Héctor y yo nos conocimos en el gimnasio. Yo no era muy fan de las clases de boxeo, pero mi amiga insistió tanto en que lo probase al menos una vez que no tuve más remedio que acompañarla. Y he de reconocer que le cogí el gusto a eso de dar mamporros a un saco y descargar adrenalina sobre la jeta de alguien. El profesor era un chico súper majo que desprendía un buen rollazo contagioso y, además, estaba de toma pan y moja. Tal y como habréis adivinado, el profesor buenorro era Héctor, quien se convirtió en otro de los atractivos de la clase de boxeo y principal motivo por el cual no dejé de ir ni un solo día al gimnasio.

Después de un par de meses de miraditas y sonrisas tontorronas por ambas partes, me propuso quedar para ir al cine y tomar algo aquel fin de semana. Antes de que la película hubiese terminado, ya estábamos liados. Empezamos a salir en serio poco después, aunque me pidió que no dijera nada de lo nuestro en el gimnasio para evitar habladurías y poner en riesgo su puesto de trabajo, ya que tenía prohibido liarse con sus alumnas. Y yo, que siempre he sido bastante crédula, no le di más importancia y, de hecho, lo entendí.

Sentía que estar con Héctor era lo mejor que me había pasado en toda mi vida. A pesar de su aspecto rudo, era un chico súper tierno, cariñoso e increíblemente detallista y atento conmigo. Enseguida se hizo un hueco entre mi familia y mis amigas, que cayeron rendidas a sus pies igual que yo. Por eso ninguna se extrañó cuando les conté que, a pesar de llevar apenas cuatro meses saliendo, estábamos planeando irnos a vivir juntos. Mientras buscábamos el piso ideal con toda la ilusión del mundo, él venía a pasar algunos días y algunas noches a mi casa, en la que se desenvolvía prácticamente como si fuera suya.

Y cuando creía que ya no podía ser más feliz, me enteré de que estaba embarazada. No voy a mentir: cuando lo supe, sentí que me faltaba el aire y el pánico se apoderó de mí. No estaba entre mis planes tener un bebé con un chico al que casi acababa de conocer, pero al ver su reacción supe que era el indicado, que podíamos con eso y con todo lo que se nos pusiera por delante. Héctor lloró de emoción y me dijo que me quería, que quería pasar toda su vida a mi lado. Lo que yo pensaba que era una frase hecha resultó ser totalmente cierto: a las pocas semanas, se presentó con un anillo y me pidió que me casara con él. No sé si fue locura o simple exaltación de la felicidad por las hormonas, pero acepté encantada.

Y en ese maremágnum de alegría, mis jefes me avisaron de que se iban a vivir a Dubái. Llevaba muchos años trabajando para un matrimonio mayor de mucho dinero. Tantos años que me trataban como si fuera una hija. Sin embargo, en aquel momento pensé que me quedaba en la calle, que al enterarse de que estaba embarazada se querían deshacer de mí, pero nada más lejos. No solo me propusieron que me fuera con ellos una temporada, sino que además se ofrecieron a pagarme el mismo sueldo durante un tiempo hasta que encontrase otro empleo en mi ciudad. No iba a encontrar a nadie más que fuera a pagarme por no trabajar, así que pusimos rumbo a Dubái.

Héctor lo entendió; trató de animarme diciéndome que solo serían unos meses y que luego volveríamos a estar juntos, que tendríamos una familia y seríamos felices. Las primeras semanas fueron muy duras, pero mis jefes me trataron como a una princesa y estuvieron muy pendientes de mí. Ya comenzaba a habituarme a mi nueva, exótica y temporal vida en Dubái cuando una mañana, mientras veía vídeos aleatorios en mis redes sociales, me saltó uno que llamó mi atención. Era una pareja bailando con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando terminaban de bailar, se abrazaban y se daban un beso como un par de tortolitos. El corazón se me paró en aquel instante y algo dentro de mí se rompió: ese chico era Héctor.

Sentía que el corazón me latía tan deprisa que me iba a dar un infarto. Me quise morir allí mismo. Y allí, embarazada, sola y a miles de kilómetros de distancia, me puse a cotillear el perfil de aquella chica que besaba a mi novio con toda la confianza del mundo. Fue así como descubrí que no solo vivían juntos desde hacía tres años, sino que tenían un hijo de dos en común. Sigo sin saber si hice lo correcto o no, pero necesitaba hablar con aquella chica y hacerle saber que ella también estaba siendo engañada, que su novio —o su marido— no solo le estaba siendo infiel conmigo, sino que esperaba otro hijo. Supuse que era lo justo.

Para mi sorpresa, ella se puso a la defensiva y me acusó de ser una mentirosa, una arpía cuyo único objetivo era romper una familia. No me lo podía creer. ¿Qué sacaba yo con todo aquello? Harta de llorar estaba cuando Héctor me llamó por teléfono y me dijo algo que terminó por romperme el corazón y dar con toda mi vida al traste. Yo esperaba una explicación o una disculpa por su parte, pero en lugar de eso me preguntó cómo había sido capaz de hacer algo así, de ponerme en contacto con su chica para soltar toda aquella sarta de mentiras, ya que si estaba esperando un bebé sería de otro tío, no suyo.

Y así fue, señoras y señores, como me convertí en madre soltera de la noche a la mañana.

Después de dejarme bien claro que todo habían sido imaginaciones mías y que ese bebé que venía en camino no era suyo ni por asomo, me advirtió que dejase en paz a su familia. Aquel día no solo perdí a mi futuro marido, sino que estuvo a punto de perder a mi hija. Por suerte, todo quedó en un susto y poco después pude regresar a mi ciudad con los míos y retomar mi vida. Tiré a la basura todas las cosas que Héctor se había dejado en mi casa, a pesar de haber negado por activa y por pasiva delante de su chica haber estado conmigo jamás.

A día de hoy no he vuelto a saber nada de él y, aunque legalmente podría, no he solicitado ningún tipo de pensión para mi hija. Mis padres me echan una mano cuando me hace falta y yo tengo que matarme a trabajar para sacar a mi hija adelante, pero no quiero nada de él. Solo quiero que mi hija sienta que nunca, jamás, hemos necesitado nada de su padre.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.