El primer día de cole. Nervios, estrés parental, las lágrimas de los niños al ver que los dejan allí. Mi primer hijo tenía entonces tres años y cero experiencia en guarderías. Lloraba como si lo estuviera abandonando en mitad del mar y yo fingía calma con una sonrisa serena delante de la profesora mientras le intentaba convencer de que se lo iba a pasar genial. En cuanto salía del centro caminaba rápidamente hasta el coche y allí, sola, dejaba caer las lágrimas que había contenido en presencia de mi hijo y los demás. Me repetía que era lo normal, que todos los niños pasan por ese trance y muchos lloraban los primeros días, pero eso no aliviaba la pena que me daba dejarle allí llamándome a viva voz.
Le costó meses adaptarse. Meses de mañanas tensas, de zapatos puestos entre protestas, de berrinches y pataleos. Ahora ya está en primaria y, aunque todo es más estable, sigue remoloneando en la cama y suspirando como si ir al colegio le supusiera un esfuerzo titánico.

Por eso, cuando le tocó empezar el cole al pequeño, yo ya vivía el proceso con miedo anticipado. La víspera de su primer día apenas pude dormir. Me sentía ridícula por estar tan nerviosa, parecía mi primer día de cole y no el del niño, pero no lo podía evitar. Recordaba demasiado bien la experiencia con mi primer hijo, la sensación de estar haciéndole un daño enorme al dejarlo allí en lugar de un bien más que necesario. Absurdo, pero así me sentía. Y, efectivamente, el primer día fue tan terrible como temía. Peor aun que con su hermano mayor.
Se me agarró con brazos y piernas, como un monito diminuto, como le decía cariñosamente. Lloró hasta quedarse sin aire, el niño se puso azul en plena rabieta, no os lo podéis ni imaginar. Casi me lo llevo de vuelta. Pero la profesora insistió en que se lo dejase, que no pasaba nada. Me fui con el pecho apretado, lloré en el coche para desahogarme y me fui a trabajar. Me lamenté de no haberle dejado en la guardería antes de tener que llevarle al colegio para que tomase costumbre. Pero sus abuelos insistieron en que se quedase con ellos cuando trabajábamos, igual que hicimos con el mayor, y ¿quién le decía que no a unos abuelos cariñosos y responsables? Me sentía más segura así.
Sin embargo, cuando fui a recogerlo, todo había cambiado radicalmente. Salió feliz, hablador, como una moto. Me habló de canciones, dibujos, juegos y nombres nuevos de compañeros. Y también hablaba de la seño, que «era muy buena». Al día siguiente ya no lloró. Ni al otro. Empezó a ir al colegio con una alegría que yo no había conocido con su hermano. Y el alivio que me inundó fue enorme. Y también sentí gratitud hacia la profesora. Desde el primer momento me transmitió confianza, una mujer dulce, agradable y con vocación. Era evidente que era la responsable principal de que mi pequeño fuese al colegio tan contento.

Hasta que un día, en mitad de una tarde cualquiera, mi hijo me soltó que quería que la seño fuera su mamá. Lo dijo sin intención de herir, obviamente, con una sonrisa en la cara, como quien expresa un deseo espontáneo. Pero a mí me atravesó el comentario como un punzón.
Esa frase empezó a repetirse de vez en cuando. Y yo comencé a mirarme con lupa. Me preguntaba si estaba haciendo algo mal, si no era lo bastante paciente, si mi cansancio diario se notaba demasiado y hacía que mi hijo me quisiera menos. Al fin y al cabo la seño era siempre muy cariñosa, siempre creativa, siempre divertida y siempre disponible para él. La mamá ideal, según mi cabeza. Llegué a preguntarle, como sin darle importancia, si eso significaba que ya no me quería como mamá. Su respuesta fue clara y sencilla: me quería mucho y quería que fuese su mamá. «Pero también la seño», dijo.
Un día me desahogué con una amiga que es psicóloga. Le conté mi inquietud casi avergonzada, esperando que confirmara mis miedos. En lugar de eso, se rió con cariño y me dijo que no tenía nada de qué preocuparme. Me explicó que es algo más habitual de lo que imaginamos. Que los niños, cuando encuentran en una profesora una figura segura y afectuosa, pueden proyectar en ella rasgos maternales, hay quienes llaman mamá a la profesora delante del resto de compañeros sin darse cuenta y luego se avergüenzan, pero que es una idea que a veces es hasta subconsciente. Pero que eso no significa que ya no quieran a su madre o que la quieran menos, ni mucho menos. Que eso no sustituye a la madre real, sino que estaba ampliando su mundo emocional de una forma que aún no sabía gestionar del todo. Juro que respiré aliviada.

Poco después, mi hijo pequeño volvió a repetir la misma frase en el coche después de recogerlos de clase. El mayor reaccionó con enfado, como si tuviera que defenderme, diciéndole que no estaba bien decir eso, que mamá se pondría triste. Fue entonces cuando entendí que mi respuesta era importante, fundamental en aquellos momentos. En lugar de mostrar tristeza, normalicé la situación y dije en voz alta que la seño era maravillosa y que era lógico que la quisiera mucho.
El comentario empezó a diluirse con el tiempo y del mismo modo en que apareció, se fue olvidando. Dejó de aparecer de manera espontánea. Pero la alegría por ir al colegio se mantuvo intacta, lo que al fin y al cabo era un alivio para mí. La seño seguía siendo importante, pero ya no ocupaba ese lugar simbólico que tanto me había inquietado en el pasado. Todo estaba igual de bien que siempre. Y así sigue siendo hoy en día, pese a que ya es un poco más mayor. Él siempre será mi peque y yo su mamá, su hogar incondicional al que siempre podrá volver.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.