Hay una pregunta que desaparece bastante rápido cuando te conviertes en madre: «¿Cómo estás?»
En cambio aparece otra, repetida hasta el infinito: «¿Cómo están las niñas?»
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En el parque. En el colegio. En el pediatra. En el supermercado si te encuentras con algún conocido.
Siempre es lo mismo: ¿Cómo están las niñas? ¿Ya duermen mejor? ¿La pequeña sigue con la tos? ¿La mayor se ha adaptado bien al cole?
Y yo contesto porque me encanta hablar de ellas. Porque me importan más que nada. Porque efectivamente su bienestar es lo primero.
Pero hay días en los que, mientras respondo, pienso: Nadie me ha preguntado cómo estoy yo en meses.
En el cole, por ejemplo, nadie sabe mi nombre. Yo sé perfectamente cómo se llaman todos los niños de la clase, pero entre los adultos nos llamamos de otra forma.
“Mamá de Julia” “Mamá de Mateo” “Mamá de las niñas rubias.”
En el pediatra pasa lo mismo. Entras en la consulta, te sientas, explicas síntomas, vacunas, fiebre, sueño. Toda la conversación gira alrededor de la criatura que tienes delante. Nadie espera otra cosa. Y tiene sentido. Estás allí por ellas.
Pero poco a poco pasa algo curioso: tu identidad empieza a difuminarse. Ya no eres la que leía tres libros a la vez, la que improvisaba viajes, la que tenía opiniones muy intensas sobre mil cosas.
Ahora eres la que lleva las mochilas, recuerda las extraescolares, sabe cuándo toca revisión dental y tiene siempre una toallita en el bolso.
La logística humana. La carga mental con piernas. Y lo raro es que todo esto convive con otra sensación bastante incómoda: la culpa.
Porque en cuanto piensas «Me estoy perdiendo a mí misma», aparece inmediatamente otra voz dentro de ti diciendo: «Pero si ellas deberían ser lo más importante»
Y lo son. Mis hijas son lo más importante de mi vida sin ninguna duda. Pero también es verdad otra cosa que cuesta más decir en voz alta: yo me echo de menos.
Echo de menos que alguien me pregunte qué estoy leyendo. Qué me preocupa. Qué me ilusiona. Si estoy cansada, contenta o perdida.
Ser madre te da una identidad nueva, enorme, preciosa y agotadora a partes iguales.
Pero a veces, en medio de todo eso, una también necesita recordar que sigue siendo algo más que “mamá”.
Aunque el resto del mundo parezca haberse olvidado.
MORALEJA
Si tienes madres en tu entorno, esta es tu señal para preguntarles: «Oye tía ¿Qué tal estas?»
