¡Ansiadas vacaciones, por fin habéis llegado! Después de un año duro, trabajando, los niños en el cole, que el mayor ya tiene deberes y algún examen, llegó la semanita de playa que llevábamos meses planeando.
Tenía el apartamento en Torrevieja alquilado desde hacía tiempo. A un precio desorbitado, como están todos los alquileres vacacionales, pero si lo piensas mucho no vas ni de vacaciones así que lo reservé y a la hora de hacer el pago pensé: “Venga, que para eso trabajo”.
Llegamos el primer día a la playa. Toallas, nevera, cubos, palas, manguitos, chalecos, bocadillos, fruta, agua fría, crema solar de factor cincuenta… Para un rato que íbamos a estar, pero es que con niños tienes que ir preparada para todo.
Nada más llegar, antes incluso de que pudiera pisar la arena, ya estaba detrás de mis hijos.
—Venid, que os pongo crema.
Protestas. Como siempre. Pero al final se dejaron echar la crema.
Los embadurné enteros. Brazos, piernas, espaldas, cuellos, orejas, narices, empeines, párpados… Porque hay partes del cuerpo que antes de ser madre ni sabía que podían quemarse.
—¡Esperaos cinco minutos a que se os chupe la crema! — Que yo me escucho y me hago gracia. Me he convertido en mi madre.
Justo cinco minutos después ya estaban corriendo hacia el agua.

—¡El gorro!
—¡No quiero!
—¡Póntelo!
Y me metí en la orilla del mar que estaban los dos jugando y le puse el gorro al pequeño. El mayor lleva su gorra siempre, no hay problema. Pero el pequeño, que va a cumplir tres años pronto, no quiere nada en la cabeza.
A los dos minutos me vino el mayor con el gorro del pequeño lleno de agua y me dice: “Toma mamá, que se lo ha quitado y lo ha tirado al agua”.
Pensé, bueno vale, no pasa nada, no creo que se queme la cabeza. Pues error.
Durante toda la mañana repetí las mismas frases como si fuera un disco rayado:
«Ponte debajo de la sombrilla». «No estés tanto rato al sol». «Ven, que te vuelvo a poner crema». «Bebe agua, que hace mucho calor».
Los engañé un rato con una bolsa de patatas, conseguí que se sentaran debajo de la sombrilla y aproveché para echarles más crema. En cuanto se zamparon las patatas, otra vez al agua.
Estuvimos en la playa no más de tres horas. Creo que llegamos a las diez de la mañana y antes de la una estábamos de camino al apartamento. Porque yo lo de estar todo el día en la playa como que no, prefiero comer en el piso, que se echen la siesta y por la tarde bajar otra vez.

Bueno pues, mientras se comían unos macarrones con tomate que había dejado ya cocidos antes de irnos a la playa, me fijo en que el pequeño tiene toda la raya del pelo roja, los hombros y parte de los brazos.
¿Pero cómo puede ser, si le eché crema veinte veces? Pues le tenía que haber echado veintiuna.
Y lo de la cabeza es claramente culpa mía por no obligarle a que se dejara el gorro puesto. Me sentí la peor madre del mundo. Se lo tenía que haber puesto con una goma, con chinchetas o cosido al pelo, lo que fuera con tal de que no se lo pudiera quitar.
Se lo comento a mi marido y los hombres, ya sabéis, culpa ninguna. Me suelta “pues ya se pelará, no pasa nada”. A él si que se la pela todo.
Para colmo, me pongo a mirar entre los quince botes que había traído entre champús, geles, cremas, medicinas y todas esas cosas con las que vamos cargadas las madres cuando salimos de casa, aunque sea para un finde. Pues se me había olvidado coger el aftersun.
¡Ala! ¡Mala madre otra vez!
Por la tarde salimos a dar una vuelta por el paseo marítimo y a comprar un bote de aftersun. Pero como en la playa en verano te encuentras a todo el mundo, nos encontramos a una vecina de donde vivimos. Nada más ver al niño ya tuvo que soltar: “¡Uy este niño se ha quemado la cabeza! Dile a mamá que te compre un gorrito”. Y yo “ya tiene uno y no se lo quiere poner”, sonriendo mientras me cagaba en todo por dentro.

Aquella noche, ya en la cama, le puse un poco de aftersun en los brazos, le di un beso y le pregunté si le dolía. Me respondió que no. Cinco minutos después estaba profundamente dormido y feliz.
Al final, mi hijo no iba a recordar aquellos hombros rojos. Iba a recordar que aquel verano hizo un castillo de arena con su padre y su hermano, o que encontró una concha enorme, o lo bien que se lo pasó jugando entre las olas.
La única que iba a conservar el recuerdo de la quemadura era yo. Porque las madres tenemos esa absurda costumbre de borrar todo lo que hicimos bien para quedarnos únicamente con ese pequeño detalle que no salió perfecto.
Parece que hemos aceptado la idea de que una buena maternidad consiste en evitar cualquier mínimo inconveniente. Pero eso no existe.
Los niños se caen. Se hacen heridas en las rodillas. Se llenan de picaduras de mosquito. Pierden las chanclas. Se comen un helado y acaba la camiseta llena de chocolate. Y, a veces, se queman un poco con el sol.
No porque sus madres pasen de ellos. Sino porque son niños y son cosas que pasan.
