Mis abuelos siempre fueron personas muy abiertas de mente. Muy modernos, con ideas muy actuales para la época en la que se habían criado. Con ellos podíamos hablar de temas que en casa de mis amigas eran tabú. Yo con mi abuela he hablado de chicos y de sexo. Hasta me ha dejado dormir con mi novio cuando íbamos en verano a su casa del pueblo.

Eran personas de origen humilde, todo lo que tenían los habían conseguido ellos con su trabajo y esfuerzo. Nadie les regaló nada. Dejaron el pueblo cuando eran muy jóvenes y formaron su familia en la ciudad, desde cero.

Amaban la vida, salían a bailar, viajaban y nunca les importó el qué dirán. Y yo, creciendo en ese ambiente de libertad, siempre pensé que era muy afortunada. Muchas veces me parecía que eran más abiertos y cercanos que mis padres.

Pero un buen día, descubrí un secreto que ellos habían estado toda la vida guardando.

Tras una larga enfermedad, mi abuelo murió y nos quedamos desolados. Había luchado valientemente contra un cáncer de garganta que le dejó sin hablar los últimos meses de su vida y al final se lo llevó.

Apenas unos meses después del fallecimiento de mi abuelo, mi abuela encontró un manuscrito. Cómo no podía hablar, comenzó a escribir la historia de su vida en un cuaderno. Mi abuela, que por circunstancias de la vida no aprendió a leer, me pidió que le leyera aquellas palabras que el gran amor de su vida había dejado escritas.

En las primeras hojas del cuaderno relataba su infancia. Fue un niño feliz, el pequeño de seis hermanos. Hablada de una gran casa, con varios patios, con habitaciones donde vivía el servicio, y de que nunca le faltó de nada. Esa fue la primera de las sorpresas. Yo siempre había pensado que mis abuelos eran de origen humilde, y gracias al escrito de mi abuelo me entere de que venía de una familia adinerada.

Ante toda esta información, nueva para mí, mi abuela permaneció impasible, parece ser que ella sí conocía los orígenes de mi abuelo.

Cuando llegamos a la parte en la que ellos se conocieron y se enamoraron, mi abuela se emocionó mucho al recordarlo. Mi abuelo decía cosas súper bonitas de mi abuela, se notaba que habían estado muy enamorados.

Entonces llegué a la parte del relato que más me impactó. Mi abuelo contaba que, tras aquellos encuentros sexuales en la cuadra de mi bisabuelo, mi abuela se había quedado embarazada. Ella tenía 16 años y él 17.

Al terminar de leer aquello, sentí que el mundo había cambiado de forma sutil pero definitivo. Mi tío Juan, el mayor de los hijos de mis abuelos, había nacido fuera del matrimonio y cuando ellos aún eran unos críos. Los padres de mi abuelo, al enterarse del embarazo de mi abuela, echaron a su hijo de casa y no quisieron saber nada más de él.

Tuve que dejar de leer. Aquella información era muy fuerte para mí.

—Abuela, ¿por qué nunca nos contaron lo de tío Juan? – Le pregunté con una mezcla de nerviosismo y admiración.

—No es que quisiéramos ocultarlo —dijo ella—, pero tampoco era algo de lo que hablábamos mucho. En esa época tener un hijo fuera del matrimonio era un escándalo. Mi familia también me dio la espalda. Solo teníamos el uno al otro.

La situación fue muy difícil para ellos. Mi abuelo, acostumbrado a una vida sin privaciones, tuvo que buscar trabajo de inmediato y un techo donde resguardarse. Se mudaron a la ciudad donde un tío de mi abuela los acogió durante varios años.

Con el tiempo, lograron estabilizar su situación económica y formar un hogar lleno de amor. Se casaron, por fin, tuvieron más hijos, y años después llegamos los nietos.

Cuando terminé de leer el cuaderno, miré a mi abuela. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero también una sonrisa serena en los labios.

—¡Qué valiente era tu abuelo! —dijo con orgullo.

Y lo era. No solo por haber enfrentado el rechazo de su familia, sino por haber construido una vida llena de amor y dignidad a pesar de todo.

De repente todo tuvo sentido: su actitud liberal, su desdén por los prejuicios, su constante mensaje de que el amor era lo más importante. Habían vivido en carne propia el peso del rechazo, y en lugar de doblegarse, habían decidido estar juntos y ser libres.

Si antes los admiraba por su mentalidad abierta y su espíritu libre, ahora los respetaba aún más por su fortaleza y valentía. Me enseñaron que las personas no somos perfectas y que no hay que hacer siempre lo que el otro espera de nosotros.

Su historia de lucha y de amor inquebrantable es la enseñanza más valiosa que pudieron dejarme.

 

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