Te hablan del árbol genealógico. Pero no te dicen que, como es una planta, a veces hay que podarlo. 

Yo tenía nueve años y mi padre era mi héroe. No era de esos padres que trabajaban en una oficina, él tenía un negocio propio, era fotógrafo. En todos los eventos familiares, bodas, comuniones, siempre le llamaban a él, era un mago de la luz. Y trabajaba con modelos, con chicas guapísimas a las que fotografiaba en ropa interior o desnudas. Algo así, en los tempranos ochenta y para un crío, era algo increíble. Todos mis compañeros del colegio me envidiaban y yo me daba pisto diciendo que podía conseguirles calendarios de chicas; aquellos de bolsillo con la foto de una chica que parecía llevar un bikini blanco pero que si apretabas con los dedos  y lo calentabas, el bikini desaparecía. La recoña, vamos. 

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Bueno, ya os imagináis lo que acabó pasando. Que mi padre era muy profesional hasta que dejó de serlo. Cierta vez, una chica llegó a su casa de fotos y le pidió hacerse un book, con fotos más o menos subidas de tono, porque quería ser modelo. Y él le prometió el oro y el moro, que él podía lanzarla, que iba a ser famosa, que le iba a dar contactos y tal. Hasta que ella se acostó con él y la hizo su amante, pero como no era tonta, le dijo que ella necesitaba una prueba de que él iba en serio, de que aquello no era un lío y nada más. Y así fue como mi padre nos echó de casa a mi madre, a mi hermano pequeño y a mí. Para meter en ella a su amante.

Mi madre era ama de casa y no tenía estudios, la habían quitado de estudiar con once años para meterla a trabajar en un taller, no tenía nada a su nombre ni modo de ganarse la vida. Mientras presentaba demanda por alimentos, nos acogió primero una amiga de mi madre y después su hermano, hasta que mi madre encontró trabajo y nos pudimos ir a un piso de alquiler. Mi madre primero se puso a fregar portales y por las tardes estudió mecanografía y se sacó el graduado escolar para poderse poner a trabajar de mecanógrafa. Mientras tanto, su ex marido metió en casa a su amante y puso a nombre de ella tanto la casa como el negocio. Lo que jamás hizo por mi madre, porque el negocio era suyo y claro, para qué quería ella complicarse la vida con cosas a su nombre, si con él ya estaba segura, él cuidaría siempre de ella. 

Mi mente de niño se negó a procesar todo aquello. Y como no conseguía entender qué había pasado con mi héroe, llegué a la conclusión de que mi madre era mala, que había sido ella la culpable de todo. Algo había tenido que haber hecho, algo horrible que había provocado que Papá se divorciase de ella, y ella había sido tan egoísta que, en lugar de dejarnos con él, nos había llevado con ella. Me caí del guindo el día de mi cumpleaños. 

Yo estaba seguro de que Papá vendría a verme, me traería un regalo -quizá la cámara que tenía tantas ganas de tener para ser como él- y luego nos iríamos por ahí, a comer a un restaurante, al cine, y podría decirle que no quería vivir más con Mamá, que mi favorito era él, que me llevase con él. Supongo que ya adivináis que no se dignó ni llamar por teléfono, menos aún venir por mí. Fue mi madre quien le telefoneó y le pidió que hablase conmigo al menos. ¿Cuál fue la sentida y conmovedora felicitación de ese hombre al oírme al teléfono?

“Dile a tu madre que no me haga el artículo, que ya pago bastante de pensión, que saque de ahí para tu regalo y me deje en paz”. Es que no seré capaz de olvidar nunca esa frase. Ahí me di cuenta de que ese hombre al que yo había idolatrado era solamente un mierda. Porque me da igual si con mi madre estaba bien, mal o regular, esa contestación no se le da a un niño a no ser que no le quieras. Que nunca le hayas querido. 

La parte buena de la historia es que la chica a quien hizo su amante, que ya he dicho que era muchas cosas pero de tonta precisamente no tenía un pelo, no llevaba ni nueve meses con él cuando le dijo que le agradecía mucho todo lo que había hecho por ella, pero que veía que su carrera de modelo iba más despacio de lo que ella quería y que se le había acabado la ilusión. Así que ya podía hacer las maletas y largarse de SU casa y no volver a pisar nunca más SU negocio. Mi padre se vio en la calle con una mano delante y otra detrás, tal como nos dejó a nosotros, y mientras la chica metió en casa a su verdadero novio y se quedaron con la tienda de fotos que siguen llevando desde entonces y se la pasaron a la hija que tuvieron años más tarde. 

Mi padre ha ido de mal en peor desde entonces. Quiso volver con mi madre y ella le dijo que el único sitio donde podía quererle ver, sería en el velatorio. Desde entonces fue trabajando como freelance, fumó muchísimo y bebió más, jugó, se metió a compartir piso, como no ganaba lo suficiente dejó de pagar la cuota de autónomo, trabajó siempre sin cotizar y cuando le llegó la jubilación no tenía un duro. Y llegó el día en que llamó a mi puerta a pedirme que le dejara quedarse. Que a fin de cuentas, era mi padre, algo le debía yo. 

“Mi padre está muerto, farsante. O se marcha de mi casa o llamo a la policía”, le dije. Le cerré la puerta en las narices y juro que me tuve que contener para no reírme a carcajadas en su puta cara. Me han dicho a veces que le debí dejar quedarse, que esos primeros nueve años… no. Esos años en que fue mi héroe, fueron una mentira. Nunca me quiso, lo demostró. Pues no sé por qué ahora debería quererle yo. Para mí, ese señor se murió el día de mi décimo cumpleaños y quien quiera que me diga que es él, pretende mentirme. Y cuando vino a pedirme caridad y pude negársela, me sentí mucho mejor. Ahí cerré la tapa de su ataúd.

 

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