Cuando empiezas una relación y todo va bien no paras de buscar la tara. Eso me pasó a mi con, digamos, Alberto. Nos conocimos una noche por unos amigos en común, empezamos a hablar y surgió la chispa. 

Quedamos al día siguiente solos para tomar algo por la tarde y la tarde se convirtió en noche y la noche en mañana. Desde ese día nos volvimos inseparables. Empezamos una relación casi sin darnos cuenta: que si un día me quedo yo en tu casa, que si otro me voy yo a la tuya, que si ya me dejo aquí el bañador para cuando bajemos a la piscina… Y todo fue fluyendo. 

Lo que más me gustaba de Alberto era su seguridad. Era un tío distinto a los que me había ido encontrando por allí: estaba muy seguro de sí mismo, pero no era un engreído. Creía en la igualdad y me lo hacía ver siempre: los dos cocinábamos, los dos limpiábamos y los dos decidimos irnos a vivir juntos a los pocos meses porque era absurdo mantener dos casas a medio gas pudiendo tener una ardiendo.

Y eso fue lo que pasó. Los primeros meses fueron de película romántica americana: cenas organizadas por uno u otro, polvos de infarto en cualquier rincón, noches de arrumacos, mañanas de desenfreno (y viceversa) y días de calma, compras, cine y paseos. Dábamos asco. 

Al año ya desistí: no había tara. Sí, señoras, me había tocado la lotería. El hombre perfecto existía y era el mío. O eso pensé durante un par de meses más…

Yo, que nunca he sido muy de redes sociales, decidí abrirme un Instagram para ver si daba algo de visibilidad a un proyecto literario. Un poco por probar, un poco por ego (no vamos a engañarnos). Le pedí a una de mis mejores amigas, que es fotógrafa, que me hiciera una foto bonita y me lancé al mundo digital. 

No es que tenga muchos seguidores, apenas mis amigos, algunos compañeros de trabajo, familiares y algún despistado que ha creído encontrar en mi perfil su punto. El caso es que mi novio, obviamente, empezó a seguirme. Por su parte, todo eran likes: a mis frases rebuscadas, a mis fotos impostadas y a mis textos metafísicos. Pero también empezó a hacerlo un excompañero de la universidad. No sólo le daba likes a mis fotos, comentaba de manera también bastante barroca lo que yo decía y ambos nos enzarzábamos en comentarios públicos de corte pedante. Y ahí llegó la tarita…

Un día, como si nada, mi novio me sugirió que debería replantearme lo de mi Instagram. No necesitaba una plataforma así para poder lanzarme a la escritura. Me veía mucho potencial. Debería dejar las distracciones y escribir un libro. Y yo, al principio, pensé que era tan maravilloso que me tenía en un altar. ¡Y una mierda!

Obviamente, mi ego y yo, empezamos a escribir un libro, pero no dejé la red social porque me hacía sentir bien, libre y reconocida (aunque fuera por pocos y muy mínimamente). 

Un día publiqué un texto precioso con una foto de mi libro favorito y mi excompañero contestó: “Imposible elegir otra. Creo que tenemos que vernos para comentarla, que hace ya mucho tiempo de nuestra última caña.” Nunca había sentido atracción por este compañero, nunca la he sentido, mejor dicho. Y contesté con una carita sonriente y un “¡Claro!”. Pues esa simple palabra marcó el drama de mi relación. 

Mi novio llegó esa tarde como una fiera. Que de qué iba yo ligando con uno. Que qué me creía, ahí, delante de todo el mundo, diciendo que iba a quedar con un tío. Que qué pintaba él. Os juro que le intenté explicar por activa y pasiva que era un compañero, que no me gustaba en absoluto y que no pasaba nada por tomarte algo con alguien. Se fue dando un portazo. 

Cuando volvió, un par de horas después, me dijo que o cerraba Instagram o me dejaba. Así, sin paños calientes y sin términos medios. Una rabieta de niño. Le dije que no iba a cerrar una red social sólo porque el quisiera, que yo le quería muchísimo y estaba tremendamente enamorada de él, pero que me parecía una actitud infantil y completamente machista. ¡La palabra! Fue decir machista y ya empezar a echar sapos y culebras por su boca: que él no era un machista y que lo que yo era era una fresca. No llegó a decir puta de milagro. Y fue en ese momento en el que nuestras vidas se separaron por una tontería tan absurda. ¿Me arrepiento? No, esa era una bola de nieve que iba a ir creciendo con el tiempo y, cuanto antes encuentres la tara, mejor. 

 

Os preguntaréis por mi Instagram: apenas lo uso ya porque estoy escribiendo mi novela…