Si es que lo que no me pase a mí… Hasta hace dos días pensaba que esta clase de cosas solo sucedían en las comedias románticas de Hollywood, hasta que conocí a un tío una noche de fiesta y, «sin comerlo ni beberlo, llegué a ser la chuleta del barrio» que se esconde en un canapé.
Más testimonios en whatsapp, es privado!!
Mis amigas y yo llevábamos semanas quejándonos de nuestros respectivos trabajos. Juntas habíamos llegado a la conclusión de que lo que necesitábamos era una noche de chicas para desconectar: una cena, una botella de vino o dos, unas copas y unos bailoteos. Una vez en la discoteca, me puse a bailar hasta que noté que un chico me miraba fijamente. A pesar de que el chico estaba muy bueno, no quise seguirle el rollo porque aquella noche era solo para chicas. Pero soy humana y se me iban los ojos continuamente. El chico se acercó, estuvimos tonteando y terminamos comiéndonos la boca.
Mi mejor amiga me dijo que me fuera con él si me apetecía. Me propuso «salir a tomar el aire» y me sorprendió que, además de meternos mano, me contara cosas de su vida: tenía 37 años, lo había dejado con su novia hacía un par de meses, era profesor de música y vivía cerca de allí. Indirecta captada, amigo.
Llegamos a su casa y nos fuimos directos a su habitación. Yo estaba desnuda, con aquel tío entre mis piernas, tan feliz, cuando de repente paró en seco y se le desencajó la cara. Escuché unas llaves intentando abrir la puerta y una voz femenina pidiéndole que quitase la cadena. El tío me tiró mi ropa y mis zapatos a la cara mientras susurraba: «¡Mi novia, es mi novia, escóndete!». No me lo podía creer.
Menudo pedazo de cabrón, pensé. Ahí nos vierais a los dos, medio en pelotas, con cara de pánico, corriendo de un lado a otro y chocándonos. Al final, levantó una cama que había en otra habitación y me metí en el canapé que estaba medio vacío. Y ahí, entre mantas, bolsas de ropa y juguetes varios, me sentí más patética que nunca. ¿Y si la novia me descubría?
Pasaron lo que me parecieron meses hasta que la chica se metió en la ducha y el cerdo infiel abrió el canapé para sacarme. Creo que no he corrido más en toda mi vida. Cuando llegamos a la puerta y por fin me encontré en libertad, lejos de disculparse, me cerró la puerta en las narices. Y justo entonces me di cuenta de que aún estaba en bragas, porque un canapé no es un lugar espacioso para vestirse. Pude vestirme en las escaleras rezando por no cruzarme con ningún vecino.
Nunca más volví a saber nada del cerdo infiel, ni tampoco pude decirle que era un mentiroso, porque nuestro affair fue tan breve que no nos llegamos ni a intercambiar los números.