A ver, tampoco es que yo sea un monstruo; mi ex, por el contrario, sí es un hijo de su madre.
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Teníamos una relación de muchos años, comenzamos de muy chicos, hasta que un día —casi una década después— él decidió que ya no creía en la monogamia. Y me enteré por terceros, porque fue incapaz de notificarme él mismo que nuestra relación ya no era exclusiva.
Dejé pasar un par de eventos hasta que se volvió bastante obvio que estaba en la relación yo sola y, con todo el dolor y duelo de salir de una relación de diez años, lo dejé.
Terminar una relación de tanto tiempo implica un montón de logística: repartición de bienes, de amistades y, en nuestro caso, hasta dinero. A lo largo de ese tiempo él había constituido una empresa con su papá. A veces le iba bien, a veces no tanto, y en una de esas malas rachas me pidió dinero prestado para levantar la empresa. Yo, como la novia amorosa que era, le presté de mis ahorros para invertir en su proyecto. Acordamos que me los pagaría cuando a la empresa le fuera bien.
Casi dos años pasaron entre eso y el rompimiento, y a la empresa le iba “normal”. No mal, pero tampoco lo suficientemente bien como para que me pagara el préstamo.
Naturalmente, cuando lo dejamos le pedí el dinero, y me respondió que me lo daría sin problemas. Pero el tiempo pasaba y nada. Cada vez que le escribía me respondía que sí, pero nunca concretaba.
Tras dos meses de este vaivén, le recordé que yo estaba al tanto de que la empresa mediocre que su papá y él habían construido evadía impuestos, y que esa era una de las estrategias que usaban para impedir que se hundiera.
Ahí fue cuando el hombre la perdió. La cordialidad y el respeto que habíamos mantenido hasta el momento desaparecieron. Me dijo que estaba loca, que por eso él me había dejado (yo lo dejé a él, aunque por algo que él hizo, así que entiendo su punto), me enumeró todos mis defectos y hasta me amenazó con denunciarme con no sé qué ley de protección de datos si yo lo “echaba de cabeza”.
Aun así, como soy una persona de buen corazón y trato de evadir conflictos en la medida de lo posible, le di un plazo de tres meses más. Pero al principio me ignoraba, luego me bloqueó de todas partes y, en resumen, no me pagó.
No sé una mierda de la ley de protección de datos, pero reuní toda la información que tenía, hice capturas de pantalla de las veces que conversamos al respecto y le puse una denuncia anónima en Hacienda.
No recuperé mi dinero, pero él ahora tiene una multa que no va a poder terminar de pagar en su miserable vida.
Yo no lo llamo rencor ni mezquindad.
Lo llamo justicia