Personalmente, ya había sufrido acoso callejero innumerables veces y en el trabajo  siempre ha habido algún tío que aprovechándose de esa situación de superioridad cliente empleada para tirarme los trastos descaradamente. Sin embargo, la cosa nunca me había llegado a parecer alarmante ni había pasado a mayores. Hasta que un día, pasó. 

Trabajo en unos grandes almacenes y una mañana, mientras estaba a lo mío, un hombre  un poco extraño me preguntó qué perfume le recomendaba para hacer un regalo, ya que  decía estar un poco perdido. ¿No sería más lógico preguntarle a una chica de dicho  departamento y no a una dependienta que vende bolsos? Igualmente, le recomendé un  perfume, le dije que ese era el que yo solía utilizar y que seguro que iba a tener éxito con  el regalo. Me dio las gracias como mil veces y se marchó.

Días después, volví a verle por el centro comercial. Cada vez que pasaba por mi tienda,  me saludaba y yo le devolvía el saludo por pura educación, sin más. Sin embargo,  empecé a percatarme de que algunas veces se paraba a hacer como que miraba los  bolsos pero en realidad lo que hacía era observarme durante largo rato, sin quitarme los  ojos de encima hasta el punto que me incomodaba sólo verle aparecer. 

Una tarde, volvió a la tienda y me entregó una bolsa, me dijo que era un regalo por  haberle ayudado con el perfume. Yo me negué, le dije que no podía aceptar regalos en mi puesto de trabajo, ya que no me atreví a decirle que no quería nada suyo. Él se molestó  bastante ante mi negativa, así que la dejó en el mostrador y se marchó.

Cuando la abrí  me quedé a cuadros: me había comprado el perfume que le recomendé.

Algo en mí me dijo que aquello no era un simple intento de ligar conmigo, había algo que  me daba mala espina, así que decidí hacer caso a mi intuición y devolver el perfume  aprovechando que se había dejado el ticket en la bolsa. No quería darle ninguna excusa a este hombre para que siguiera viniendo a verme, supuse que a buen entendedor, pocas  palabras bastarían, que entendería al ver la devolución en su cuenta bancaria que no  quería nada con él y que me dejaría en paz. Qué equivocada estaba…

Una semana después le vi detrás de una estantería de bolsos, observándome con una  expresión en su cara que nunca olvidaré, sonriéndome. Se me puso la piel de gallina y sin mediar palabra, corrí a esconderme al almacén. Mis compañeras vinieron para avisarme  de que ya se había ido, pero que me había seguido hasta aquel cuartito, que había estado merodeando por allí esperando a que saliera. Aquella vez decidí avisar a seguridad para  que tuvieran constancia de lo que sucedía.

Al salir del trabajo, me encontré con que me estaba esperando.

Se me paró el corazón,  volví a entrar muerta de miedo y los de seguridad salieron a hablar con él, a pedirle se  marchara porque no querían tener que llamar a la policía. Él se puso furioso, alegando  que no estaba esperando a nadie, que yo estaba loca y que me iba a denunciar.

Al día siguiente, ya no me esperó en la puerta del trabajo, sino en la boca del Metro. Me puse a  llorar de puro miedo, le pedí a un matrimonio si podían ayudarme y el marido se encaró  con él. Finalmente, se marchó y desde aquel día, mi chico y mi padre se alternaron para  llevarme y recogerme del trabajo porque me aterraba volver sola a casa.

Sé que debí denunciarle pero no lo hice hasta que un día, estando en el trabajo, fui al  baño de empleados y al salir del cubículo me lo encontré allí plantado.

Me dijo que era la  mujer más bonita que había visto, que sólo quería conocerme, que no entendía por qué  yo era descortés con él. Cuando hizo el intento de acercarse a mí, me puse a gritar, a  pedir socorro con todas mis fuerzas y por primera vez, él se asustó y salió corriendo de  allí. Por suerte, mis gritos alertaron a una compañera de seguridad que dio el aviso y  antes de que pudiera abandonar el centro comercial, le detuvieron y llamaron a la policía.

Cursé una denuncia y durante unas semanas me ausenté de mi puesto de trabajo porque  la ansiedad y el miedo no me dejaban vivir.

Tuve que volver a verle la cara de loco  durante el juicio y soportar cómo trató de normalizar la situación, alegando que yo le había dado pie a creer que estaba interesada en mantener relaciones con él. Gracias a las  cámaras de seguridad del centro comercial y a los testigos que pude reunir, me  concedieron una orden de alejamiento sin posibilidad de recurrir la sentencia a mi favor.

Me compré un spray de pimienta, fui a terapia, contaba con el apoyo de todos mis  compañeros, jefes y personal de seguridad que velaron por mí en todo momento, pero yo  nunca volví a sentirme segura en mi trabajo. Tan sólo acudí a mi puesto un par de días  cuando tuve que volver a darme de baja por ansiedad. Finalmente, mi jefa me propuso un  cambio de centro para que yo pudiera sentirme más tranquila y acepté. Durante un tiempo sentí que al final, era él quien había ganado la batalla, que a pesar de que yo no había  hecho nada malo, era yo quien tenía que pagar las consecuencias.

Puedo decir sin temor a equivocarme que casi ninguna mujer de mi entorno se libra de  haber sufrido acoso de cualquier tipo en algún momento de sus vidas. Ciertamente, me  parece una realidad desoladora y terrorífica con la que, por desgracia, todas hemos tenido o tendremos que lidiar alguna vez en mayor o menor grado.

Mar Martín.