funcionaba así, que simplemente no me atraía como amante, y si lo prefería, podíamos dejar de hablar. Me aseguró que no volvería a sacar el tema, pero que quería seguir conservando mi amistad. Y no, no volvió a sacar el tema de su interés por mí. El del “chico solito por bueno”, vaya si lo sacó.

Como parte de los cómics que habíamos compartido eran hentai, había una cierta confianza para tratar temas de sexo y alguna vez me pasó o le pasé algún vídeo X que nos hacía gracia, que si un dibujo tal, que si un hentai así o asá… hasta que una vez me mandó un enlace a una página que había descubierto -lo dijo como si fuera algo de la Deep web- que le había encantado, donde chicas japonesas eran forzadas en el metro o autobús por uno o varios desconocidos. Dejando aparte el decidido mal gusto, sus comentarios fueron lo peor.

“Es de verdad, no es una película, ¡es auténtico, mira cómo les pixelan la cara! Dicen que esto lo hacen tíos que han sido rechazados por ellas, lo ponen en foros y les dicen en qué líneas encontrarlas y así van y las follan. Mira cómo les gusta, qué guarras son, les está bien empleado por llevar esos vestiditos y por rechazar a un pobre tío que sólo quería hacerlas felices”. Le pregunté si estaba de coña o qué. “Primero, ¿no te parece un poco raro que ABSOLUTAMENTE NADIE intervenga, que lleven en el transporte público varias cámaras para rodar desde distintos ángulos y sobre todo que ella no grite?” (entonces los móviles todavía eran en blanco y negro). Bueno, pues se enfadó conmigo porque le abrí los ojos, porque le hice un “los Reyes son los padres”. Como lo cuento.

Según él, esos vídeos TENÍAN que ser verdad, ¡eran justicia! ¡Eran lo que las mujeres presumidas se merecían por rechazar a chicos buenos y feos… como él! “¿Lo que me estás diciendo es que yo por ejemplo, merezco que me violen?”. “A ver, si te acaba gustando como a ellas, en realidad no es violar”. Cerré la ventana y le quité de mis contactos. Al día siguiente no quise ni hablar con él, y cuando me abordó en la cafetería le dije que me dejara en paz. Que se había terminado. Todavía me pidió explicaciones. “Si tengo que explicártelo, nunca lo vas a entender, pero anota esto, muñeco: estás solo porque NO ERES BUENO, no te creas otra cosa. Y ojalá sigas solo para siempre”. No me molesté en bajar la voz y enseguida otro par de compañeros se acercaron para evitar el escándalo.

Intentó varias veces volver a hablarme, “explicarse”, dijo. No le dejó, le bloqueó de todas partes. Ahí aprendí que el refranero español es la mar de sabio: DIME DE QUÉ PRESUMES Y TE DIRÉ DE QUÉ CARECES.

Delice