Llevaba 5 años trabajando en la misma empresa. No era el trabajo de mi vida, pero tenía un buen puesto con un buen sueldo y, en general, el ambiente allí estaba bien. Hubiera sido el trabajo perfecto si no fuera por un pequeño detalle: mi jefa.
Más específicamente, mi jefa directa, a la que tenía que reportarle todo y la que gestionaba y coordinaba los diferentes proyectos a los que yo estaba asignada.
Al principio, parecía la jefa perfecta, firme, pero accesible cuando lo necesitaba, preocupada por el bienestar del equipo y por hacer piña, consecuente con el reparto de tareas y responsabilidades, etc. Lo dicho, ninguna queja, todo lo contrario.
Todo cambió, al cabo de un año y medio aproximadamente, cuando los picos de trabajo dejaron de ser excepcionales para convertirse en algo habitual. Los proyectos seguían aumentando y el personal seguía siendo el mismo. Desde ese momento, ella empezó a mostrar, la que yo creo que era su verdadera cara, la de una jefa preocupada solo por las fechas de entrega y la facturación sin preocuparse por el equipo ni por las circunstancias personales de los trabajadores.
Pasó a fiscalizar nuestros movimientos, a contabilizar el tiempo que estábamos en el baño y a echarnos la bronca cuando nos pasábamos, aunque fuera un minuto, de la hora del café. Nos pedía hacer horas extra con la promesa de días libres que luego nunca podíamos disfrutar y, todo esto, con malas formas, casi como si tuviéramos que dar las gracias por seguir trabajando.
Por supuesto, nunca nos agradecía o reconocía por el trabajo bien hecho ya que “ese era nuestro deber”.
Yo estaba muy quemada y trabajar así me había generado tal ansiedad que estaba ya buscando otras opciones para poder marcharme cuanto antes.
Mientras encontraba otra cosa que me encajase, gestionaba en la empresa un proyecto muy importante, con un nivel de exigencia y responsabilidad alto que, además, implicaba viajes, desplazamientos y reuniones a nivel nacional así que, cansada de utilizar mi móvil personal para gestionar todo, solicité un móvil de empresa que me concedieron sin problema.
Cuando me puse a revisarlo para empezar a funcionar con él vi que en el WhatsApp aún seguían las conversaciones de la última persona que lo había utilizado… mi jefa. Todas eran conversaciones de trabajo con proveedores o con socios, así que me puse a borrarlas una a una, echándoles antes un ojo simple y llanamente por curiosidad hasta que llegué a una en la que no se trataban temas de trabajo, precisamente.
Se trataba de un chat con el gerente de una de las empresas socias de nuestro grupo en el que mantenían conversaciones de índole personal y sexual. Hablaban de sus encuentros, de las coartadas que iban a utilizar con sus respectivas familias y de los regalos que se habían hecho o iban a hacerse. También había registro de video llamadas y varias fotos comprometidas.
Me quedé en shock y tuve que bloquear un teléfono durante un rato. Pensé en qué hacer, si borrar todo y hacer como si nada, si reenviar esos mensajes a mis compañeros o comunicárselo a mis superiores para que ellos decidieran ya que se trataba de un teléfono de empresa y las conversaciones se daban también en horario laboral.
Rechacé la idea de borrarlo todo hasta que se me ocurriera algo mejor. También sabía que no podía enviar ese contenido a nadie si no quería meterme en un lío y, aunque reportarlo a mis superiores me parecía la mejor opción, en seguida descubrí que tenía un as bajo la manga y que podía utilizar esa información en mi favor. Al final, decidí lo que, a día de hoy, me parece la opción más inteligente: hablar con mi jefa.
Le pedí tener una reunión con ella indicando que tenía un tema importante que comentarle y, al día siguiente, me recibió en su despacho.
Al principio, tratamos temas del proyecto que yo estaba llevando, así como algunos flecos de otras tareas complementarias y, cuando llegamos al momento en el que ella me preguntó por aquel tema importante que yo le había comentado, simplemente le di el móvil y le dije:
—Creo que sería importante que los dispositivos utilizados se revisaran antes de cedérselos a otros trabajadores, pues pueden contener información comprometida o confidencial que no conviene que se difunda.
Me miró extrañada y justo cuando iba a contestarme de malos modos, fijó su mirada en el móvil dándose cuenta de que era el terminal que ella había utilizado anteriormente y, entonces, lo entendió todo.
Avergonzada, aunque intentando mantener la compostura, sonrió:
—Tienes toda la razón, así se hará a partir de ahora. Procuremos que este despiste quede entre nosotras.
—Claro, sin problema por mi parte –dije mientras salía del despacho.
A partir de ese momento, volvió a comportarse conmigo como al principio de mi andadura en la empresa, aunque no pude disfrutarlo mucho porque, tres meses después de todo el revuelo con el móvil, encontré un trabajo mejor y me fui de allí, pero, aunque solo fuera durante unos meses, mereció la pena la venganza.
Escrito por Angie Rigo basado en un testimonio real
