Últimamente leo mucho esa frase tan optimista que dice: La pasión en la pareja se trabaja.

Me encanta el concepto, de verdad. Porque aparentemente la pasión es como un proyecto de bricolaje de Ikea: si sigues bien las instrucciones y le dedicas tiempo, todo debería quedar precioso.

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Ahora bien, tengo una duda.

¿Quién es exactamente la persona que tiene que trabajarla?

Lo pregunto porque mi jornada laboral actual ya viene bastante completa.

Trabajo, recojo la casa, pongo lavadoras aunque la colada nunca se acabe. Organizo cumpleaños infantiles que parecen bodas en miniatura.
Recuerdo vacunas, mochilas, excursiones, meriendas, notas del cole, citas médicas y el día en que hay que llevar una piña al colegio para no sé qué proyecto.

Y además crío a dos niñas pequeñas que, aunque maravillosas, tienen la energía de tres huracanes tropicales.

Por si encargarme del 99% de la carga familiar y del hogar más mi jornada laboral fuera poco. Ahora parece que hay un departamento que depende exclusivamente de mí: la pasión.

Porque si haces caso a ciertos consejos de pareja, la cosa va más o menos así.

Hay que sorprender, hay que seducir, hay que crear ambiente, hay que “reactivar la chispa”. ¡Anda ya! ¡A mí no me metes en más marrones!

Lo dicen siempre con palabras muy bonitas. Lo que no dicen es que normalmente esa chispa la tenemos que encender nosotras después de haber fregado la cocina.

A veces me imagino la escena: Son las once de la noche. La casa está por fin en silencio. Yo llevo doce horas en modo logística humana.

Y en ese momento alguien espera que aparezca yo, misteriosa, sugerente, en lencería, con energía erótica suficiente como para protagonizar una escena de película.

¡Señoras, bajemos a la realidad! Lo máximo que puedo ofrecer en ese momento es decir: «Si alguien me trae un vaso de agua, igual no me duermo sentada»

Y aquí viene la parte interesante.

Porque cuando se habla de deseo en pareja casi siempre se enfoca como algo emocional, psicológico, incluso espiritual.

Pero hay un detalle muy poco romántico que se suele olvidar: La falta de reparto en la carga mental y la desigual en la distribución de tareas.

Qué curioso que el deseo florezca mejor cuando una persona no tiene la cabeza ocupada en MIL movidas.

Así que sí, claro que la pasión se trabaja: Pero quizá la moraleja de todo esto es bastante sencilla:

Antes de echarnos más trabajo encima y hacernos trabajar en la «pasión». POR FAVOR, que nos quiten trabajo, que nos hagan la vida más fácil y más equitativa y ya verás, amiga mía, como alguna empieza a volver a ponerse de rodillas.