Vivo en un pueblo grande pero envejecido de poco más de 20.000 habitantes. En mi clase siempre fuimos seis, hasta que en 4.º de primaria se unió Eva. Sus cuatro hermanos estaban repartidos en otros cursos; una familia con cinco hijos era algo muy llamativo.

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Eva y yo congeniamos pronto, aunque había cosas que no me cuadraban. No sabía su fecha de cumpleaños ni recordaba si tenía 9 o 10 años. Tanto ella como sus hermanos venían cada día con ropa diferente; era sorprendente que tuviesen tantísima variedad. Eva me decía que su familia tenía mucho dinero y que les daban 50 € de paga a la semana. Hace 20 años aquello era una millonada.

Convencí a mis padres para invitarla a merendar. Ellos, por curiosidad, sacaron la vajilla buena. Eva vino con su madre y sus cuatro hermanos. Cuando nos llamaron a la mesa, apenas pude probar bocado: devoraban la comida como si llevaran años sin hacerlo. Al despedirse, mi madre les dio un táper con lo que sobró y noté un agradecimiento profundo en la mirada de la mujer.

A las pocas semanas, Eva y sus hermanos desaparecieron. No volvieron a clase ni se les vio más por el pueblo. Solo recibía algún SMS suyo en Navidad, hasta que cumplí los 16. Nunca más supe de ella.

Años después, ya independizada, les pregunté a mis padres si se acordaban de ella. Se miraron y me contaron la verdad: la familia de Eva no era rica. Su madre pedía en la puerta de un supermercado y los 50 € no eran una paga, sino la ayuda social por hijo. La ropa venía de Cáritas. En realidad eran nueve hermanos, y la madre le confesó a mis padres que se prostituía para pagar sus adicciones y sobrevivir.

Quise tirar del hilo y descubrí el final de la historia: Servicios Sociales se llevó a los cinco menores a un centro tutelado. Eva y su hermana acabaron siguiendo el camino de su madre, uno de los hermanos está en prisión y de los otros dos se ha perdido el rastro.

Aún hoy me pregunto cómo, en los ojos de una niña, podía parecer que su familia era rica cuando en realidad estaban tocando fondo.