LAS MIERDAS, EN EL BAÑO
Esto de las palabrotas siempre me ha parecido fascinante; lo reconozco sin pudor: me encantan. Se me llena la boca cuando suelto una. Siempre he sido muy malhablada, aunque con los años —y eso que llaman madurez— he aprendido a callarlas cuando tocaba, a sustituirlas por eufemismos en los momentos adecuados o a soltarlas a bocajarro cuando la ocasión lo exigía.
Nunca he sido de resistirme a una buena palabrota. Eso sí, no vayáis a pensar que voy repartiendo improperios a diestro y siniestro, porque no es el caso. Pero cuando es el momento adecuado, la suelto. Sin anestesia.
Aprender esto me llevó unos cuantos años. Dicen que se aprende con la experiencia, y de experiencias con palabrotas he tenido unas cuantas. Sobre todo de pequeña, cuando con mi boquita de piñón y mi peinado de paje real era capaz de soltar unos palabros bien gordos. Algo que, en más de una ocasión, requería un manotazo correctivo por parte del adulto responsable de turno: padre, abuela o tía, indistintamente.
Pero hubo un día en que me superé. Y no porque la palabrota fuera especialmente gorda —tampoco nos pasemos—, sino por el contexto en el que se produjo…
¿Cómo se mide el tamaño de una palabrota? Fácil. Cuando mis alumnos vienen corriendo a decirme que algún compañero ha soltado una palabra malsonante, les pregunto:
—¿Grande o pequeña?
Las criaturas son listas. No es lo mismo llamar tonto a alguien que llamarlo HGP, ya me entendéis. Se quedan pensando y luego responden. Si es pequeña, yo digo algo como:
—En nuestra clase no hay nadie tonto, ya se lo puedes decir a Pepito.
Pero si me dicen GRANDE, entonces pregunto:
—¿Tan grande que no le cabía en la boca?
—¡Sí! —responden, muy convencidos.
Ahí ya mando llamar al autor del desaguisado verbal y procedo con el aviso correspondiente, la apelación a la educación y la inevitable defensa de la resolución no violenta de los conflictos.
Volviendo a mis aprendizajes sobre el momento adecuado para soltar una palabrota, hubo uno que me marcó bastante. Aunque, al recordarlo, me doy cuenta de que, además de decir palabrotas, yo era un poco cándida y podría haber resuelto la situación con bastante más picaresca. Pero, como dice una de mis mejores amigas: seré malhablada, pero soy obediente.
Recuerdo una comida en familia: mis padres, mi hermano y yo sentados a la mesa. Mi madre sirvió los platos con algo que, a mí, claramente no me apetecía. Probablemente pescado, porque sigo odiándolo con constancia y me niego a comerlo (no sin la reprimenda de mis hijos, que opinan que “hay que comer de todo”).
Al ver el plato delante de mí, solté con toda la mala leche que me cabía dentro:
—¡Vaya mierda de comida!
Mi padre, que nunca ha tolerado la mala educación y siempre nos educó en la responsabilidad y la disciplina —orden, método y disciplina era su mantra—, se quedó completamente quieto. Dejó lo que estaba haciendo y me lanzó una mirada fulminante. Y casi sin alzar la voz (mucho más peligroso que cuando gritaba), agarró mi plato, me levantó de la silla cogiéndome del brazo y anunció:
—Las mierdas, en el baño.
Así, con calma quirúrgica, con el plato en una mano y mi brazo en la otra, me llevó al aseo de casa, dejó el plato sobre la tapa del váter y añadió:
—Ahora te lo comes.
Y cerró la puerta.
¿Por qué me llevó al aseo y no al cuarto de baño grande? Porque el aseo era diminuto y allí tendría menos distracciones. Sabiendo que yo era una niña bastante dispersa, era muy probable que en el baño grande pudiera pasarme horas, con la comida intacta, entretenida teniendo profundas conversaciones conmigo misma. Así que me dejó allí. Con el plato. Y cerró la puerta.
Como ya he dicho, era bastante obediente. En realidad, muy obediente cuando se trataba de mi padre. Así que me arrodillé en el suelo y me comí aquel plato de comida de mierda sin rechistar. Cuando terminé, salí del aseo con el plato vacío en las manos y se lo enseñé a mi santo progenitor.
—Bien —dijo—. Llévalo a la cocina.
Y yo obedecí.
Con el tiempo, al recordar esta historia, me pregunto: ¿por qué no tiré la comida por el lavabo? ¿Por qué no hice bolitas y las fui transportando a la basura fingiendo que me la había acabado? Supongo que por lo que dice mi mejor amiga: porque soy una tía rara, pero obediente.
Eso sí, nunca más volví a decir que la comida era una mierda… delante de mi padre.
Parvaty
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