El verano era lo mejor de la vida cuando me levantaba a las 12 h, me ponía a ver Punky Brewster hasta la hora de comer y, tras la digestión de rigor, me llevaba hasta las 23 h en la piscina. Pero, a día de hoy, el verano es una mezcla de nostalgia, flama y sudor que no hay quien aguante.
Dentro de nada, decir en voz alta «Me gusta el verano», pasando los 30 años, se va a considerar delito. Sobre todo con las olas de calor que hemos tenido este año. ¿Sabías que este tiempo reseco hace que el monte sea altamente inflamable? ¿Y que los incendios forestales se esperan cada vez más frecuentes, agresivos y largos? Vamos que, si amas el verano, pronto tendrás tu estío eterno y podrás vivirlo en un secarral carbonizado. Qué idílico. Saluda a Satán de mi parte.
Este verano he tenido en mi entorno tres casos de golpes de calor, dos de ellos con activación del protocolo de ictus inclusive. El calor extremo no es bueno para la salud y desearlo es como desear que caiga un meteorito, pero generando mucho más sufrimiento. Ya hay que ser sádica, hija. El calor extremo bate récords cada año, así que el verano debería provocar más miedo que ilusión.
Cuando no es extremo, es calor suficiente como para hacerte sudar, y ahí también tenemos problemas serios. Yo últimamente he desarrollado una nueva «dolencia» consistente en que se me pongan las ingles en carne viva al andar una distancia tan corta como la que separa el salón de la cocina, no más. Sudo, se genera más fricción y escozor y las costuras de las bragas me matan. Tanto que me he pasado medio verano buscando bragas con un tejido y/o una confección que no me deje el chocho pa tirarlo.

«No es para tanto, ni que hubieras tenido que ir a urgencias», pensaréis. Pues no me mandaron a urgencias las bragas asesinas, pero sí otra de las «reinas» del verano: una avispa. Tan tranquila que salí yo a limpiar mi terraza, sin meterme con nadie, pero resultó que sí me metí. En concreto, en la trayectoria de una avispa que se estaba haciendo su casa en mi buzón, junto a otras tantas amigachas suyas. Ni sirvió el vinagre ni las pomadas que tengo por casa, me tuve que ir a urgencias al día siguiente con el gemelo inflamado y quemando como un volcán, más rojo que el monte en verano y duro como la piedra de un río seco.
Ni siquiera esto es lo peor. Lo peor es no poder ir al supermercado de tu pueblo a ninguna hora, porque está abarrotado de foráneos comprando salchichas para las cenas de sus chiquillos vayas cuando vayas. Se les nota a la legua. Es pasar la frontera de lo que consideran «norte» y se ponen la sudadera, aunque haga 30ºC. Llenan las terrazas (bien para la economía local), aparcan donde les da la gana y te miran como si fueras una parte más del atrezo. Llevan tanta felicidad vacacional que hasta saludan y quieren dar conversación cuando una aún tiene llena la boca de pan tostado.
Así que, frente a incendios forestales, calor extrema, sudor, roces y heridas en la piel, bichos, masificaciones y precios prohibitivos, no compro un solo argumento a favor del verano. No hay nada que compense todo eso. ¿Vacaciones y descanso? Eso no es exclusivo del verano. Una lástima que no puedas irte en junio o en octubre, con mejores precios y menos gente. ¿La luz? Sí, al verano le sobra luz, pero la sensación de pasar de la oscuridad a la luz con el cambio horario es algo exclusivo de la primavera. Además, ¿para qué quieres tanta luz? ¿Eres una polilla o algo?
Lo de los 5 € es un decir, ¿eh? No me mandéis móviles para los Bizums. He de reconocer que, a finales de agosto, pasé una maravillosa jornada de sábado en una piscina pública del norte de León, en un entorno precioso y sin masificar. En ese momento, caminando en bikini entre el griterío de los chiquillos y con un Maxibón en la mano, me reconcilié brevemente con el verano. Pero quizás solo fue por saber que ya estaba terminando.