Todas tenemos una amiga que es de esas que la lía parda cuando se va de viaje: llena la maleta de “por si acasos”, lleva comida como si nos fuéramos a la guerra, medio botiquín… y si no la tienes, seguramente seas tú.

Yo tengo esa amiga y no, no la quiero menos por ello, además, nos dejó para el recuerdo una anécdota épica.

Vacaciones de verano, temporada alta. En Atocha había más gente que en la feria de Sevilla. Nos íbamos unas cuantas amigas de vacaciones cinco días a la playa, habíamos reservado un apartamento y llegaríamos de noche a nuestro destino. Una persona normal en esas circunstancias podría pensar “Genial, hacemos el check-in, nos ponemos guapas y salimos a cenar. Ya mañana nos encargamos de organizarnos en el piso, hacer compra…” Bueno, mi amiga es un caso aparte. Ella insistía en llevar comida para la cena y ahorrarnos cuatro perras porque cuando llegásemos a aquel pueblecito, según ella, no habría nada abierto para comprar.

La prioridad de todas era viajar lo más ligero posible, pero no, ella se presentó en la estación con una maleta mediana bastante pesada y nos pusimos a hacer cola para pasar el control. Cuando llegó nuestro turno, los de seguridad pidieron a mi amiga que por favor se apartara de la cola y les abriera la maleta, que habían detectado un objeto no permitido en los rayos X.

Nosotras nos quedamos a cuadros, claro, y con más miedo que Pinocho en las hogueras de San Juan, porque íbamos con el tiempo un poco justo y temíamos que lo de nuestra amiga (asumíamos que sería un malentendido) nos hiciera perder el tren.

No sé si será el protocolo o por el tumulto de gente, pero se llevaron a mi amiga aparte, les enseñó el equipaje, le requisaron ALGO que no vimos, y en cuanto quedó zanjado el asunto nos fuimos corriendo a la vía porque nos veíamos quedándonos en tierra. Mi amiga no soltaba prenda y con la de charlas jugosas que surgieron por el camino tampoco nos dio por preguntarle nada más al respecto.

Efectivamente, llegamos bien pasadas las diez de la noche y en cuanto llegamos al apartamento se reanudó el debate “comer fuera vs comer en casa”. Ni corta ni perezosa mi amiga abrió la maleta de marras y sacó:

Un tomate rosa, de esos bien hermosos

Un manojo de zanahorias

Un envase de hummus

UN PEPINO ENORME

Y no sé cuántas cosas más, pero íbamos bien servidas de crudités. Por supuesto, no pudimos callarnos y otra amiga le preguntó qué narices había pasado en el control, a lo que nos contestó:

Es que no me fío nunca de los cuchillos de las casas, porque la gente tiene cuchillos de mierda que no cortan nada, así que había echado uno de esos de cortar pequeños y me lo han quitado.

Ella, previsora.

Más allá de las bromas y de llamarla mari chocho unas 70 veces, nos alegramos de que trajera un poco de picoteo, porque hay que reconocer que la tía está en todo. Es como una especie de Paquita Salas, pero con menos donetes y menos laca.

En cuanto al pepino, nos daba la risa solo verlo porque era de lejos el pepino más gordo que te puedas echar a la cara, parecía un zepelín. Aunque lo mejor aún estaba por llegar. Mientras nos comíamos el picoteo nos contó que en la misma bolsa de la comida y el cuchillo llevaba un mini neceser que echó a última hora. Los de seguridad le hicieron sacarlo todo, claro, y en ese despliegue de hortalizas sacó una caja de paracetamol, tiritas, una bala vibradora y un satisfyer. ¡Menudo bodegón se encontraron! 

El cachondeo máximo llegó cuando pusimos en marcha el karaoke (porque viajamos preparadísimas como veis), con un recopilatorio dosmilero a tope y le hicimos nuestra versión particular de Dos hombres y un destino de David Bustamante y Àlex Casademunt. ç

Sí, la canción oficial del viaje fue “Dos vibradores y un pepino”, pura poesía.

Ele Mandarina