Tengo miedo. Desde hace aproximadamente cinco meses, tengo un fan. No es que sea yo un personaje mediático, en absoluto. Vivo en el anonimato. Joder, apenas me conocen en mi casa. Soy una tía que va a su puto rollo y no se mete con nadie ni en la vida de nadie. Soy feliz así, en mi soledad. No necesito a la gente, ni mucho menos a un loco acosándome. Empecé llamándole “fan”, pero a día de hoy es más que eso.

Quizá os pensáis que a este tipo lo conocí en una aplicación para ligar. Podría ser. La cuestión es que nunca he usado. Mi única intención era vender un Funko Pop repetido que me regalaron en mi último cumpleaños. No encontré a nadie de mi entorno que compartiese mi afición coleccionista, así que siguiendo el consejo de una amiga mía, me descargué ‘Wallapop’ y lo puse a la venta. Al par de días, me contacta un tipo que la geolocalización de la aplicación lo situaba en mi barrio. Ok, perfecto. Quedé con él.
El primer encuentro
En esta primera toma de contacto, todo bien. Sudadera negra, vaqueros, mochila al hombro. Nada raro. Fue un encuentro rápido, pero agradable. Sin más. Cero reseñable. Como mi experiencia con la aplicación de compra-venta había sido buena, generándome además un ingreso inesperado que me permitió adquirir otro Funko que no tenía, le cogí el gustito. Empecé a organizar los armarios de casa y, si no lo usaba, lo compartía en la aplicación. Para mi sorpresa, el chico se interesaba en absolutamente todo lo que ponía a la venta. Le daba igual que fuese un monitor de ordenador o una lámpara de techo. Preguntaba por cualquier cosa, sin regatear.

En una ocasión, puse una maleta de viaje a la venta. Me ocupaba mucho espacio y me urgía sacarla, por lo que la puse a buen precio. Tuve varias personas interesadas y prioricé el orden de las conversaciones. Este tipo, el que ya empezaba a rozar la locura, llegó tarde. De esta manera, convirtió la compra-venta en una puja. Me ofreció más dinero por la maleta con tal de que se la vendiera a él. No lo hice. Me justifiqué diciendo que era injusto para los otros compradores. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. No fue por buena persona, no; lo hice porque empezaba a tenerle miedo.
Misión: huir
Cerré mi cuenta de Wallapop con pena. Tenía un buen feedback de mis clientes, todo cinco estrellas, y se jodió. Volví a abrirme otro perfil desde cero, pero olvidé desactivar la geolocalización (no sé ni si se puede) y el chaval me reconoció gracias a que ya conocía rincones de mi casa, fotografiados en los productos. Me hizo un interrogatorio, interesado por los motivos que me llevaron a cambiar mi cuenta. A través del chat, me descubrí justificándome ante un desconocido. Mentí diciéndole que había perdido la contraseña y no sabía recuperarla. Yo qué sé. No se me ocurrió otra excusa mejor y tampoco quería contarle la verdad por temor. Al fin y al cabo, me había vuelto a encontrar por investigar la decoración de mi casa y prefería mantenerlo de buen humor.

Eso sí. Volví a cerrar la cuenta y él cambió de estrategia: también se hizo otra cuenta. Cuando puse a la venta mi móvil, me escribió y quedamos. Allí estaba, con su sudadera negra, pantalones vaqueros y mochila al hombro. Allí estaba, sí, y además, bastante molesto. Me preguntaba con énfasis si tenía algún problema con él y reiteraba que siempre había sido amable. Tenía razón. Lo sé. Solo es pesado, testarudo y me atrevería a decir, sin ser yo psicóloga, que algo psicópata también.
En cada nueva oportunidad, intentaba quedarse más tiempo hablando. Empezamos con una simple transacción de 5 minutos y ya la última vez estuve cerca de la hora de conversación. Cada vez más tiempo y más cerca, próximo, superando el espacio mínimo interpersonal. Me sentí incómoda y, desde entonces, no he vuelto a vender nada más.
Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real.