Recuerdo haberme fijado en él desde el primer momento. Había que estar ciega para no hacerlo: moreno, alto, con barbita, peinado a la perfección, con una sonrisa canalla que hacía que te olvidaras hasta de tu nombre, con una espalda ancha, unos brazos fuertes que se movían muy rápido y muy diligentemente y un culo, señoras… ¡qué culo!. Por respeto a mi marido, me vi obligada a mirar mi plato o el móvil cada vez que aquel camarero estaba por allí, simulando que estaba superconcentrada en la carta. Y es que lo peor no es que se me fueran los ojos detrás de semejante maromo en presencia de mi marido, es que al maromo en cuestión también se le veía el plumero conmigo cuando mi marido no miraba o salía a fumar.

Más testimonios reales en whatsapp

Al principio solo era una especie de juego, de miraditas y sonrisas inocentes que te suben el ego; en ningún momento te planteas que aquel tonteo vaya a pasar a mayores ni mucho menos. Hasta que un día, fuimos unas amigas a celebrar un cumpleaños a ese mismo local, que ya se había convertido en nuestro garito de referencia los fines de semana. Cuando vio que no había marido por ninguna parte, nuestras sonrisas fueron más amplias de lo normal y aquel tonteo semiescondido pasó a ser un tira la caña bastante descarado. Tanto que, al traernos la cuenta, me dejó su número de teléfono escrito.

Aprovechando unos días de Rodríguez, escribí al camarero solo para tantearle, para ver de qué rollo iba. Pero hija, ¿de qué rollo iba a ir? No sé por qué me sorprendió que me dijera tan abiertamente que desde que me había visto por primera vez solo pensaba en desnudarme. Casi me desmayo al leer eso. Sí, fue de ser una cabrona solo el hecho de haberle escrito, pero lo que verdaderamente fue de hija de fruta fue terminar quedando con él en su casa pocos días después del mensajito de marras. ¿En qué estaba pensando? No lo pensé. ¿Pude haber pensado en mi marido? Lo hice, pero sinceramente, y sin enorgullecerme lo más mínimo, pudo más el deseo.

Nos veíamos en su casa cada par de semanas. Él estaba separado de su mujer y no tenía problema, pero yo debía buscar el momento ideal para no levantar sospechas. Y así pasaron seis meses, hasta que empecé a sentir algo por él mucho más allá de la cama y de la cantidad ingente de orgasmos que me proporcionaba aquel dios del sexo. Entre ambos había surgido una verdadera intimidad, una relación sincera con mucha conexión. Fue entonces cuando me dijo que sabía que era imposible, pero que se moría por ser él quien durmiera conmigo todas las noches, que me quería y que se había enamorado de mí.

Después de semejante confesión, tocaba reflexionar. Llevaba más de seis meses siendo infiel a mi marido y era hora de reconocer mis errores y ser sincera con él. Era plenamente consciente de que nuestro matrimonio terminaría ahí mismo si yo confesaba, pero aun así lo hice. Fue una decisión muy dura y la reacción de mi marido no fue agradable, lógicamente. Pasados unos días, cuando ya me encontraba mejor de ánimos como para retomar lo que quiera que tuviera con mi amante, le conté lo sucedido.

Le dije que mi familia no entendía nada, que mi ex familia política me ponía de vuelta y media (con razón), que nuestros amigos en común me habían dado la espalda… pero que todo merecía la pena. Porque al fin podíamos estar juntos. Mi felicidad quedó eclipsada completamente por su cara de póker. Mi amante se puso a sudar, a pedirme que le dijera que lo que había hecho era una broma, que no había dejado a mi marido. Entendí su nerviosismo como una especie de rechazo al compromiso, así que riéndome le aseguré que iríamos poco a poco. Pero entonces él me contestó que no podía estar conmigo como novios porque se había reconciliado con su mujer e iban a intentarlo.

Me quedé sin palabras. Había jodido mi matrimonio desde que consentí hablar con él por WhatsApp y había terminado por dilapidarlo todo rompiendo con mi marido, creyendo que tenía futuro con mi maravilloso amante. Pero resulta que mi maravilloso amante tenía otros planes y estos no me incluían a mí. No os cortéis, todo lo que estáis pensando sobre mí, yo también me lo he dicho a mí misma cientos de veces. Al final, una recoge lo que siembra.

Escrito por Mar Martín, inspirado en un testimonio real.