Nunca pensé que mi relación se rompería por culpa de una comedia romántica. Y menos por una que yo misma había intentado ver con él mil veces sin éxito. Porque si algo definía a mi novio era su rechazo absoluto hacia ese tipo de películas. “Son irreales”, decía. “Os lo creéis todo y no existen hombres así”.

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¡Y a mí que me encantan el romanticismo! Soy adicta a Los Bridgerton, a los libros de Elisabet Benavent y siempre lloro a mares con El Diario de Noa.

Pues todo iba genial, hasta que un martes cualquiera, aburrida en el sofá, abrí su usuario de Netflix.

No fue porque sospechara, ni una intuición femenina, ni nada de eso, fue una equivocación. Siempre usábamos mi usuario para ver juntos las series y las pelis que nos gustaban. Él tenía el suyo para sus pelis de guerra y series futuristas que yo no soporto.

Pues ese día, sin querer, me metí en su cuenta. O quizás fue el destino que quería abrirme los ojos, no lo sé.

El caso es que me encontré con: “Seguir viendo: Un cuento perfecto”.

Al principio no le di importancia. De hecho, le di a cambiar de usuario y me fui al mío. Pero mientras buscaba la última temporada de Love Is Blind para verla, me volvió a la cabeza como un flash. La portada de Un cuento Perfecto.

Yo me había leído el libro y cuando estrenaron la película, quise verla con él, pero se negó en rotundo. Así que acabé viéndola sola.

Pensé que sería un error. Que alguien habría entrado en su cuenta. Que igual Netflix recomendaba cosas raras. Pero, cómo no estaba yo muy convencida, me volví a meter en su perfil y vi que la película estaba a la mitad. No era una sugerencia. Alguien le había dado al play.

¿Mi novio? ¿El mismo que se había dormido viendo Titanic conmigo a los diez minutos de empezar la película?

Pero es que ya para rematar empecé a deslizarme por las pantalla y le salían las típicas sugerencias de “Porque has visto…” Pues había visto Crazy Stupid Love y El Diario de Bridget Jones. Algo no cuadraba.

Cerré la aplicación y seguí con mi vida. Pero me quedé entre preocupada y mosqueada. Esa noche, mientras cenábamos, le pregunté:

—Oye, ¿has estado viendo algo en Netflix últimamente?

—Nada especial —me dijo, sin levantar mucho la mirada del plato—. Lo de siempre.

Creo que él ni sospechó, pero a mí se me encendió algo. Una pequeña alarma que me indicaba que algo estaba pasando. Esa misma noche, cuando se durmió, volví a abrir la cuenta. Esta vez con la intención clara de buscar el historial. Hasta tuve que mirar el Google cómo se accedía al historial de una cuenta de Netflix porque no lo había hecho en la vida, y no tenía ni idea.

Pues ahí empezó todo.

Había visto varias películas y alguna serie. Notting Hill. A todos los chicos de los que me enamoré. Mi vida con los chicos Walter. Títulos que yo conocía perfectamente… pero él se había negado a verlos conmigo. Y no solo eso: estaban repartidos en horarios muy concretos. Casi todos en mañanas entre semana. Momentos en los que él, en teoría, estaba teletrabajando y yo estoy en la oficina.

Durante los días siguientes me convertí en detective en mi propia casa. No dije nada. Observé detalles tontos que antes no significaban nada: una manta en el sofá de la sala que antes de irme no estaba, las sábanas de nuestra cama cambiadas sin venir a cuento… Hasta le puso una marca al tarro de mermelada a ver si le faltaba. Así descubrió Shakira que Piqué le estaba siendo infiel, ¿no? ¿Pues por qué no iba a funcionarme a mí?

Él seguía acumulando visionados en su perfil de Netflix: Fuimos Canciones, Ojalá fuera cierto, Cartas a Julieta… Hasta había visto varios episodios de Sexo en Nueva York.

Hasta que una mañana decidí que era el momento de pillarlo. Pedí el día libre en el trabajo, pero él no lo sabía, así que yo me levanté como cada mañana, me duché, desayuné y le dije que me iba a la ofi. Él se quedó en casa en su despacho, como siempre.

Me fui a la cafetería de la esquina y me quedé tomando un café al lado de una venta desde la que se veía mi portal. Vi entrar y salir a varios vecinos, pero mi novio no salió de casa. Como a las 11:30 de la mañana, llamó al telefonillo una chica que no me sonaba de nada.

Pelo rubio recogido en una coleta, estatura media, hasta se parecía a mí, pensé. Le abrieron la puerta y entró al portal.  Algo en mi interior me decía que era ella, así que esperé como una hora, y subí a mi casa.

Abrí la puerta y me los encontré acurrucaditos en el sofá, cubiertos con mi mantita y viendo Love Actually.

Él se levantó de un salto y vino hacia mí como si nada. “¡Hola, amor! ¿Qué haces ya aquí?” me dijo mientras me abrazaba. Yo me revolví y vi cómo ella se estaba poniendo los zapatos y levantando del sofá.

¡Me volví loca! Me puse a gritar, a echarle en cara cada una de las películas que había rechazado ver conmigo y con ella las había visto, le pregunté que cuanto tiempo llevaba engañándome. Y encima tuvo el valor de negarlo todo y de decirme que no habían hecho nada, que era solo una amiga que había venido a verle.

La pelea fue épica, cómo os podéis imaginar. Como no los pillé infraganti, él seguía negando lo obvio. Al final, rompimos y cambié la contraseña del Netflix, porque encima lo pagaba yo. A los pocos días se fue a casa de sus padres.

Si os soy sincera, no sé si me dolió más que me pusiera los cuernos, o que con ellas viera todas esas las películas y series románticas que se había negado a ver conmigo.

 

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