Internet incentiva el anonimato. Tras un nombre de usuario y un avatar, nos sentimos invencibles. En este caldo de cultivo privado, las opiniones que nadie pide y los comentarios de odio campan a sus anchas.

Basta con ver los comentarios que recibe cualquier celebrity en cualquier red social. No hace falta buscar a alguien controvertido o que polarice la opinión. La persona más agradable y respetuosa está sujeta al mismo trato en Internet que cualquier otro. 

El anonimato nos vuelve invisibles y peligrosos. Sentimos que legitima nuestras opiniones menos aceptables. Como si fuéramos héroes o supervillanos, nos invita a crear un alter ego con el que todo vale. 

No es raro encontrar trolls que esparcen odio por pura diversión o intereses. Desde criticar a usuarios concretos a organizaciones enteras, siempre hay alguien dispuesto a cagarse en ti y en lo que crees. Los haters se sienten legitimados por la protección de un usuario con muchos números y la imagen de algún personaje edgy como bandera para recrear sus fantasías. 

Basta con dar tu opinión sobre cualquier tema para dar pie a un discurso polarizado en la sección de comentarios. Nuestras conductas también deforman el espacio en la red. Cada vez hay más bots diseñados para imitar determinados discursos o actitudes. Ya sean robots para amplificar ideas políticas radicales y hacer ruido, o robots sexuales para captar incautos pervertidos, navegamos un mar de voces adulteradas.

En un principio, la privacidad en Internet estaba diseñada para protegernos. Cada web que visitamos nos ofrece cookies como aviso. Nuestros datos son utilizados por la mercadotecnia, que registra nuestro perfil de consumidores y lo recompensa con spam. Internet es un espacio hostil para nuestra privacidad, y a veces para nuestra sensibilidad.

 

El concepto de Web 2.0, que incluye a las redes sociales que comparten datos de usuario en Internet, ha revolucionado nuestra forma de navegar por la red. Estamos mucho más conectados pero también somos menos responsables. Entre el uso mercantilizado de nuestros datos por las redes sociales y nuestra falta de precauciones de privacidad, es difícil tener un anonimato real en Internet. Por muchos nombres de usuario, precauciones de privacidad y VPN’s que utilicemos, nuestros proveedores de datos siguen siendo capaces de identificarnos.

A pesar de la poca seguridad que ofrecen los entornos online, nos lanzamos como pollos sin cabeza a publicar, opinar y compartir lo que nos viene en gana. Mucha gente utiliza Internet solamente como una ventana. No publican contenido ni comparten nada, solo consumen la información o contenido que les interesa. Internet es un lugar ideal para el voyeurismo. Varios organismos y entidades de ciberseguridad recomiendan tapar la webcam del ordenador con un adhesivo ante amenazas de hackers que pueden obtener nuestros datos e imágenes sin demasiada complicación.

En un entorno de inseguridad creciente, la responsabilidad personal es una de las pocas medidas de seguridad que nos quedan. Conviene no olvidar que se trata de una red global, y que es muy posible que cosechemos lo mismo que sembramos. 

Tío Vivo