Cuando estás bien con tu pareja, lo que menos te esperas es que tu relación se termine de la noches a la mañana por culpa de un vestido. Nosotros estábamos bien, o mejor dicho, muy bien. Llevábamos juntos casi dos años, nos queríamos, no discutíamos demasiado y nos respetábamos. O al menos yo le respetaba a él.

Todo empezó un martes por la mañana. Yo había salido de mi casa para ir al trabajo, pero con la intención de antes pasar por el piso de mi novio. Él vivía solo y yo tenía las llaves de su casa desde casi cuando empezamos.

Fui con la intención de coger una blazer fucsia que me había dejado en su casa y que aquella mañana me pegaba con el modelito que me había puesto. Vivimos bastante cerca así que me pasé por allí.

Él estaba trabajando, la casa estaba vacía. Entré en su habitación, abrí el armario y cogí mi chaqueta. Entonces me di cuenta de que en la parte baja había una bolsa de Zara, parecía nuevecita, recién sacada de la tienda. Lo primero que pensé es que mi chico me había comprado algo. Sabe que adoro Zara.

Cerré la puerta del armario y me dispuse a irme, pero la curiosidad me pudo más. Volví a abrir las puertas del ropero y saqué con cuidado aquella bolsa para cotillear su interior. Dentro había un vestido. Precioso. Fluido. Con un estampado floral pero súper elegante. Y en ese momento pensé que tenía al mejor novio del mundo, que me había comprado un regalo porque sí, sin motivo, y que yo era la peor persona por fastidiarle la sorpresa.

Pero entonces vi la etiqueta. Era una M. Yo soy una talla XL.

Arrojé el vestido dentro de la bolsa, como si de repente me diera alergia la tela. Dejé aquello donde lo encontré y me fui.

De camino al trabajo no paraba de pensar en el puñetero vestido. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que quizás se había equivocado de talla, porque aquella prenda era claramente mi estilo. Pero, ¿y si era para otra?

Mi novio no tenía hermanas, su madre era mayor así que no creo que un vestido tan juvenil le pudiera gustar, además de que ella tampoco entraba en una M… Tenía amigas, sí, pero uno no se gasta tanto dinero en una simple amiga. Y, normalmente, yo le acompañaba a comprar los regalos de sus amigas porque él nunca sabía qué comprar.

Decidí guardar silencio y esperar. Si el obsequio era para mí, no tardaría mucho en dármelo.

Pero pasó una semana y ni rastro del regalo. Así que, ya con la mosca tras la oreja, me volví a plantar en su casa una mañana mientras él estaba en la oficina. Abrí su armario y la bolsa de Zara ya no estaba.

Pensé que quizás se había dado cuenta del error y había ido a cambiarlo por la talla correcta, pero, quizás ya agotada la XL, decidió devolverlo y recuperar su dinero para comprarme otra cosa…

Sí, yo solita me di cuenta de que lo estaba justificando. Algo en mi interior me decía que me la estaba pegando, había algo turbio en todo esto. Y entonces hice una cosa de la que no me siento muy orgullosa: le registré toda la casa buscando pruebas, indicios, algo que me confirmara que allí había estado otra mujer. No encontré nada.

Esa misma tarde, fui a buscarle al trabajo y directamente se lo pregunté. ¿Y sabéis cual fue su reacción? Me lo negó todo, hasta la existencia de algún vestido en su armario. Entonces fue cuando entendí que me estaba engañando con otra. Si el vestido hubiera sido para su madre, para una amiga o para mí, me lo habría contado sin más.

La pelea fue épica. Me dejó de loca, de paranoica, repetía una y otra vez que él no había comprado ningún vestido. Esa misma noche le devolví las llaves de su casa y le dije que no quería verlo nunca más.

Jamás me reconoció haberme sido infiel. Ni si quiera cuando, un par de meses más tarde, vi a su nueva novia en una foto de Instagram luciendo un vestido igualito al que yo descubrí en su armario. Su nueva novia… que resultó ser una compañera de trabajo, de la que yo ya me había puesto celosa alguna vez por el cachondeo que tenían. Le escribí tras ver aquella foto y seguía negando haberme sido infiel con ella, supuestamente lo suyo empezó cuando yo le dejé. Pero vamos, que cortamos a las dos semanas estaba con esta chica…

Al final, ojo de loca no se equivoca.

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.