Sara llevaba un tiempo con la mosca detrás de la oreja. Su novio estaba más cariñoso de lo habitual, en vez de esperarla en casa cuando ella salía de trabajar, iba a su encuentro de camino “para aprovechar más el tiempo juntos”. Hasta aquí todo podría parecer algo incluso bonito, y así lo pensó en un principio, pero estas expresiones de amor espontáneo siempre venían para tapar otras situaciones de difícil explicación.
Por ejemplo, un día ella tuvo que salir de la oficina en horario laboral para hacerle un recado al jefe y pasó por delante del trabajo de su novio, pero él no estaba allí, sin embargo, pasó al lado de su coche a varias calles de allí, en una zona residencial con un ticket de aparcamiento puesto en el cristal. Cuando lo vio le escribió un mensaje “He visto tu coche por casualidad lejos del trabajo, ¿ha pasado algo? Yo estoy yendo a buscar las solicitudes que quería mi jefe al ayuntamiento, creo que voy a perder toda la mañana.” Él se interesó por las colas del ayuntamiento, por el retraso de sus labores a la vuelta en la oficina y en por qué la habían mandado a ella y no a su compañera que tiene mucha menos carga laboral. Por en medio dijo algo de que le había costado mucho aparcar y al verse esa tarde la llenó de halagos y cariños, pero pasados los días lo recordó que en realidad no llegó a decirle dónde estaba si no estaba en su trabajo.

Las conversaciones más simples parecían laberintos imposibles que no llevaban a una conclusión nunca cuando se trataba de los planes de él o de qué había hecho mientras ella no estaba, pero como todo iba acompañado de tanto amor… No sospechaba nada en concreto, pero estaba algo extrañada.
Ellos tenían ambos en su teléfono la aplicación de Just Eat, cada uno con su cuenta personal, pero hacía poco tiempo que ella había activado en la suya la opción de Amazon Prime con envíos gratuitos de Just Eat, así que él cerró su sesión y la abrió de nuevo con el usuario de ella para no pagar el envío.
Una tarde ella le escribió para avisarle de que llegaría tarde. Debía quedarse un par de horas en la oficina con su compañera para terminar unos informes pendientes y habían planeado cenar juntas en el bar de debajo al salir para despejarse un rato. Él le envió mil corazones y deseó que trabajase poco y que disfrutase de su la compañía.
Estando ya en el bar relajada, le saltó una notificación de la aplicación de comida a domicilio. Entre risas le dijo a su compañera que su novio, si ella no iba a cenar, se hacía el vago y pedía a domicilio por no cocinar. Entonces, totalmente en broma y para gastarle más tarde una broma a él sobre esto, entró a ver el pedido. Era un menú para dos personas con dos postres y una botella de vino. Ella, extrañada, le dijo a su compañera que debía de haber quedado con su hermano para cenar, porque era mucha comida y además él no solía beber vino, salvo ocasiones especiales. Pero entonces miró la dirección… No era la de su casa ni la de su hermano, era un número de la calle en la que había visto su coche aparcado semanas antes.

No conocía a nadie que viviese allí, no sabía quién podía ser y, aunque se molestó ligeramente porque él nunca le hablase de sus planes, su compañera empezó a hablarle muy seria y alterada. No entendía cómo no hacía algo, claramente le estaba escondiendo algo grave, pero ella siempre había defendido que la base de una buena relación era la confianza. “Claro que lo es, pero claramente él la está traicionando, si no te hubiese dicho que tampoco cenaría en casa”.
Después de un rato especulando y escuchando las imaginativas teorías de su amiga, sintió una punzada en el estómago y le vino a la cabeza el recuerdo de que una amiga le había contado que la ex de su novio se había tenido que mudar porque su novio actual le había sido infiel. A la vez recordó que su novio siempre le decía que su ex era una loca de la comida italiana y que siempre siempre pedía Tiramisú de postre y le hacía pedirlo a él también aunque no le gustase demasiado.
Tuvo que agacharse para respirar hondo y no marearse cuando se dio cuenta de que el restaurante al que había pedido era un italiano que tenía fama de tener el mejor tiramisú de la ciudad.
Fue a la dirección que marcaba el pedido con la compañía de su amiga. En la calle estaba el coche de su novio. Le escribió un mensaje diciendo que iba camino de casa. Él contestó que había ido a tomar una cerveza con su hermano y que saldría para casa en un rato, pues acababa de llegar. Confirmada la mentira se iba a marchar cuando su amiga (que debía tener espíritu de investigadora) le dijo que esperase. Timbró en un piso aleatorio diciendo que iba a otro piso que no le funcionaba el telefonillo, el vecino abrió y ella entró a mirar los buzones.

El nombre de su ex estaba en el buzón del piso al que iba dirigida la comida que se había envidado desde su cuenta. Contestó al mensaje “No tengas prisa, disfruta”.
Cuando él llegó a casa los armarios estaban vacíos y faltaban la mitad de las cosas. Una nota le esperaba en la nevera “Espero que Sofía y tú hayáis disfrutado del tiramisú, tiene buenas reseñas en Just Eat”.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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