¿No os pasa que hay momentos en la vida que os gustaría recordar para siempre, colocarlos en algún lugar privilegiado de vuestra memoria y disfrutar de ellos a cada rato? Luego están aquellos recuerdos lacerantes que preferiría enterrar y olvidar, que me destrozan el alma solo con verlos caminar de puntillas. Por desgracia, a lo largo de mi relación de pareja terminé cosechando más de estos últimos. Muchos más.
A mis diecisiete años, creía que salir con Fabio era lo mejor que me podía pasar en la vida. Él era mayor que yo, muy mono, seguro de sí mismo, el típico guaperas de barrio con una fila interminable de chicas suspirando a cada paso que daba. Por eso, cuando se fijó en mí y empezó a tirarme la caña, no podía creer que el universo me estuviera haciendo semejante regalo. Siempre me sentí bastante inferior a él y, aunque me esforcé cada segundo por “estar a la altura”, en mi mente nunca lo conseguí. Y ya puestos, en la suya tampoco. Nunca fui suficiente.
Pero esto no fue siempre así, por supuesto. Durante los primeros años me hizo sentir la chica más increíble de este mundo y no dudaba en alabar todo lo que hacía, decía o pensaba. Con él, me sentía más madura, más guapa, más inteligente y más todo de lo que nunca antes nadie me había hecho sentir. Sin embargo, pronto empecé a percatarme de que, aunque a Fabio le gustaba que brillase, no le entusiasmaba que lo hiciera ni demasiado ni en su ausencia. Lejos de ver las señales luminosas que me advertían de que una relación tóxica se avecinaba, yo romanticé su inseguridad y sus celos.
Por aquel entonces yo no lo sabía, pero aquella aparente autosuficiencia y altivez de gallito no eran más que una manera torpe de enmascarar una tremenda falta de autoestima e inseguridad propias de un niñato abusivo. Solo ahora, con el paso de los años, soy consciente de cómo consiguió darle la vuelta a la tortilla y convertirme a mí en la débil de la relación, alimentándose de mí. Como una hiena.
No solo terminé creyendo que valía menos que nada y que le necesitaba hasta para caminar, sino que se aseguró de que yo no tuviera a nadie en mi entorno que pudiera quitarme la venda de los ojos.
Cuando quise darme cuenta, yo misma había sacado de mi vida a mis amigas y había dado la espalda a mi propia familia a fuerza de pasar casi cada hora del día con él. A pesar de que aún vivía con mis padres, me pasaba todo el tiempo en su casa, ya no aparecía por las fiestas o reuniones familiares ni estaba enterada de nada porque solo tenía ojos e interés en él. Me duele el corazón reconocer que, durante aquellos cinco años, apenas pasé un minuto con mis padres, que me perdí un montón de cosas y recuerdos que nadie me va a devolver.
Pero lo que aún, bastantes años después, todavía me sigue martirizando es el hecho de que llegué a dejar tirada a mi madre en el hospital para pasar la noche con él.
No era una operación sin importancia, sino que habían sometido a mi madre a una histerectomía, con todos los efectos secundarios físicos y psicológicos que ello conlleva. Fue mi padre quien se quedó a pasar las primeras noches con ella, después de insistir en que yo me quedase en casa estudiando, ya que por aquel entonces estaba en plena época de exámenes finales de la carrera. Sin embargo, cuando sus días de permiso en el trabajo se acabaron y mi madre tuvo que continuar ingresada a causa de una trombosis, yo me ofrecí a sustituirle. No queríamos que se quedase sola y, aunque a regañadientes, mi padre aceptó.
Como os podréis imaginar, a mi novio no le hizo demasiada gracia que le dejase una noche para cuidar de mi madre enferma. ¡Menudo sacrilegio absurdo! Aquella tarde me fui al hospital con la sensación agridulce en el estómago que él se había encargado de sembrar, como si estuviese haciendo algo malo. Me presenté cargada con mis apuntes, dispuesta a cuidar de ella y aprovechar la noche para estudiar mientras descansaba.
Al poco rato de llegar, después de echarle una mano con la cena, Fabio me llamó. Como era habitual en él, no me impuso sus ideas ni me gritó, sino que las dejó caer de tal forma que dejaba entrever que aquello no le parecía bien y que, si yo seguía en mis trece, mi determinación tendría consecuencias.
Como de costumbre, yo empecé a flaquear, a pesar de ver con mis propios ojos que mi madre necesitaba mi ayuda. Cuando Fabio notó que sus amenazas veladas no surtían el efecto deseado, empezó a decirme que había discutido con sus padres, que me necesitaba más que nunca, que tenía un nivel de ansiedad muy grande. Se puso a llorar. No era la primera vez que jugaba la carta de dar pena, de apelar a mi punto más débil: la empatía.
Me pidió que le dijera a mi tía que fuera al hospital para que yo pudiera irme a su casa a dormir con él, que yo no tenía por qué comerme ese marrón. Y entonces hice algo que me persigue todavía: le dije a mi madre que me tenía que ir.
Se me cae la cara de vergüenza admitir que dejé a mi madre enferma, triste y sola. Me dijo que le parecía bien, que ella estaba atendida y que no me preocupase, pero sé que no era así. Por supuesto, cuando llegué a casa de Fabio, sintiéndome la peor persona del universo, no había ni rastro de ningún ataque de ansiedad. Ni siquiera me preguntó cómo estaba mi madre.
Como no podía con aquel sentimiento de culpabilidad, llamé a mi tía a escondidas. Sí, a escondidas. Le pedí que fuera al hospital en plena noche para quedarse con mi madre porque yo “tenía que estudiar”. Sé que la mujer se mordió la lengua porque sabía de sobra cuál era el verdadero motivo de mi abandono repentino.
Lejos de tratar de enmendar mi error quedándome con ella la noche siguiente o cualquiera de las que tuvo que pasar ingresada, me hice la loca. Mi padre y mi tía se fueron turnando mientras yo pasaba las noches con mi novio. Me daba pavor comenzar una pelea con él.
Cuando, dos años después, tuve el valor de romper con Fabio por otros motivos, me disculpé con mi madre. He perdido la cuenta de las veces que he podido llegar a pedirle perdón y, aunque ella nunca me lo ha recriminado, sé que aquello le dolió mucho.