Llevábamos ocho años juntos. Sé que no es mucho, pero fueron muy intensos. Nos casamos a los dos años de conocernos en una pedida súper especial, romántica y deseadísima. En tres años ya estábamos casados y venía un retoño en camino. Éramos felices y se nos notaba.

Después de nacer nuestro primer hijo todo siguió su cauce. Era uno de esos bebés que, muy acertadamente, llaman “trampa”. Comía, dormía, sonreía, crecía prácticamente solo, sin darnos cuenta. Así que, justo cuando cumplió el primer año, nos lanzamos a la búsqueda del segundo. Y llegó tan rápido que no nos dimos ni cuenta: se llevan dos años justos. 

Pero, claro, “niños trampa” salen pocos. El segundo vino pisando fuerte después de un embarazo malísimo y una cesárea de urgencia. No se agarró al pecho, no paraba de llorar, no dormía más de dos horas seguidas… Nos consolábamos pensando que serían sólo los primeros meses. Era normal, era muy pequeño y nosotros estábamos mal acostumbrados.

Fueron dos años duros. No dormíamos, estábamos de mal humor, discutíamos… Y, obviamente, mi líbido era inexistente. Así que, por las noches, nos turnábamos y cada uno dormía un día en la habitación de los niños para que el otro pudiera descansar. Creo que en esos dos años no nos acostamos juntos más de cuatro veces. Y eso, el cansancio y la falta de cariño por las discusiones, acabaron minándonos.

Al tercer año, cuando ya teníamos un niño de cinco y otro de tres, cambié de trabajo. Me dieron un puesto en un hospital privado en el que trabajaba como terapeuta ocupacional. Me encantaba mi trabajo y era feliz. Mis pacientes eran personas mayores que venían al Centro de Día y no paraban de agradecerme sus avances: me querían, las familias me adoraban y yo me sentía realizada.

Los compañeros eran geniales. Había muy buen rollo y me encantaba pasar tiempo con ellos: desayunábamos juntos y comíamos juntos. Luego, yo me iba corriendo a por los niños, pero algún fin de semana me escapé de las cenas que organizaban.

José era uno de los auxiliares del centro. Siempre estaba contento, sonriendo y siempre te decía algo bonito. Justo lo que no me pasaba con mi marido. Y yo, me dejé querer. Al principio le sonreía cuando me decía algún piropo, luego fui tonteando y nos fuimos acercando: que si abracito por aquí, que si un roce al cruzarnos, una mirada…

En una de esas cenas, al terminar y decidir irnos a tomar algo, muchos se rajaron. Nos quedamos nosotros dos y una compañera más que, viendo el percal, se fue diez minutos después que el resto. Y nos besamos, nos magreamos como adolescentes y terminamos en su coche como si tuviéramos veinte años. No pensé en ningún momento en mi marido porque había dejado de hacerlo mucho antes.

Me fui a casa y mi marido estaba durmiendo en la habitación de los niños. Ese domingo fuimos al parque con ellos, pero yo no paraba de mirar el móvil. Quería, necesitaba que me escribiera. Y lo hizo.

Tuvimos una semana de encuentros en cualquier parte del hospital: la lavandería, el baño, los vestuarios… Era como una peli porno y yo no sabía cómo había logrado resurgir esa líbido que ya daba por perdida.

Estaba tan convencida de que podía volver a ser feliz, que se lo dije a mi marido. Aunque llevábamos tiempo sin rozarnos, él me decía que me quería y que podíamos haber trabajado en nuestra relación antes de que yo decidiera serle infiel. Y tenía razón. Pero, aún así, lo dejé. Quería vivir mi vida: tendríamos la custodia compartida y tiempo para todo.

Con lo que yo no contaba es con que José se acojonase cuando le dije que había dejado a mi marido. Yo sabía que no quería casarse, pero me dejó claro que nuestro rollo era eso: algo que había surgido, pero que no iba más allá: que yo tenía hijos y él no quería cargas. Me dejó sin haber empezado nunca.

Tuve que buscar casa y empezar una nueva vida. Le pedí perdón a mi marido, le dije que podíamos solucionarlo, ir a terapia, lo que fuera. No quiso y no le culpo. Y ahora estoy intentando recoger los restos del naufragio.