Lo dejé yo. Fue decisión mía. Él estaba roto y yo estaba decidida. No hubo drama de cuernos ni discusiones. Ya no estaba enamorada y no podía seguir fingiendo. Así que, como buena adulta emocionalmente responsable (o eso creía yo en ese momento), le dije que ya no podía más.
Él lloró. Mucho. Yo también, pero diferente. Las lágrimas de él eran de pérdida. Las mías eran de culpa. Porque no había nada malo en la relación. Él era bueno. Buen novio, buena persona, buen todo. Pero yo ya no sentía eso que se supone tenía que sentir. No me emocionaba verle. No tenía ganas de acostarme con él. Y cuando pensaba en nuestro futuro juntos, lo único que sentía era una enorme pereza. Él quería comprarse un piso, casarse, formar una familia, y yo quería viajar y vivir al día.
Así que lo dejé. Con todo el respeto y el cariño que pude. Le dije que merecía a alguien que lo quisiera como él me quería a mí. Alguien que quisiera las mismas cosas y un futuro con él.

Habíamos sido muy felices en esos tres años de relación, pero en lo últimos seis meses yo ya no me sentía bien. Estaba ahogada, haciendo planes de futuro que no quería, con una persona que ya no me hacía sentir mariposas. Y al principio, cuando rompimos, me sentí bien. Aliviada. Libre.
Ma apunté a clases de salsa, me descargué Tinder y empecé a quedar con tíos. Tenía ganas de guarrear, de probar cosas nuevas, de tirarme al que me apeteciera.
Mientras tanto, él desapareció. Literal. No subía nada a redes. Y yo, aunque fui la que terminó la historia, reconozco que me metía en su perfil de vez en cuando. Al principio necesitaba saber que estaba bien porque me sentía muy culpable.
Un amigo que teníamos en común me contó que estaba muy mal, que estaba de baja en el trabajo y que se había vuelto a vivir con sus padres (él vivía solo de alquiler) porque no quería estar solo y porque su madre tenía miedo de que hiciera una locura.
Al enterarme de todo esto me sentí fatal, pero no podía hacer nada. No iba a volver con él por pena, eso sería mucho peor.
Los meses pasaron y yo empecé a salir con alguien. Era un chico que yo conocía de antes, un compañero de la universidad. Y, casualidades de la vida, un buen día nos encontramos con mi ex. Me saludó, miró a mi pareja con mala cara y se fue.

Al día siguiente me escribió por WhatsApp acusándome de haberle puesto los cuernos. Me decía que seguro que ya estaba con ese chico antes de dejarlo con él, y un montón de acusaciones sin fundamente que sé que me las hacía desde el dolor y la rabia que sentía. Yo intenté hacerle entrar en razón, pero fue imposible. Hacía ya tres meses que lo habíamos dejado, para él era poco, pero yo ya estaba preparada para enamorarme de otra persona, y así pasó. Al fin y al cabo, yo había hecho el luto dentro de la relación porque llevaba ya bastante tiempo pensando en dejarlo con él, así que para mí no habían pasado tres meses, eran mucho más.
El problema también fue que yo conocía a mi nuevo novio de antes, éramos amigos y compañeros de clase. Y por alguna extraña razón, mi ex ya se había puesto celoso de este chico cuando estábamos aún juntos. Pero os juro que yo no me había fijado en él hasta que rompí con mi ex.
Discutimos como no lo habíamos hecho nunca, ni en los tres años que estuvimos juntos. Pero creo que gracias a que yo estaba ya con otro, él me superó. Y unos meses más tarde me contaron que había empezado con una chica y estaba muy ilusionado.
Yo, en ese momento, me alegré muchísimo por él y deseaba que le fuera bien, porque se merecía ser feliz.
¿Y qué pasó? Pues que al cabo de 2 años me entero de que se ha prometido y se va a casar. Y yo, que seguía con aquel chico, estaba metida en una relación tóxica de manual.
Mientras mi ex miraba fincas de boda, yo rompía con mi novio tres veces a la semana y volvíamos cuatro.
Mientras mi ex buscaba un chaqué para casarse con su novia, yo me enteraba de que el mío me había puesto los cuernos una noche que salió de fiesta con sus colegas.
Y entonces se casó, y yo viendo las fotos de la boda por Facebook sentí una rabia y una envidia incontrolable. Llamadme loca, perro del hortelano o que queráis, pero me jodía mucho ver como mi ex era feliz con otra chica y yo me había enamorado hasta las trancas de un narcisista y que no era capaz de salir de una relación que me estaba destrozando entera.

Nunca jamás se me pasó por la cabeza volver con él. No era eso, simplemente me daba envidia que a él le hubieran salido las cosas bien y a mí no.
Y luego vino lo peor: él anunció que iban a ser papás y yo yendo a terapia porque no era capaz de superar la ruptura definitiva con el que ahora era mi nuevo ex. Él fue padre de una niña y yo sola y sin capacidad para volver a amar a nadie.
Supongo que esta es la parte que nadie te cuenta cuando decides ser valiente y terminar una relación sana pero sin amor. Que hay días en los que te sientes fuerte, dueña de tu vida. Y otros, como hoy, en los que te preguntas si el problema eras tú. Si fuiste demasiado exigente. Si el amor, al final, no es eso que se siente como en las pelis, sino esa calma que él me ofrecía y yo no supe valorar.
A veces pienso que fue el karma que me castigó por haberle hecho daño a una persona que me amaba y era todo corazón. Pero quedándome a su lado no habríamos sido felices ninguno de los dos. Al menos así él encontró su felicidad.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.