Las suegras, esa figura que da tanto de que hablar en esta comunidad. Cómo lectora fiel que soy de WeloverSize, he leído historias de todo tipo sobre suegras malvadas, y hoy os quiero contar la mía.
Nunca imaginé que diría esto, pero el día que mi suegra se ofreció a cuidar de mi hija fue el día que supe que tenía que dejar mi trabajo. Solo os diré que yo adoraba mi trabajo y el dinero nos hacía falta. Pero fui incapaz de dejar a mi pequeña con alguien en quien no confío.
Mi suegra no fue una buena madre. Y no lo digo desde el rencor, lo digo desde la observación y por las cosas que me ha contado mi marido de su infancia. He visto cómo trata a su hijo, cómo lo invalida, cómo lo manipula, cómo le hace sentir culpable por todo. El problema es que él no lo ve. Ama a su madre con locura y cree que es la mujer más buena del mundo.
Así que, cuando se ofreció a quedarse con mi hija para que yo me incorporara al trabajo, a mi pareja le pareció una fantástica idea.

Durante el embarazo, yo notaba cómo se le despertaba ese instinto maternal. De repente, tenía consejos para todo: que si no debía tomar café, que si dormir de lado derecho o izquierdo, que si no debería haber trabajado hasta el octavo mes, que las ecografías hacen daño al bebé… Yo respiraba hondo, sonreía, y le decía que sí a todo. Pero por dentro ya estaba viendo en lo que se iba a convertir, en la típica abuela sabelotodo y cansina.
El momento llegó cuando mi hija tenía dos meses. Como quien no quiere la cosa, preguntó que cuando se me acababa a mí la baja por maternidad y qué íbamos a hacer con la niña. Yo le dije que ya estaba todo solucionado. No le quise dar más detalles porque, como os digo, es la típica de se mete en todo y cuestiona todas tus decisiones.
Pero, como era de esperar, ella insistió. Le conté que ya habíamos buscado escuela infantil. Fue decir eso y se echó las manos a la cabeza.
Que cómo íbamos a llevar a la niña a una guardería tan pequeña, que de ninguna manera, que ella se quedaba con su nieta.

Yo le expliqué que, entre permisos de paternidad y maternidad, vacaciones acumuladas, lactancia y demás, la niña se iba a incorporar al cole con nueve meses y que iba a estar perfectamente cuidada. Que no se preocupara.
El problema vino días después: le debió de comer el tarro a mi marido y fue él quien empezó a decirme que mejor dejáramos a la bebé con su madre. Que mejor con su abuela que con alguien extraño. Que él ya no quería llevarla a la escuela infantil, que no se fiaba.
Al final, todo esto generó una discusión de pareja por algo que ya teníamos hablado, que era llevar a la niña a la escuela infantil.
Entonces fue cuando tomé una drástica decisión. Me pediría una excedencia y me quedaría yo en casa con mi bebé.
Fue una decisión tomada de forma unilateral. No lo consulté con mi marido. Se lo conté cuando ya había presentado los papeles oficiales en mi empresa. Y se lo tomó regular, porque, que yo no trabajara significaría un sueldo menos y tener que apretarnos bastante el cinturón.
Pero al final, lo aceptó. Y le pareció la mejor opción. Y a mí, pues, en principio, me hubiera gustado seguir con el plan establecido de incorporarme al trabajo pero no quería más broncas con mi pareja, y que mi suegra cuidara a la niña no era una opción.
Pero os tengo que reconocer que cuando llegó la fecha en la que yo me iba a tener que volver a mi puesto, sentí un gran alivio al no tener que hacerlo. Muchas de mis amigas que son madres trabajadoras, me habían contado que dejar a su bebé para volver al mundo laboral, fue una de las cosas más difíciles que tuvieron que hacer. Y yo, en parte gracias a mi suegra, no iba a tener que hacerlo de momento.
Por un lado, me apetecía volver a hablar con personas adultas, pero seguir con mi peque las 24 horas del día, disfrutando de ella, eso vale más que cualquier trabajo en el que eres un número más.
Y, como os podéis imaginar, cuando se lo contamos a mi suegra montó un drama porque ella quería quedarse con la niña y le parecía una locura que yo dejara de trabajar. Dijo un montón de sandeces que no estoy dispuesta a reproducir aquí.

No fue una decisión fácil. Dejé un sueldo, una rutina, un equipo de trabajo que me gustaba. Pasé de ser una mujer independiente para depender económicamente de mi pareja, y eso me costó. Me costó mucho.
Pero cada mañana, cuando veía a mi hija dormir tranquila, sin prisas, sin tener que levantarla temprano para dejarla en una clase con otros ocho bebés, entendía que había hecho lo correcto. O peor aún, tener que dejarla con mi suegra…
La madre de mi marido es de esas mujeres que creen que los bebés se malcrían si los coges en brazos demasiado. Que si lloran, hay que dejarlos llorar y aprenden a calmarse solos. Que a los tres meses tienen que dormir solos en su habitación. Que un azote a tiempo no hace daño”. Y no hablemos de la comida porque me puedo quedar aquí hasta mañana contando barbaridades que dice.
Al final, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga. Renuncié a mi trabajo para evitar que mi suegra se involucrara en la educación de mi hija, pero ahora puedo disfrutar de mi pequeña más horas al día.
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