(Relato escrito por una colaboradora basado en la historia REAL de una lectora)
A veces pienso que nunca llegas a conocer a nadie del todo. Así que, si toda una vida no da para calar a una persona, poco puedes saber de alguien a quien apenas conoces de unos meses o pocos años. Pero, cuando el amor anda de por medio, simplemente confías. Aceptas lo que conoces, lo que ves, y aceptas las partes oscuras sin hacerte preguntas. Sin dudar.
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Yo confiaba en él. Me había enamorado de un chico divorciado y con dos hijos, cosa que supe desde el principio, no trató de ocultarlo ni en los inicios. Es más, si no recuerdo mal, me lo dijo en el primer café que nos tomamos juntos. Al que me había invitado después de coincidir varias veces en la cola de la panadería del barrio en el que vivíamos ambos.

A ese café le siguió otro, luego otro más, luego vino una cena… Bueno, lo típico. El tema es que una cosa llevó a la otra, comenzamos a salir y, no sé, de pronto tenía una relación seria y estable con un padre de dos niños a los que no conocía. Extraño, ¿no?
Yo era una soltera sin hijos, pero sé cómo van esas cosas. Y, aunque evitaba sacar demasiado el tema porque la relación con su ex era complicada desde la separación, me dolía por él. Me daba mucha pena que apenas los viera, que nunca se quedaran en su casa.
Vale que no tuviera precisamente una custodia compartida en buenos términos, pero ¿que nunca pasaran el fin de semana con su padre? ¿Qué los viera de Pascuas a Ramos, por unas horas y siempre se tuviera que desplazar él? Tenía que ponerse firme con la madre de sus hijos. Él cumplía con sus obligaciones, pasaba religiosamente la pensión y se preocupaba por los niños. Lo sabía porque, aunque no era un tema que tocáramos todos los días, lo hablábamos de cuando en cuando. Ya que a mí se me llevaban los demonios al pensar en lo triste que debía de ser para él no estar presente en la vida de sus hijos como debería. No le había informado todavía, pero incluso llegué a consultar a una conocida que es abogada lo que pasaba, para saber qué se podía hacer y qué posibilidades había.

Lo cierto es que su inacción me mataba por dentro. No entendía por qué le tenía tanto respeto a su ex en cuanto a ese tema. Por qué aceptaba todas sus obligaciones sin exigir ninguno de sus derechos sobre los niños.
Lo entendí el día que recibí una llamada que me dejó conmocionada: Mi novio estaba detenido. Pero lo peor era el motivo de la detención, pues no solo me tocó asimilar que el chico al que quería podía ir a prisión, sino también que me había engañado durante toda nuestra relación.
Le habían detenido porque llevaba años, AÑOS, sin pasar la pensión a sus hijos. No era que se hubiera retrasado en alguna mensualidad aislada, ni una disputa por quién pagaba las clases de tenis, joder.
Llevaba eludiendo sus responsabilidades desde el mismo momento de la separación, y no por falta de medios.
No llegué a visitarle durante los meses que pasó en la cárcel. Ni le volví a ver más después de aquella primera vez en la que tuvo que decirme en toda mi cara la verdad. Yo no pude perdonarle que me hubiera mentido. Pero es que tampoco podía estar con alguien que jugaba con el pan de sus hijos y que se quedaba a gusto viéndolos un par de horas al mes.
Anónimo
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